PERIODISMO, MILITANCIA Y MATERNIDAD: LA HISTORIA DETRÁS DE «APRIETA, PERO NO AHORCA»

VisiónPaís/ julio 25, 2026/ Sin categoría

Irene Haimovichi. Sebastian Freire

Irene Haimovichi relata una vida que se entrelaza con los hechos históricos de la Argentina: la idílica infancia, la adolescencia bajo la dictadura, la Guerra de Malvinas, la recuperación de la democracia, las esperanzas, las decepciones, el 2001, la militancia y el camino para construir una vida feliz.

Por Ines Hayes

Julio 24, 2026

Desde muy chica, Irene Haimovichi tuvo el deseo de escribir y contar historias. Creció escuchando las anécdotas de su padre, su madre y de los adultos que la rodeaban y sentía una profunda fascinación por esas vidas intensas. Bajo esa consigna creció, buscando vivir una vida que mereciera ser contada. Aprieta pero no ahorca, la vida imaginada y la vida real (Gogol) es su primer libro.

Durante su adolescencia y juventud transitó mundos diversos, desde la bohemia de la calle Corrientes y el under del rock hasta la militancia durante la dictadura y los albores de la democracia. “A los 18 años ingresé al mundo de las editoriales periodísticas. De manera fugaz pasé por la ilustración, aprendí el oficio de armadora y rápidamente salté a la diagramación. Durante casi 30 años, el diario La Nación fue mi trinchera”, cuenta la periodista, escritora y delegada gremial a Las12.

“Empecé a escribir Aprieta pero no ahorca un año antes de convertirme en delegada. Fue un proceso arduo de depuración donde descarté mucho material: de más de 400 páginas originales, el libro quedó condensado en unas 260. Hoy, con el diario del lunes, miro hacia atrás y comprendo que contar esa historia no fue solo un capricho de la infancia, sino una necesidad vital de procesar el dolor, la lucha y la convicción de haber estado en el centro de la tormenta”, dice Haimovichi.

La necesidad de escribir tuvo como telón de fondo las ganas de compartir las historias de las que había sido testigo: “Siempre había querido ser escritora, escribía desde muy chica, pero me costaban las tramas y mis proyectos nunca avanzaban como yo quería. Contar experiencias reales y ficcionalizarlas fue una forma de aprender”.

Irene dice que desde chica la maravillaban las formas en las que los adultos contaban sus trayectorias: “sus vidas me parecían ser los mejores cuentos. Creí que había que vivir la vida de manera que fuese interesante contarla. A eso se sumó lo de vivir en el centro de grandes sucesos. Para saberlo tuve que atravesar varios tiempos interesantes, de los sociales y de los personales”.

La historia personal de Haimovichi recorre también la historia argentina: la infancia en los primeros 70, la adolescencia en la dictadura, la juventud con la recuperación de la democracia y la adultez con los 2000 y el renacimiento de la esperanza. Pero también están sus antepasados inmigrantes y la historia familiar.

¿Cómo llegaste a ser delegada gremial?

-No es fácil congeniar roles tan exigentes, que requieren una dosis grande de responsabilidad y compromiso. Tampoco lo es en el plano emocional. Ser delegada funcionó como un escudo protector frente a lo que más me dolía, que era la discapacidad de mi hija menor. A las mujeres no se nos facilita nada cuando somos madres, todo lo contrario. Un compañero de militancia me dijo saliendo de una reunión: “No digas que tenés una hija discapacitada, genera lástima y los compañeros van a poner eso por delante, sin valorarte por tus propios méritos. Es como poner una traba”. En otra ocasión, yo había faltado al laburo por problemas de salud de mi marido y, sabiendo la gravedad de la situación y lo que ocurría con mi hija, el que era mi jefe me dijo: “Si mostrás que tenés problemas familiares, de salud, ponés en riesgo tu trabajo”. Ese jefe creía que me estaba haciendo un favor con esa advertencia. Tal vez sí, porque fue una de las situaciones que me decidieron a ser delegada. Estaba prohibido enfermarse, o que se enfermase alguien de tu familia. Así que esa injusticia fue un estímulo para cumplir con otro sueño de mi infancia, el de ser una militante.

Tampoco es fácil ser delegada siendo mujer, ¿cómo te sentiste?

-Cuando empecé con la militancia gremial, el feminismo todavía no era la marea verde-violeta que conocimos años después. No soy una activa militante feminista, pero mi vida es en sí misma una defensa de los derechos de las mujeres, de la igualdad entre mujeres y hombres. Hasta entonces no había sentido la diferencia, o no la había registrado. Siendo delegada descubrí que ser mujer me ponía muchos límites, sentí con claridad que el machismo obturaba mi rol. Tomé algunas decisiones, porque soy terca y no iba a dejar mi lugar porque me pusiesen piedras en el camino.

¿Qué ejemplos concretos recordás?

-En los actos que hacíamos con el plenario de delegados, pedía el micrófono o la palabra, sentía que tenía que defender ese lugar. Me parece que no era buena oradora, las mujeres no nos preparamos para ocupar lugares de exposición pública y no entrenamos la oratoria. Yo hablaba igual, me saliese como me saliese, lo que me costaba era redondear. Muchos me hacían callar cuando se alargaba mi intervención, lo sintomático era que si el que se iba por las ramas era un varón nadie le marcaba el tiempo. Al principio pensé que el problema era mío, pero después vi que los hombres cuando daban largos y cansadores discursos, nadie los mandase callar.

Hablar en público

Irene cuenta que cuando se empezaron a reunir las militantes, descubrió que a la mayoría les costaba hablar en público, que tenían que aprender a hacerlo. “Hay algunas compañeras que son muy buenas oradoras, muchas aprendieron abrazadas por el colectivo de mujeres. Para ese momento ya el feminismo se había apoderado de las calles, ocupar espacios se hizo más fácil, nos sentimos menos solas. Igualmente, cuando se incorporaron a la comisión interna dos nuevos integrantes que provenían de la redacción, constaté la diferencia del trato de la empresa frente a un delegado hombre y una delegada mujer”.

¿Qué diferencias notaste?

-Fui la cabeza de esa comisión, había logrado el respeto de mis pares tanto como el de la empresa, los directivos me tenían miedo y respeto porque siempre iba de frente y ponía el cuerpo para defender los derechos de las y los trabajadores y, sin embargo, cuando apareció un varón con los mismos reclamos, fue otra la escucha y otra la respuesta desde la empresa. Claro que los nuevos delegados llegaron con mucha fuerza, con mucho conocimiento del terreno que pisaban y con nuevas ideas, pero aún así, reconociendo sus virtudes, me resultó muy claro que no era lo mismo ser mujer que hombre.

¿Cómo es tu presente hoy?

-La mujer trabajadora, la delegada y la madre ya no conviven, me jubilé hace un par de años y eso me permitió terminar de escribir el libro, en el que trabajé durante 16 años. Pero sigo militando porque para mí lo social, lo político, lo colectivo, siempre ocupó un lugar importante. Soy con las y los otros, incluso con las diferencias de vida e ideológicas.

Aprieta pero no ahorca fue declarado de interés para la comunicación social por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.

Fuente Página 12
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