Mujer que Lucha
Por Alejandro Ippolito
Afortunadamente el último 8 de Marzo no fue un día de flores y bombones mentirosos.
La celebración no se vistió de un rosa infame ni fue en un comedero elegante, fue en las
calles de todo el país, de todo el mundo, fue un paro de mujeres que patearon el tablero
milenario de los patriarcas condescendientes, amables una vez por año, hipócritas.
Todas las generaciones de mujeres se encontraron para gritar un BASTA que sacuda la tierra
y siente precedente. Y si nos tenemos cierto respeto frente al espejo, los hombres que
fuimos testigos de este ejemplo, deberíamos comprender que estamos frente a una cambio
profundo que también debemos celebrar.
Ya no se trata solamente de un histórico reclamo de género, es la búsqueda de un cambio
en la humanidad, dormida hace siglos sobre un incómodo colchón de opresión y violencia.
Creo que los femicidios son una brutal representación de lo que somos como sociedad
global, es el resumen macabro de la dominación bestial de unos sobre otros que se propaga
a todos los sectores y clases, es, en definitiva, la certificación de una dinámica de
depredadores y devorados que se instaló en el mundo desde aquél mítico golpe de Caín
sobre Abel, que no es otra cosa que la forma de explicar desde la industria de la fe que
desde un comienzo no hemos sido buena cosa los seres humanos.
Desde allí, aquello que las supremas autoridades de los credos del mundo anuncian como
los mandatos de cada dios que han creado, la mujer ha sido relegada en todos los casos a
una tarea animal de parir y cuidar, nada más. El hombre es el que piensa, el emperador, el
cónsul, el conquistador, el intelectual, el científico, el filósofo, el artista consagrado, el que
merece un lugar en la historia, de pie para la foto memorable con la mujer sentada, no por
comodidad sino por apatía.
“El sexo débil” fue la simpática etiqueta que se le impuso a las mujeres para anticipar que
no habría nada más fácil que vencerlas. Se las sometió de todas las formas posibles como
indican las sagradas escrituras de múltiples culturas en todo el mundo y se les reservaron las
sombras, los márgenes, la disposición en un anaquel de supermercado a la espera de que
llegue su príncipe azulado, su salvador, su consumidor soñado.
Las imaginaron como princesas esperando su recate, tejiendo mientras aguardaban a su
valiente amado, hadas en el mejor de los casos y brujas como lo más aceptado. La mujer es
la que tienta al primer hombre en complicidad con el diablo, la mujer es la que quiebra la
voluntad santa del ser perfecto creado a imagen y semejanza de todo lo perfecto.
La mujer se imagina como residuo de esa creación, emanado de una solitaria costilla, solo
para oficiar de compañía del hombre, de adorno desnudo y disponible.
Desde aquella imagen aberrante y primigenia, han devenido todas las demás oscuras
contemplaciones sobre la pérfida mujer, la que mira por la ventana cómo los hombres
transforman la historia, las que lavan sotanas mientras los obispos sueñan con ser el Papa,
las que envenenan guerreros y cocinan tisanas, las que traicionan al guapo en cada tango y
se arrodillan esperando a su hombre con la comida lista y el inodoro impecable en dada
publicidad. La que sólo espera casarse para ser alguien, la que se queda “para vestir santos”
si ningún hombre tiene la bondad de salvarla de la indigna soltería, la que es mirada con
tristeza si no tiene hijos y el tiempo pasa, la que siempre espera mientras los hombres se
dedican a lo importante de la vida; la que puede ser tomada, cuando el hombre quiera por
las buenas o por la fuerza, que para eso están, sin consecuencias y deberían agradecer que
alguien las quiera aunque sea de la peor manera.
Pero parece ser que algo se ha roto en el imaginario patriarcal, algo que incomoda, que se
mira de reojo, con recelo, porque amenaza con terminar con una dominación selvática,
primitiva de garrotes y cavernas. Galeano, el inmortal escritor uruguayo, hablaba de “el
miedo del hombre a la mujer sin miedo” y allí explicó de la manera más sencilla y magistral
de qué se trata todo esto. El hombre que se impone por la fuerza, desde siempre, en los
lugares de decisión, es el que diseña el mundo, el que puede saber, el que tiene reservado
el disfrute y la gloria, el que merece el reconocimiento por los aportes permanentes que
han hecho de la humanidad una especie mejor. Para el hombre son los premios del mundo
y la mujer tiene reservado el balcón para aplaudirlo, emocionada y agradecida de estar a su
lado…o atrás…bien lejos pero siempre a mano.
Hoy, en este tiempo complejo donde la fuerza es la ley de los mercados, y los ciudadanos se
prueban nuevamente los harapos de esclavos, las mujeres están mostrándole al mundo una
vez más, cómo se pueden cambiar las cosas, en colectivo, con unión, sin amedrentarse
frente al poder que se enfurece. Y una vez más, también, nos señalan el camino a todos los
que seguimos asustados mirando lo que pasa y no sabemos qué hacer, cómo expulsar a los
buitres que se pasean por nuestra casa esperando nuestra muerte con una perversa calma.
Asisto con entusiasmo a esta muestra de esperanza, al ejemplo de lucha que algunos
mediocres anacrónicos suponían histérica y resultó histórica.
Quedan varios brutos todavía, muchos de ellos con micrófono disponible o trincheras
oxidadas de páginas de diarios, que hablan de la “virulencia” de las mujeres en sus
reclamos. Son los mismos que ante cada nuevo femicidio preguntan ¿Qué tenía puesto la
chica? ¿Una pollera tan corta? ¿Por qué andaba provocando?
El miedo del hombre a la mujer sin miedo, lentamente se irá transformando en el
reconocimiento del hombre a la mujer sin miedo, más temprano que tarde y sin duda,
lamentablemente, ese miedo visceral también nos traerá más muertes porque los
psicópatas no entienden de campañas. Allí es donde debe haber un Estado presente, para
contener, atender y asistir a las mujeres en riesgo.
Pero…
Y veremos – ya lo estamos viendo – cómo la industria de la fe entra en pánico y mueve sus
huestes de arcángeles enviados a la tierra para azotar mujeres sacrílegas que piden, por
mandato del demonio, ser las dueñas de su cuerpo. “Salvaremos las dos vidas” gritarán a las
habitantes del infierno y les escupierán agua bendita entre insultos celestiales. Y si son
niñas, violadas por algún chacal infecto…”Salvaremos las dos vidas” gritarán de nuevo y
prolongarán la tortura por encargo de algún cielo donde hay un dios que mira y se
complace por lo que hacen los buenos.
Pero por suerte, quedan todavía, algunos seres piadosos en medio de este circo donde la
locura se pasea vestida de moral. Hombres impecables que acuden presurosos en socorro
de los más débiles y que son capaces de inmolarse en un gesto heroico para salvar dos vidas
y mucho más también.







