MAR PROFUNDO Y TECNOLOGÍA
Buque R/V Falkor (too)Créditos: Museo Argentino de Ciencias Naturales.
Por Bruno Pedro De Alto (*)
Mayo 30, 2026
En el pasado 2025, los argentinos nos sorprendimos, y en alguna medida el mundo
también, por una campaña científica llevada adelante por el Grupo de Estudios del Mar
Profundo Argentino (GEMPA) conformado por científicos y científicas del CONICET y
universidades públicas argentinas y la organización científica sin fines de lucro
estadounidense, con innumerables apoyos internacionales, el Schmidt Ocean Institute.
Esa actividad causó furor, entre otras cosas, medido por la cantidad de visualizaciones
en Youtube, donde las numerosas transmisiones en vivo desde el fondo del mar
llegaron a más de 12 millones de vistas acumuladas, con más de 80 mil personas
viendo en simultáneo. Una cifra que superó largamente a otras propuestas populares
como las plataformas políticas y de entretenimiento.

Las biólogas del CONICET Renata Pertossi y Noelia Sánchez recuperan muestras tras la inmersión del ROV SuBastian en el cañón de Mar del Plata. Créditos: ROV SuBastian / Schmidt Ocean Institute.
Lo que llegó a esos millones de pantallas fue la expedición Talud Continental IV,
liderada por un equipo de investigación argentino. Esta expedición dio continuidad a
las campañas Talud Continental I, II y III, realizadas en 2012 y 2013 con financiamiento
del CONICET y en aquel entonces a bordo del Buque Oceanográfico argentino Puerto
Deseado.
Una interesante encuesta del Centro de Investigación Académico Latinoamericano
(CEDIAL) que buscó explicaciones y reflexiones sobre el fenómeno, encontró que el
streaming, como formato produjo un efecto significativo de concientización sobre las
tareas de la ciencia, y que su impacto no es ajeno al reclamo del CONICET, atacado
por el gobierno libertario de Milei.

La Estrella de mar (Hippasteria phrygiana): una de las especies avistadas que se convirtió en un ícono de la campaña en el cañón submarino de Mar del Plata. Créditos: ROV SuBastian / Schmidt Ocean Institute.
Las hipnotizantes imágenes en alta definición de la vida submarina del fondo del mar,
algo nunca visto por el argentino común; los atractivos relatos de expertos puestos en
modo docente; la humanización de la tarea científica, donde el equipo de trabajo
contaba sobre el mate que tomaban y lo poco que dormían; etc. le dieron a la ciencia
argentina un momento de reconocimiento popular imprevisto.
Otro de los atractivos materiales del “streaming del CONICET” era la tecnología
disponible del Schmidt Ocean Institute. Primero el buque Falkor (too) de una eslora de
110 metros. Esta nave cuenta con un laboratorio a bordo, ofrece además los servicios
de mediciones de calidad de agua, meteorología, y mapeos con acústica que permiten
cartografiar el fondo marino a cualquier profundidad y con alta resolución. Fue
construido en Bergen, Noruega, en un astillero especializado en buques para trabajos
complejos.

