Rompamos el silencio
El silencio es una de las armas más fuertes que tiene la violencia. El silencio impuesto por el violento se encarna en una especie de autodisciplina. Al silencio no hace falta exigirlo. El silencio está implícito.
La violencia de género es mucho más que la violencia física y los femicidios.
La violencia psicológica, la emocional, la simbólica, la verbal son tan terribles como que te golpeen todos los días de tu vida cada cinco minutos. Te destruye. Te mata en vida. Te hace dudar de quién sos. Te disminuye a algo inferior que tu mínima expresión. Te convierte en un vegetal. En un vegetal que puede hablar, que puede caminar y moverse (aunque no tengas ya ganas de hacer todo eso). Pero también en un vegetal que tiene que medir cada sílaba que pronuncia, cada semipaso que da, porque seguro “algo vas a hacer mal” y entonces las consecuencias pueden ser peores. Siempre son peores.
Y te tragás todos los sapos: que no servís para nada, ni como mujer, ni como profesional, ni como madre, ni como pareja, ni como amante, ni como persona. No servís. Literalmente. Porque es tan fuerte la manipulación, tan perfecta, que no te da espacio para pensar por fuera de ella.
Una vez, en medio de una historia de violencia que viví (de la que aún quedan secuelas), el violento me dijo: “No te creo ni que te llamás Julieta”, y se fue dando un portazo que derribó todas mis estanterías. Inmediatamente después, como si ésa fuese una sentencia maldita, fui corriendo a buscar mi DNI, para verificar que efectivamente me llamo así. Nunca dudé de mi identidad. Pero el nivel de manipulación al que me expuso fue tan siniestro que hasta de eso me hizo dudar. Al ver que mi nombre era mi nombre, rompí en llanto. Llanto que se fue convirtiendo en silencio, en vacío, porque, ¿quién me iba a creer si hasta yo había dudado de mi nombre?
Esa frase todavía retumba en mi cabeza, cada día, con cada paso que doy, como si estuviera dando vueltas en círculos en un laberinto sin salida. Hay que hacer un trabajo diario (diría que la lucha es minuto a minuto) para poder deconstruirla y avanzar, como si una estuviera sumergida en la película “El día de la marmota”.
La violencia psicológica es así. Una está condenada a revivirla todo el tiempo. Como si esos pequeños fragmentos se repitieran una y otra vez. No sólo en la memoria, sino también en el cuerpo.
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Fuente Revista Hamartia

