Liberen a Barrabás
Por Alejandro Ippolito
Hay ciertas celebraciones, ceremonias, conmemoraciones; que persisten a lo largo de los
años y que se resignifican a la luz de la realidad de cada momento. La Pascua, en este caso,
se presenta cargada de metáforas sobre este presente oscuro que no es otra cosa que el
reflejo de un mundo salvaje y desquiciado.
El relato bíblico sobre las últimas horas de Cristo resuena como un eco de la vida de tantos
otros que hoy son sacrificados en todos los rincones del planeta en pos de mantener la
buena salud de los mercados, la opulencia de los bancos y la obesidad mórbida de un poder
descomunal que se traga la vida de las mayorías para que unos cuantos sientan la
embriagadora sensación de ser los dueños de todo, incluso de la vida y la muerte.
Creo que lo que más nos mueve y nos conmueve es esa imagen repetida de la bota del
poder sobre la cabeza de los postergados, que no necesariamente son los indigentes, sino
que tiene que ver con toda una masa de gente, miles de millones, que suponen que viven
porque de vez en cuando se compran algo o se les permite realizar algún viaje. Todo es una
oportuna ilusión sostenida por el hipnótico consumo de mediocridades que funciona como
un distractivo sutil y poderoso. Este mecanismo se aceita de forma permanente por la
creación del enemigo, ese ser despreciable que debe ser peor que nosotros para poder
odiarlo a gusto sin remordimientos.
Somos seres descartables amontonados en el mismo platillo de la injusta balanza, pero
suponemos que hay un contrapeso que nos beneficia.
Cada tanto, cuando resulta absolutamente necesario, ese puñado de dueños del mundo
que no encuentran sosiego en sus obscenas cuentas bancarias, ajustan los grilletes de sus
esclavos rebeldes como para dar una lección al resto. Unos cuantos latigazos, hambre y
cárcel, para mantener a raya a los idiotas soñadores que osan proponer un absurdo sueño
de libertad.
Entre la ejecución y la mansedumbre existe una amplia gama de situaciones que se repiten
en el mudo cuando se intenta confrontar con el poder omnipresente que ve el mundo como
un circo romano. No somos conscientes de las aberraciones que cometen los
representantes de este Olimpo perverso. No nos llegan más que las sombras que ellos
permiten que se proyecten desde la dimensión de sus bajezas, como un ejemplo, como
para que nadie se sienta tan tranquilo como para pensar en igualdades y derechos y todas
esas incomodidades.
Hace poco más de 2 mil años el pueblo aplaudía el sacrificio de un hombre bueno,
acompañaba el suplicio con morboso placer y oficiaba de testigo de la barbarie
naturalizando la tortura y pensando que ese hombre lastimado hasta los huesos “en algo
andaría”.
Lo más triste es que hoy, después de tanto tiempo de evolución mentirosa, es igual que
entonces. El mismo desprecio por el otro, el odio insatisfecho que necesita siempre de una
muerte más, un dolor más y la añorada muerte.
Somos un país sembrado de cruces, con madres llorando por sus hijos muertos en la purga
social de las miserias, con Herodes como dueño de todos los canales y la crucifixión
televisada para placer de los mediocres.
Los soldados romanos o la Federal, Pilatos o Bonadío, Macri o Barrabás; todo da igual
porque es lo mismo a través de los siglos.
Para romper la hegemonía de los abyectos nos imponemos la esperanza del regreso, para
desterrar a los traidores que comían con nosotros, en la misma mesa y para que no haya
nunca más un clavo en las manos de un obrero.

