«Yo soy Juan»
La presencia de un personaje trans en 100 días para enamorarse instaló de nuevo el tema de la visibilidad, las representaciones y la participación de personas trans en cine y TV. En este escenario, Blas Radi recorre algunos debates que la comunidad trans ha dado en los últimos 25 años, desde las repercusiones por el crimen de Brandon Teena hasta la reciente polémica con Scarlett Johansson por «transface». Algunos interrogantes: ¿Es suficiente con que la industria del entretenimiento nos muestre imágenes positivas de personajes trans? ¿Quiénes actúan? ¿Qué efectos sociales producen estas narrativas?
Por Blas Radi
Suena el teléfono. Sin saludo mediante ni nada una amiga me dice:
—Hay una serie argentina con un personaje trans.
—Sí, sabía.
—¿Qué? ¿No te parece buenísimo que se visibilicen estos temas?
—Mmm… ponele.
—Peor sería que no se dijera nada.
—¿Peor que qué?
—No sé, pero seguro que estás pensando en algo malo. Dale, decime. En diarios, revistas y programas de TV hablan de “identidad de género”…
—Sí, en gran medida hablan del prodigio de que diarios, revistas y programas de TV hablen de “identidad de género”.
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“Visibilidad” parece ser una palabra clave cuando se trata de reivindicaciones de movimientos sociales. Si en algún momento se trataba de una estrategia política, con frecuencia parecería que su estatuto ha cambiado para convertirse en un fin en sí mismo. Este desplazamiento trajo aparejado un cambio en la valoración de su eficacia: cuando la visibilidad es un medio para otra cosa, se hace necesario considerar cuál fue su impacto; cuando la visibilidad es el objetivo, no.
Tal vez por eso “dar visibilidad” es una práctica que parece incuestionablemente positiva y necesaria, que rara vez está acompañada de una reflexión acerca de lo que está implicado en ella.
¿Es mejor que no se hable del tema? La lógica del todo o nada de esta pregunta me molesta. Podemos hacer algo más que hablar irreflexivamente o callarnos. Al menos hagamos la prueba.
En particular, creo que televisión no ha sido el lugar más hospitalario para las personas trans*. Tal vez por eso cualquier referencia a una nueva serie con personajes trans* me despierta algunas inquietudes: ¿quién establece los términos y condiciones? ¿quién actúa? ¿a qué público se dirige? ¿con qué mecanismos narrativos? ¿qué representaciones sociales transmite?
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En el año 1993, en Nebraska, Estados Unidos, Brandon Teena, de 21 años, fue asesinado por ser trans. Una semana antes los asesinos lo habían violado y habían exhibido públicamente sus genitales para “desmentir” su identidad. La prensa visibilizó el caso y también desnudó a Brandon para mostrar que “en realidad” era una mujer. Un artículo escrito por la periodista lesbiana Donna Minkowitz para el periódico The Village Voice sostenía que Brandon era una mujer que odiaba su cuerpo debido a un abuso sexual sufrido en la infancia. Este artículo inspiró a la directora de la película Los muchachos no lloran, con la que la historia de Brandon se hizo conocida en todo el mundo.
En Argentina, para algunos hombres trans la película tuvo un efecto revelador: en un mundo que recién conocía internet, Los muchachos no lloran ofrecía recursos para dar sentido a sus propias experiencias -empezando por la certeza de no ser los únicos-. También hubo quienes consideraron que Brandon era mujer. Por ejemplo, para un bar porteño, curiosamente bautizado en su honor, se trataba de “una lesbiana que vivía en contra de su género”.
El mes pasado, Donna Minkowitz pidió disculpas por aquel artículo escrito hace 25 años. Por ahora ese gesto no parece haber inspirado a nadie a seguir sus pasos.
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Pero volvamos a la tele local.
En diarios, revistas y redes sociales aparece la noticia de una novela del prime timeque visibiliza el tema trans con la idea de dar herramientas para comprender: “Maite Lanata, el chico trans de 100 días para enamorarse”; “La joven actriz interpreta a una chica trans”; “una chica que dice sentirse varón”.