El equipo de científicos del Museo Argentino de Ciencias Naturales-CONICET posa junto al buque R/V Falkor (too). Créditos: Museo Argentino de Ciencias Naturales.
Segundo, y principalmente, el ROV. El vehículo operado remotamente que tanto
cautivó a los argentinos. Este artefacto, unido por cables al buque, capaz de
descender a 4,5 kilómetros ¡pensemos en 45 cuadras, pero hacia abajo!, provisto de
dos manos mecánicas tremendamente precisas, y un delicado sistema de aspiración
que permitía capturar las especies más pequeñas. El ROV llamado SuBastian, fue
diseñado y construido en California por un equipo de ingenieros a pedido del Schmidt
Ocean Institute.
Aquí llegamos al punto central de esta nota. El streming, la Expedición, el interés
popular de este suceso científico, la cooperación GEMPA y Ocean Institute, fue una
estrecha sociedad articulada entre Ciencia y Tecnología. Hay allí una poderosa y
virtuosa alianza. Veamos.
Desde que podemos fechar el inicio de la ciencia experimental en el siglo XV, los
experimentos se constituyeron en uno de los trabajos diarios de los científicos. La
originalidad se centró en el uso de nuevos aparatos y dispositivos. Muchos de ellos
fabricados especialmente para el uso científico. Se puede afirmar sin error que los
nuevos artefactos, las nuevas tecnologías, dieron un enorme empuje a la Ciencia.
Ejemplos sobran: se puede nombrar el desarrollo del microscopio (1610) y del
barómetro (1643) que dieron cuenta de mejoras en la investigación de muchas áreas
científicas.
Tampoco falta irse a ese tiempo pasado. En la actualidad, otro ejemplo, el llamado
Gran Colisionador de Hadrones (LHC; en inglés: Large Hadron Collider) el acelerador
de partículas más grande y de mayor energía que existe es la máquina más grande
construida por el ser humano en el mundo, corrobora lo que estamos afirmando. Esta
gigantesca instalación, un túnel de 27 kilómetros de circunferencia y a una profundidad
máxima de 175 metros bajo tierra, debajo de la frontera entre Francia y Suiza, cerca
de Ginebra, construido por la Organización Europea para la Investigación Nuclear
(CERN) entre 1989 y 2001 tiene por objetivo probar las predicciones de las diferentes
teorías de la física de partículas. Uno de los puntos más subyugantes de estas
investigaciones es comprender la naturaleza del Big Bang, el inicio del universo que
habitamos.
Entendida esta unidad indisoluble entre la ciencia y la tecnología que permite hacer
ciencia, la expedición al fondo del Mar Argentino nos sirve también para ejemplificarla.
En efecto, mostró una sólida ciencia argentina, centralizada por el CONICET y una
ONG global que aportó “los fierros” tecnológicos para la navegación y estas
particulares tareas submarinas.
No obstante, nos debería llamar la atención porque esta expedición no contó y utilizó
tecnología local. ¿Por qué no hubo un Falkor (too), y tampoco un ROV nacional? La
pregunta es válida, porque una respuesta posible es que hubo y hay condiciones para
disponer tecnología nacional acorde a los requerimientos de una expedición como la
Talud Continental IV. ¿Qué, dónde, cómo?
Los históricos períodos de crisis del sistema de ciencia y tecnología argentino tuvieron
y tienen mayor epicentro en afectar el desarrollo de tecnología nacional. Ataques a la
Autonomía Tecnológica, que suelen pasar más desapercibidos. Se ha señalado que
las primeras campañas del GEMPA se hicieron a bordo del buque Puerto Deseado,
que es buque oceanográfico perteneciente al CONICET y operado por la Armada
Argentina. Fue botado en 1976, puesto en servicio en 1978 y renovado en 1996.
Construido por los Astilleros Argentinos Río de la Plata (Astarsa) en Tigre, provincia de
Buenos Aires. Tiene una eslora de 76,8 metros, y su equipamiento científico incluye
equipos gravimétricos, magnetómetros, sistemas sísmicos, sonar de alta frecuencia y
un laboratorio geológico. En su momento, un buque de avanzada. Por lo tanto, si se
diera continuidad y actualización a los modos de emprender el desarrollo naval de
estas naves, el CONICET y otros organismos tendrían un moderno equivalente local al
Falkor (too). Aunque, esto último tendría sus dificultades: Astarsa no existe más, en su
predio hay un reservado barrio privado con acceso al río.
El CONICET también tiene otro buque oceanográfico operado por la Marina, donde su
especialidad son las actividades vinculadas a la geología, geofísica, geodinámica y
sísmica, oceanografía física y química, entre otras. Se trata del ARA Austral de 98
metros de eslora. Inicialmente construido en 1968 en Alemania como pesquero, luego
adquirido por el gobierno federal alemán, fue transformado en un buque de investigación
científica en 1977. Una vez desafectado y puesto a la venta en 2014, lo
compra el CONICET.
Sin duda, por su origen y capacidades, los ARA Puerto Deseado y ARA Austral
parecen estar a mitad de camino del Falkor (too). En este punto no hay un vacío,
tampoco un recurso actualizado y de avanzada. El vaso a medio llenar.
Del ROV podemos decir algo similar. Hay varias experiencias argentinas de equipos
diseñados y construidos en conjunto con empresas y universidades. Una reciente, el
ROV diseñado y construido entre la empresa Termap dedicada al transporte de
petróleo y el Instituto de Desarrollo Costero “Héctor Zaixso” de la Universidad Nacional
de la Patagonia “San Juan Bosco”. Para ampliar servicios en la profundidad del mar,
por ejemplo, tener “brazos” como el SuBastian, Argentina tiene importantes desarrollos
de robótica y operación remota. La CNEA, por ejemplo, que los desarrolla para usarlos
dentro de los reactores de las centrales nucleares.
Es que el nivel tecnológico de un país, es el del su máximo logro tecnológico logrado.
Dicho más sencillo: si Argentina lanzó satélites al espacio, o es capaz de dominar el
ciclo del combustible de la energía nuclear, puede construir barcos oceanográficos y
ROVs para investigar el mar profundo. Esos desarrollos tecnológicos, impulsarían el
dominio de tecnologías útiles para sectores industriales de avanzada. Elevan el nivel
tecnológico e industrial del país.
Lo que se necesita, y esta es una propuesta, que el Mar Argentino, promueva una
Misión, como las que explica Mariana Mazzucato. Esta economista ítalo –
norteamericana ejemplifica con el salto tecnológico e industrial que significó para los
EEUU la Misión Apolo formulada por el presidente Kennedy en 1962: llevar y traer
norteamericanos a la luna antes de 1970.
Una Misión Nacional para Argentina que promueva y se apoye en el desarrollo
tecnológico soberano. ¿En cooperación con otros países, y financiamiento
internacional? Sí, también. Pero anidando un sendero hacia la Autonomía Tecnológica.
La costa marítima argentina tiene una longitud total, incluyendo la parte continental y la
antártica/insular, de 15.960 kilómetros. Ella debe ser defendida, cuidada y explotada
por la Argentina. Por lo tanto, definida esta Misión, surgen planes de defensa nacional,
con sistemas militares en tierra, en agua y submarinos; investigación de biología
marina como vimos por streaming; estudios de la fauna ictícola para su provecho
como recurso alimenticio; cateos geológicos y petrolíferos, en busca y explotación de
recursos energéticos; etc. Si bien existen algunas de estas actividades en marcha, no
todas forman parte de una Misión que genere desarrollos nacionales de tecnología.
Estamos a tiempo aún. El mar profundo de la Argentina, como ámbito para desarrollar
tecnología nacional.

