TUCUMÁN: LAS INUNDACIONES QUE SE PODRÍAN HABER EVITADO
Las inundaciones de marzo en Tucumán no solo fueron causadas por las lluvias extremas producto del cambio climático, sino también por las modificaciones en el uso del suelo y la falta de planificación y gestión de riesgos por parte de las autoridades. La historia de una investigadora que tras vivirlas en carne propia se especializó en modelos hidrológicos. “Ya sabíamos que esto iba a volver a pasar”, le dijo a TSS.
Por Bruno Massare
Abril 24, 2026
Agencia TSS – A mediados de marzo pasado, habitantes del sur de la provincia de Tucumán sufrieron fuertes inundaciones que provocaron la evacuación de miles de personas por el ingreso del agua en las viviendas, así como también en escuelas y hospitales que tuvieron que dejaron de funcionar.
Los departamentos más afectados fueron los de Río Chico, Alberdi, La Cocha y Graneros, donde la subida del nivel del agua provocó grandes pérdidas materiales. En algunos sectores se registraron hasta 170 milímetros de lluvia en un día y cerca de 250 milímetros en 48 horas. El Servicio Meteorológico Nacional (SMN), había emitido alerta naranja (riesgo de fenómenos peligrosos con capacidad de daño) en la madrugada el 11 de marzo, previo a la lluvias más fuertes.
Según informó el ministro de Obras, Infraestructura y Transporte Públicos, Marcelo Nazur, alrededor de 10.000 personas debieron dejar sus casas, de las cuales unas 5500 corresponden solo a La Madrid (casi la totalidad, ya que allí viven 6000 habitantes), una de las localidades más afectadas al sudeste de la provincia de Tucumán. Las personas fueron evacuadas de sus hogares con escaso tiempo para agarrar sus pertenencias y fueron ubicadas al costado de la ruta 157, donde pasaron la noche tras el fuerte temporal que hizo desbordar el dique Escaba. Localidades cercanas a La Madrid, como Niogasta, llevan meses aisladas por la suba del nivel del agua y sin soluciones estructurales en el corto plazo, por lo que cada lluvia intensa es el anticipo de un escenario cada vez peor.

El verano en Tucumán no es solo sinónimo de calor intenso sino de lluvias cada vez más fuertes, producto de los eventos extremos que genera el cambio climático en el planeta y que no solo afectan al noroeste del país: el año pasado, en Bahía Blanca, las consecuencias de las inundaciones fueron trágicas. La situación volvió a repetirse en Tucumán a principios de abril con epicentro nuevamente en La Madrid, cuando otra serie de tormentas produjeron la crecida del río Marapa y obligaron a la evacuación de más de 400 personas.
“Ya sabíamos que esto iba a volver a pasar”, le dijo a TSS Romina Díaz Gómez, investigadora del Programa de Agua del Instituto de Ambiente de Estocolmo (Suecia) y especialista en modelos hidrológicos a partir del uso de sistema de información geográfica, sensado remoto y machine learning. “El exceso de lluvia es la justificación que siempre se da pero si bien llovieron 250 milímetros de en menos de una hora y media o dos, esto no es algo nuevo y todos sabemos, desde los investigadores hasta los gestores, que ahora las tormentas son más intensas y cortas”, agregó.
Díaz Gómez es tucumana y recordó una de esas inundaciones cuando tenía solo siete años en la localidad de Alberdi, en el barrio 12 de octubre: “Vinieron los bomberos, yo estaba con mi abuela en mi casa, te terminaban sacando y no podías llevarte nada, me acuerdo dejando mis juguetes ahí. Ahora esa zona no se inundó por las obras que se hicieron pero en otras como Lamadrid sucede siempre”. La vivencia de esas inundaciones fueron el disparador para que decidiera especializarse en el análisis de cuencas hídricas y su tesis de doctorado, en la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Tucumán, fue sobre la vulnerabilidad a cambios climáticos y de uso del territorio de las cuencas hidrológicas del faldeo oriental de la Sierra del Aconquija y del sudoeste tucumano.

