SI TODO ME SALE BIEN…

VisiónPaís/ enero 31, 2026/ Sin categoría

Por Marcos Domínguez 

Enero 28, 2026

Milei, el golem, baila en el Titanic de su popularidad mientras se incendia la Patagonia. Los peronistas emocionales le reclaman, con conmovedora impotencia, una ética que nunca vino en el starter pack del hermano de Karina.

Axelistas odiando camporistas y viceversa; ambos discuten las editoriales de Verbitsky pero no encuentran cómo conectar con el conservadurismo popular con el que genuinamente conecta Milei. Porque no logran entender —ni mucho menos aceptar— la época.

El especialista en “crecimiento económico con o sin dinero” parece, en realidad, más especialista en otra cosa. Algo superficial pero -por ahora- eficaz. En eso a lo que este peronismo intenta llegar con el andador de la consultoría: conectar genuinamente con los filamentos de cierta cultura popular, esos con los que rompió puentes hace más de una década, cuando empezó a buscar orientación en los restaurantes temáticos de Palermo, en las páginas de lo que tenían para decir Podemos desde España o algún intelectual anclado fuera del territorio nacional.  Algo parecido le pasó al macrismo cultural, que hoy asiste a la rebelión violenta, aunque inconclusa, del primo “grasa” pero exitoso, ese pariente incómodo que los avergüenza porque dice en voz alta lo que ellos pensaban en privado.

Lo cierto es que, todavía, los perímetros políticos y conceptuales en los que se libra esa batalla significan algo para la sociedad. Porque, como hemos dicho, el peronismo hoy es algo que ocurre dentro de la política, pero fuera de la sociedad. Una fiesta con demasiados patovicas ideológicos para un boliche donde no ingresa tanta gente.

Solemos repetir la idea de que  no es que el justicialismo esté destruido, sino anestesiado en su zona de confort, después de años de choferes, yerba orgánica y casas con pileta. Opera en cámaras de eco que ya no perforan nada más que a sí mismas: una dirigencia y unos núcleos duros atravesados por la misma inautenticidad, alimentados de cosas que no ayudaron a gestar, administradores de herencias, empleados de una pyme —y no tan pyme— que se expande y se fortalece en la misma medida en que se achican el rango de acción política y la densidad federal del peronismo.

Un querido amigo, militante ultra kirchnerista, solía resumir así las derrotas desde 2013 en adelante: “perdimos en votos, pero ganamos en militantes”. Conviene no refugiarse en la coartada elegante de la “sociedad rota”, ese lamento confortable de la clase media ilustrada que frunce el ceño ante la nueva barbarie y reacciona con huida o negación. Subir la intensidad hacia adentro para perder alcance hacia afuera se ha vuelto un arte de este peronismo: el arte de ganar perdiendo.

 

Si todo me sale bien, lo haré de nuevo otra vez…

En ese marco, el propio experimento libertario tiene algo de criatura zombie. Se autofagocita con la euforia de lo precoz. Luce prolijo en los informes de mercado y exhausto en la vida real. El riesgo país baja, los bonos rebotan, el dólar se plancha por momentos y Caputo vende la ilusión del regreso a los “mercados voluntarios”, pero debajo de esa lámina financiera la inflación sigue limando salarios, se multiplican las persianas bajas y reaparecen viejos fantasmas de desempleo y parálisis productiva.

Mientras tanto, el Presidente ya juega la reelección en teatros de revista, festivales “antizurdos” en Punta Mogotes, romance flirteado en escena y una barra juvenil que corea “¡presidente, presidente!” como si todavía no pudiera creer que ese hombre duerme en la Casa Rosada. La ola violeta mezcla gestión y campaña permanente.

El RIGI no trajo la lluvia de inversiones prometida, las desregulaciones récord no activaron casi nada concreto y la reforma laboral aterriza en un tejido económico ya puesto en modo liquidación. ¿Cuál es el contenido programático de semejantes desatinos? Uno solo: que la industria que tenga que desaparecer, desaparezca en silencio. En paralelo, Milei necesita redefinir la “casta” rumbo a 2027 y al menú clásico de zurdos, kirchneristas y periodistas suma ahora a los “empresarios prebendarios”, con Paolo Rocca ascendido al rango de enemigo XL y chivo expiatorio ideal para una campaña que busca vaciar el centro a fuerza de odio administrado.

Esa combinación de euforia de Bloomberg y clima de velorio en la calle se nota en la propia maquinaria del Estado. La Casa Rosada funciona a media luz, con pasillos vaciados y áreas enteras en piloto automático, mientras la única señal de vida sostenida sale del Palacio de Hacienda. La épica digital que alguna vez desbordó la burbuja libertaria hoy se enciende a cuentagotas; la militancia se reduce a memes reciclados y pensados casi en términos infantiles, el Presidente alterna entre heladerías, festivales y selfies, y el gobierno mira los incendios de la Patagonia —agravados por sus propios recortes en Parques y manejo del fuego—, la implosión de las rutas y el cierre de empresas como si fueran noticias de otro país. Se sostiene en la idea de que el peronismo está demasiado roto como para volver a ser alternativa, pero en el background del mileísmo también hay una bomba de tiempo; un modelo que acumula costos sociales acelerados y una gestión cada vez más encapsulada.

Lo cierto es que Milei es carismático, sí: pero la dominación carismática es, por naturaleza, una autoridad inestable y precaria, sostenida en sí misma y demasiado dependiente del estado de ánimo del líder como para estabilizar nada por fuera de su propio círculo.

No sólo en quienes se oponen, sino también entre quienes apoyan a Milei existe una conciencia crítica sobre el presente, pero esa crítica no penaliza al libertarianismo como su progenitor. Hoy una parte de la sociedad no elige tanto un programa como algo en lo que creer: una suerte de fe instrumental en el gobierno, que aparece como lo único conectado con algún tipo de futuro. Y tal vez no tanto por méritos exclusivos del oficialismo, sino porque lo que se le opone está demasiado pegado al pasado, atrapado en una pose imitativa y en una desesperación de rumbo que no logra salir de su propia pandemia: la inautenticidad. 

Esa corriente afectiva es la que permite que el “león” siga electrizando a los suyos en esta revolución precoz, pero también es su talón de Aquiles.

Fuente Zonceras Abiertas de América Latina
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