TESTIGO

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Cultura por Viviana Britos

Abril 5, 2026

 

El rumor sube lento escurriéndose por las hendijas de la ventana anunciando otro día ajetreado e inquieto.

Las voces escondidas detrás de los micrófonos proclaman desordenadas la hora, el clima y las noticias como un coro que se superpone y canta.

Un grito ahogado de bombos se escucha a lo lejos.

Ante una aparente indiferencia colectiva las veredas despiertan y se encienden.
Todo se prepara, todos se preparan.

Multitudes comienzan a marchar hacia la plaza.

Los ojos del mundo la miran.

Se viste de banderas, pancartas con rostros siempre jóvenes, de pañuelos blancos y de flores. Única: amedrenta y enamora. Es bella aun cuando no lo es. Fascinante y resistente. Como una mujer elegante, desenfadada y caótica declara su amor en cada esquina.

Los aplausos, los canticos y los gritos la invaden sin pudor. Una larguísimam bandera se abre paso en la multitud.

La plaza, como un profundo escenario multicolor, abraza corazones.

La historia la observa desde fachadas y cupulas. Ella sin asombro sabe que el pasado es presente. Es punto de encuentro, de protestas, de festejos y de adioses.

Siempre convoca. Siempre acompaña y cobija.

En esta expansión de memoria, ella es testigo clave de bombardeos y muerte.
De represiones y rondas. De amor y despedidas.

Cuanto se perdería sin su presencia. Cuanta crónica desperdiciada. Cuanta trascendencia olvidada.

Testigo mudo de discursos presidenciales, de desfiles, de galeras y overoles.

Testigo mudo del pasado, del presente y del futuro de un pueblo que se expresa en sus caminos y jardines; en sus fuentes y alrededor de su pirámide.

No hay narrativas incompletas, ella da fe de la verdad. Por más que la modifique, le pongan rejas o vallados, que pinten banderas sobre los pañuelos blancos de sus baldosas, ella seguirá resistiendo por que ama a su pueblo. Y abre sus brazos cada vez que acuden a ella para escribir otra página de la historia.

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