Es que, si bien las lluvias extremas son vistas como la principal causa de catástrofes como las que afectaron al sur de Tucumán, detrás corren otros factores que influyen por igual a partir del impacto de la actividad humana en el ambiente: desde el uso del suelo en actividades agropecuarias hasta la falta de planificación en urbanizaciones y recanalizaciones de cursos de agua.
“Mi tesis justamente fue sobre las cuencas del Faldeo Oriental de las Sierras del Aconquija, que son las que van desde la serranía del norte de Tucumán hacia el sur y las sierras del sudoeste, que entra en la cuenca del río Marapa, que ha sido la zona más afectada. Una de mis preguntas era cuánto se necesita que se desforeste para que nosotros realmente veamos que este evento se explica por la deforestación”, explicó la investigadora.
Catástrofe anunciada
Díaz Gómez explicó que una de sus motivaciones como investigadora es que las investigaciones ofrezcan soluciones a problemáticas de la sociedad y que esa fue fundamental a la hora de definir su carrera. Sin embargo, la llegada hasta quienes toman decisiones no es un camino fácil.
“Entregamos las tesis a los municipios, a las gobernaciones, les damos algo que para nosotros es muy valioso, es el conocimiento generado por alguien que se doctoró estudiando estos temas y queda en los cajones. Eso un gran problema porque nos cuesta mucho trabajo llegar a esos resultados, a las publicaciones, y no es algo que sea valorado, lamentablemente”, dice Fernanda Gaspari, directora del Centro de Estudios Integrales de la Dinámica Exógena de la Universidad Nacional de La Plata y codirectora de la tesis de doctorado de Díaz Gómez.

Los modelos hidrológicos, como el realizado en la tesis de Díaz Gómez, permiten hacer mapas de vulnerabilidad ambiental en una zona determinada. “Esta metodología, lo que hace es cuantificar el escurrimiento a partir de las características del suelo, si es arena, arcilla o limo, por ejemplo. Y se tienen en cuenta otros factores como la cobertura vegetal. Eso determina en buena parte la escorrentía que habrá tras la acumulación de agua por las lluvias. Otro factor que es una desventaja muy grande es el avance de las urbanizaciones en áreas de inundación, porque generan un aumento de la impermeabilización, entonces hay más escorrentía porque el suelo no absorbe”, explicó Gaspari.
“Estamos hablando de un área donde hubo una expansión agrícola enorme desde el año 1986 al año 2010, que ha sido mi análisis. En ese momento veíamos cómo la deforestación había avanzado de la mano del cultivo de soja. Y después vienen las características ya propias del suelo en sí, en esa zona en la parte baja, donde no hay un desnivel, que tiene un componente arcilloso muy importante, entonces no se infiltra el agua”, dijo Díaz Gómez. Y agregó: “Hay otros aspectos importantes, como la conservación del bosque de ribera, que hoy lo pienso como un componente importante a nivel del sistema. Y, más allá de que se pueda hacer un ordenamiento territorial, de que se hagan las obras, estamos en un punto en que se necesitan acciones de mitigación y adaptación. La Argentina cuenta con un centro de análisis de imágenes satelitales de la CONAE, con el INTA y con los radares del Servicio Meteorológico Nacional. Esto permite hacer mapas de uso de suelos y tener información de manera anticipada para tener los modelos hidrológicos y los sistemas de alertas tempranas. Porque en octubre ya empezó a llover y sabíamos que esto iba a pasar, no hace falta esperar a que ocurra para evacuar. Hay gente que apenas puede comprarse un lavarropas, un colchón y que hoy lo pierde por no hacer las cosas con tiempo cuando ya se sabe que van a ocurrir”.
Gaspari coincide en que estos desastres se pueden evitar con medidas a tiempo. “Lo que tenés que hacer es tratar de controlar el agua más arriba, para que cuando llegue a la gente no lo haga con tanta intensidad. Entonces, hay que realizar obras estructurales, de conservación de suelo, de control de erosión, de capacidad de uso, de manejo y ordenamiento del territorio, toda una serie de cosas antes de que el agua llegue a la gente”.
Para Díaz Gómez, es urgente encontrar nuevos mecanismos de conexión entre ciencia y política. Y que la clase dirigente tenga una mayor permeabilidad al conocimiento generado en las universidades y el sistema científico en general. “Una solución que encontraron de apuro fue ir a romper la ruta para que escurra el agua. La pregunta es, ¿cómo han construido esa ruta creando un dique? No tiene sentido. Entonces, lo que falta es una planificación previa y que el conocimiento científico sea más valorado”, cerró.

