OCHENTA AÑOS DE PERONISMO: EL PUEBLO, EL ALGORITMO Y EL FANTASMA DEL 17 DE OCTUBRE
Por: Mariano Quiroga
Octubre 15, 2025
Ochenta años no son nada, y lo son todo. El 17 de octubre de 1945 no es una fecha en el calendario; es una grieta en el tiempo de la Argentina, un punto de fuga por donde la historia oficial se desvanece y emerge otra, hecha de sudor, rumor y multitud. Hoy, ese acontecimiento no se repite, pero nos interroga desde un presente que ha acelerado el tiempo hasta volverlo líquido. El tiempo político ya no es épico; es ansiedad pura, un flujo continuo donde las ideologías se disuelven en el gesto reactivo y el poder se ejerce mediante la gestión de emociones en tiempo real. Pensar se volvió un lujo, y sin pensamiento, solo queda el reflejo.
Aquel octubre fundacional fue una coreografía de cuerpos. Una geografía humana que se movió por un instinto compartido, creando un nuevo sujeto político en el acto mismo de caminar, cruzar puentes y ocupar la plaza. La política era, ante todo, presencia física. Ocho décadas después, la plaza es digital. La multitud se convirtió en un agregado estadístico de usuarios; las voces, en datos para ser monetizados; la lealtad, en un «me gusta» efímero. Donde antes hubo masas compactas, hoy hay audiencias segmentadas; donde hubo un líder carismático, hoy hay un influencer que optimiza su engagement. Sin embargo, el deseo visceral de pertenencia, de no ser un cero a la izquierda, persiste intacto. El algoritmo lo explota, pero no lo crea.
La política del siglo XXI habita en un ecosistema de información perpetua. El discurso no se construye; se lanza, se mide y se descarta. Es una cadena de montaje de significados donde lo importante no es la verdad, sino el rendimiento. En este teatro de la atención, construir un movimiento popular es como intentar armar un rompecabezas en medio de un huracán. El peronismo, que nació de la columna vertebral del trabajo organizado en el cordón industrial, hoy debe navegar un mar de trabajos desorganizados: el repartidor que es un número en una app, el diseñador freelance que compite con el mundo, el joven para quien la estabilidad es un relato antiguo. Esta nueva clase trabajadora, invisible para las viejas categorías, está atomizada, precarizada y emocionalmente agotada. El suelo fértil para la lealtad política se ha erosionado.
En este nuevo régimen de visibilidad, la rebeldía ha sido fagocitada por el espectáculo. Los jóvenes no se rebelan: performan la rebeldía para un público online. La indignación se convierte en un contenido más, que compite en el feed con un desafío de baile y un unboxing. La política, así, se reduce a una batalla por los segundos de atención, y en ese campo, la derecha digital lleva la delantera. Comprendió que el miedo, el resentimiento y la nostalgia de un orden purificado son combustibles emocionales de ignición rápida, más veloces y adictivos que la lenta y compleja construcción de la empatía.
Hace ochenta años, la élite temía al pueblo congregado. Hoy, el poder teme a lo impredecible: un meme que muta, un audio que se viraliza, un silencio que se vuelve tendencia. El control ya no necesita de la fuerza bruta; porque se volvió ambiental. Todos somos partícipes voluntarios de la vigilancia: canjeamos nuestra huella digital por comodidad, nuestra ubicación por servicios, nuestra intimidad por una ilusión de conexión. La libertad se experimenta como una suite de opciones prediseñadas, y la sumisión lleva la máscara seductora de la personalización.
Ante esta nueva realidad, el peronismo enfrenta su paradoja más profunda. Fue la fuerza política que mejor habló el lenguaje del cuerpo —el abrazo, el trabajo con las manos, la plaza colmada—, pero hoy el cuerpo está mediado, distraído, exhausto. Fue el gran narrador de la comunidad, pero hoy la comunidad se fractura en micro-identidades y burbujas algorítmicas. Su desafío crucial, por lo tanto, no es de programa, sino de sensibilidad. ¿Cómo generar una presencia tangible en un mundo de pantallas intangibles? ¿Cómo reconstruir un «nosotros» en la era del «yo» hiperbolizado? Aquella multitud que se reconoció como pueblo ahora clama, de manera más desesperada, por ser reconocida como individuo.
Y, sin embargo, algo resiste. El viento. Esa corriente subterránea de dignidad que recorre la historia argentina y que, cada tanto, irrumpe en la superficie. No es nostalgia; es un potencial latente. El pueblo, por más disperso que esté, conserva una memoria corporal de que el poder solo es legítimo cuando se construye desde abajo, cuando se comparte. Esa intuición no se borra; se adormece bajo el zumbido constante del presente. Y a veces despierta en los intersticios del sistema: en la asamblea de un comedor, en la solidaridad de una fábrica recuperada, en la letra de una canción que captura el malestar, o incluso en el comentario anónimo que, en un rincón de internet, dice la verdad que todos callan.
El 17 de octubre fue, en esencia, una inteligencia colectiva que surgió sin manual. Una organización espontánea de los afectos. En ese gesto yacía una verdad más profunda que cualquier dogma: la de un pueblo que se piensa y se hace a sí mismo como protagonista. Ochenta años después, esa idea sigue siendo revolucionaria. Pero su traducción al siglo XXI exige un salto imaginativo. No basta con evocar el ritual; hay que reinventar la experiencia de lo común en una civilización que hiperconecta para aislar mejor.
El gran conflicto de nuestro tiempo ya no es entre izquierda y derecha, sino entre dos sensibilidades antagónicas: la que aún cree en la posibilidad de un proyecto colectivo y la que ha abdicado, entregándose al sálvese quien pueda y al fetichismo del mercado. En esta disputa por el alma del tiempo, el peronismo guarda una ventaja arquetípica: nació del milagro improbable de la esperanza en medio de las ruinas. Y tal vez, si es capaz de descifrar el nuevo código emocional de la época —la fatiga existencial, la ansiedad digital, la sed de comunidad auténtica— pueda volver a encarnar la voz de los vivos. Porque incluso en una era que pretende cuantificarlo todo, quedan zonas de la experiencia humana que se le escapan: la ternura, la rabia justa, la lealtad, el coraje de la memoria. Lo que hizo del peronismo una fuerza histórica única no fue su eficacia administrativa, sino su capacidad, fugaz y poderosa, de infundirle alma a la fría maquinaria del poder.
Ochenta años después, ese viento vuelve a soplar. No trae consignas ni banderas, sino una pregunta que recorre las pantallas y las soledades de este presente, buscando un nuevo rostro colectivo que le dé forma. No sabemos si lo encontrará. Pero si nuestra historia violenta y pasionaria nos ha enseñado algo, es que cada vez que los nadies, los ninguneados, los cansados de ser algoritmos, encuentran la forma de gritar «¡Presente!», el mundo, por un instante, deja de girar en su eje. Y ese temblor, primitivo e irreductible, sigue siendo —ahora y siempre— la señal más humana de todas.
Fuente Multiviral

