El crimen ferpecto

VisiónPaís/ abril 17, 2018/ Sin categoría

Señoras y señores, no tengan duda: esto es un asalto

Por Marcelo Figueras 

Durante siglos criticamos la mentira desde la ética y la religión. “Los labios que mienten son una abominación para el Señor, pero los que lidian con la verdad son su deleite”, dice el Libro de los Proverbios. Mentir era deshonesto, simplemente, y la deshonestidad era pecado. No estaba bien engañar al prójimo. Todavía hoy el mundo entero considera la estafa —esto es, la mentira deliberada que se perpetra para obtener un rédito— como un delito. Nuestra especie coincide al respecto, sin distinción de fronteras ni de latitudes: la mentira profesional es uno de los nombres del crimen.

En los últimos tiempos hubo otras aproximaciones al fenómeno. En su libro Mintiendo (2013), el neurocientífico Sam Harris lo rechaza en términos de la teoría de la información: “Al mentir, le negamos a nuestros amigos el acceso a la realidad. Y la ignorancia consecuente los dañará a menudo de formas que no habíamos anticipado. Nuestros amigos pueden tomar decisiones basadas en nuestras falsedades, o fallar a la hora de resolver un problema que habrían resuelto fácilmente sobre la base de buena información”. Mentir puede sernos natural, admite Harris, pero sucumbir a esa compulsión sería la receta del caos. En medio de una red de mentiras, el mundo se retrotraería a la Babel bíblica y nadie podría entenderse, porque todos estaríamos hablando de irrealidades sin correspondencia con los hechos.

El problema es que nunca fue más fácil mentir —o bien equivocarse por culpa de una información errónea— que en estos tiempos. En otras eras, la verdad era aquello que habíamos certificado como tal a través de la experiencia directa. Ahora damos por verdadero un cúmulo de informaciones que nos llegan a través de medios electrónicos, lo asumimos como tal por obra de un acto de fe o, si se prefiere, como parte de un contrato tácito: dado que no podemos desempeñarnos en este mundo contando tan sólo con información de la realidad inmediata, confiamos en una red de medios electrónicos que nos dice qué está ocurriendo más allá de nuestra vista y de nuestra audición.

Nuestra dependencia de estos datos es cada vez mayor. Y la red crece a pasos agigantados, prácticamente sin control. Hace pocas horas el CEO de Facebook, Mark Zuckerberg, debió comparecer ante el Congreso de su país para hacerse cargo del robo de información de millones de usuarios; una de las consecuencias del escándalo suscitado por Cambridge Analytica, consultora que robaba data de FB para manipularla en beneficio de sus contratantes. Esta es una tendencia que se impone en las redes: apelamos a ellas en busca de información sin la cual se dificulta vivir en el mundo de hoy, y ellas nos devuelven: 1) Tan sólo lo que queremos oír, reafirmando nuestros prejuicios, y 2) Una manipulación efectiva, basada en un uso científico de nuestros perfiles, para empujarnos en una u otra dirección de acuerdo al postor de turno.

Zuckerberg admitió a regañadientes que es hora de regular las redes (no lo presionaron mucho; según Trevor Noah de The Daily Show, lo trataron “del modo en que los ricos castigan a sus hijos”), pero al mismo tiempo presentó una defensa pasivo-agresiva digna de ser llamada macrista: la culpa de la manipulación, dijo, la tendrían los usuarios, que entregan demasiada información al sistema por propia voluntad. Y uno que, ingenuamente, se había creido eso de que las redes sociales estaban para socializar…

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Fuente El Cohete a la Luna
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