"Quiero que me vean como soy, quien soy" 😢 Juani es clarísima en lo que dice y lo que siente 🏳️🌈 Y la ley ampara sus derechos 📜 #100DiasParaEnamorarse pic.twitter.com/fmQLu1uP3x
— 100 Días Telefe (@100DiasTelefe) July 10, 2018
El tweet de @100DíasTelefe me recuerda a un personaje de comedia que pedía “un poco de respeto para este idiota”. En efecto, la ley 26.743 garantiza el derecho de todas las personas a la identidad de género. Pero si el personaje es un varón, ¿por qué se refieren a él usando el género femenino? ¿Por qué utilizan su nombre anterior? ¿De qué se trata la distinción entre varones y personas que “dicen sentirse varones”?
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Hace unos meses, fui parte de un equipo de consultorxs del guión de un documental. El objetivo de las documentalistas era educar, generar conciencia para que la sociedad entienda qué son las personas trans. ¿Existe un fin más noble? Ellas mismas lloraron de emoción durante el rodaje de algunas escenas.
No retratar a las personas trans como criminales, blancos de burla o bichos raros es mucho considerando que es tradicionalmente el rol que se les ha asignado en el cine y la tv. En ese sentido, promover representaciones positivas de las personas trans -incluyendo el acompañamiento de su entorno- es valioso y está bien reconocerlo. Es importante que las personas trans cuenten con modelos de identificación, especialmente los varones trans (y todas las personas que no se identifican con el sexo femenino asignado al nacer) que forman parte de una población históricamente subrepresentada. Ahora bien, ¿eso es todo lo que podemos decir?
En este proceso de consultoría, examinamos minuciosamente los materiales presentados y les hice una devolución en una reunión que se extendió algo más de 3 horas. Señalamos, por ejemplo, que las referencias a “hombres que nacieron mujeres”, y a ciertas intervenciones quirúrgicas como “cambio de sexo”, son habituales pero tienen una serie de compromisos que es difícil y hasta contraproducente sostener. ¿El género es innato? ¿El género es un derivado del sexo? ¿El sexo se reduce a los genitales? Responder que no a estas preguntas exige revisar no sólo el modo en que hablamos, sino también -y sobre todo- a revisar los compromisos y efectos de eso que decimos.
El reparto tampoco nos convencía. La participación de personas trans, con sus historias a cuestas, y de un equipo de médicos (cis) invitados a “echar luz con la palabra autorizada” (sic), parecía ignorar la historia política de un movimiento que lleva décadas tratando de sacudirse de la tutela médica. Explicamos qué pasa cuando las iniciativas sobre personas trans* centran su atención en las voces cis, y ofrecimos referencias específicas a los fenómenos de patologización, devaluación de la credibilidad y también a la agenda del activismo trans. Finalmente, sugerimos que la propuesta sea trabajada más en profundidad y reformulada en gran medida. A las documentalistas no les interesó mucho. No les interesó nada, en realidad, y nos lo dijeron. Después de todo, ellas querían educar, no aprender.
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“En esta época, lo que abunda es la sobreinformación. Los chicos están solos, se meten en internet a investigar, a indagar, arman sus propias construcciones… por eso lo importante es dar con profesionales idóneos que conozcan de la temática trans”, le dice la psicóloga a Juan y a su mamá. Si aplicamos el principio de caridad interpretativa, podemos pensar que la psicóloga se refiere a todxs lxs chicxs (sean trans o no) y a cualquier profesional. Me explico, ella no estaría sugiriendo que quienes se identifican con un género distinto al asignado al nacer tienen que consultar con especialistas de salud mental, sino que está subrayando la necesidad de que lxs profesionales de todas las disciplinas estén empapadxs de la temática trans.
No sé a ustedes, pero a mí me parece muy bien.
Distinto sería si la psicóloga estuviera sugiriendo que sólo niñxs y adolescentes trans deben consultar especialistas de la salud por el hecho de no identificarse con el sexo asignado al nacer. Pero, ¿por qué haría algo semejante? Al fin y al cabo, en sociedades generizadas, todxs tenemos una identidad de género, la identidad de género es una experiencia subjetiva (que no depende del sexo asignado al nacer ni de características corporales) y en ningún caso la identidad de género es una enfermedad.


