La Universidad piensa y ensaya una computadora argentina. Parte Nº 3

VisiónPaís/ octubre 6, 2019/ Sin categoría

Por Bruno Pedro De Alto

El laboratorio de Semiconductores y el Laboratorio de Aplicaciones Electrónicas.

Durante la noche del 29 de julio de 1966 se produjo uno de los hechos más vergonzosos de la historia argentina. La policía, cumpliendo órdenes del gobierno militar de Onganía, desaloja a bastonazos del interior de las facultades a estudiantes, docentes y autoridades legítimas a bastonazos. Uno de los lugares donde más saña se aplicó fue en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales donde se venía desarrollando, en estrecha relación y colaboración con la Facultad de Ingeniería, para la Republica Argentina un original proceso científico – tecnológico: llevando a cabo trabajos de investigación y desarrollo en el ámbito de la computación. Ocuparse en esos años, dentro de un ámbito universitario, ocuparse en esos años de la computación significaba estar a la par de las vanguardias mundiales del conocimiento.

La creación de nuevos laboratorios electrónicos, el desarrollo de equipamientos propios o la compra de aquellos más actualizados, la construcción de la Computadora Electrónica de la Facultad de Ingeniería de Buenos Aires (CEFIBA), la adquisición de la primera computadora universitaria (Clementina), la formación de grupos de investigación y desarrollo liderados por los mejores científicos argentinos en cada especialidad y acompañados a su vez por jóvenes graduados y estudiantes, el involucramiento con problemas reales y complejos de la sociedad y la industria demostraron que los liderazgos de García, Sadosky y Ciancaglini le dieron por primera vez al país una verdadera experiencia universitaria nacional de desarrollo tecnológico.

Sin apoyo del sector privado, estas experiencias sólo fueron posibles por estar vinculados con los organismos y las empresas del Estado los cuales se actuaron como dinamizadores del desarrollo económico y tecnológico nacional.

Humberto Ciancaglini y su equipo habían tomado nota de que la firma Texas Instruments había desarrollado en 1959, en EEUU, el primer circuito integrado. Se trataba de un dispositivo de germanio que integraba seis transistores en una misma base semiconductora para formar un oscilador de rotación de fase. Los tiempos se aceleraban. Se había dado otro importante salto en la electrónica mundial y si se deseaba dominar esas tecnologías, no había tiempo que perder.

Habían pasado 12 años, desde a fines de 1947 John Bardeen, Walter Brattain y William Shockley, científicos de la empresa Bell perteneciente a AT&T, experimentaron con un tipo de semiconductor logrado con el metaloide Germanio[1]. A su desarrollo lo llamaron “transistor” y sería uno de los mayores descubrimientos de la era de la computación.

Recordemos que un transistor contiene un material semiconductor, por ejemplo: el Germanio que puede cambiar su estado eléctrico cuando es pulsado. En su estado normal el semiconductor no es conductivo, pero cuando se le aplica un voltaje permite que la corriente eléctrica fluya a través de éste. En las computadoras, funcionan como un switch electrónico o puente.

El invento del transistor hizo posible una nueva generación de computadoras, más rápidas, más pequeñas y con menores necesidades de ventilación. En efecto, los relés electro-mecánicos y la pobre disipación de calor de los amplificadores basados en tubos de vacío, eran las tecnologías usadas por las ya citadas primeras computadoras ENIAC, EDVAC; UNIVAC y Ferranti.

Ciancaglini había incluido en su programa de la materia “Física Electrónica”, el asunto de los dispositivos activos, es decir de los transistores, y su posibilidad de operar como amplificadores, osciladores, conmutadores o rectificadores en equipos electrónicos.

De allí, pensar en el Laboratorio de Semiconductores (LabSem) como estrategia científica-tecnológica fue casi una acción natural. Y solo requirió, nada más ni nada menos, de una alta convicción y capacidad para tomar decisiones estratégicas. Ciancaglini apostó en un principio en lo que más creía: aquellos profesionales que habían viajado y vuelto del extranjero para perfeccionarse. Luego de un par de intentos frustrados, donde las personas convocadas no pudieron sostener la puesta en marcha, debió apostar a su propia e íntima equipo. Su ayudante, recientemente graduado como ingeniero electrónico en febrero de 1961, sería el responsable de constituir el estratégico laboratorio. Se trataba de Roberto Zubieta, quien inició el LabSem, el 1ª de abril de 1961. Aquel equipo inicial que se lanzó a la tarea estaba formado por dos profesionales, ocho estudiantes avanzados y un administrativo.

Zubieta publicó un artículo donde relataba, y rescataba, aquella experiencia. En primer lugar quedaba claro cuáles eran los objetivos del LabSem de lo que aquella conducción pretendió desde la universidad para con el desarrollo nacional:

“El objetivo principal del Laboratorio de Semiconductores fue crear dentro del marco de la Universidad de Buenos Aires, la capacidad científico tecnológica necesaria para encarar problemas en el campo de la electrónica del estado sólido, que puedan interesar al desarrollo nacional” [2].

En cuanto a los criterios puestos en juego para determinar los campos de trabajo, Zubieta afirma que los mismos se hicieron basados en proyecciones que tendrían estas tecnologías y analizadas en función de cómo impactarían en el mercado y el desarrollo nacional. Este intento de ligar ciencia con un mercado concreto, y con el desarrollo nacional, entendido como un desarrollo autónomo, es la expresión del “para que” del LabSem: una herramienta de autonomía tecnológica, lograda a través del control de tecnologías estratégicas.

El LabSem funcionó con tres tipos de actividades: producir conocimiento científico y formar recursos profesionales; proporcionar a la industria la posibilidad de acceder a estos desarrollos; e introducir los mismos como aportes a los nuevos problemas a solucionar. Dicho en términos actuales: producción de conocimiento tecnológico, difusión y transferencia de los mismos.

Su desarrollo mostró claramente dos etapas: una inicial, denominada “de formación básica”, donde el eje estuvo puesto en poder contar con conocimientos, equipos y dispositivos “básicos”. El grupo rápidamente incorporó a los estudiantes que se habían sumado en 1961, cuando se graduaban y a mediados del proyecto eran enviados al exterior para perfeccionamiento.

La segunda etapa, claramente de consolidación, se caracterizó por abordar técnicas y desarrollar dispositivos más evolucionados; incorporando expertos para que dirigieran o participaran de proyectos específicos y se intensificó el envío al extranjero de sus científicos. Cuando se produjo el Golpe de Estado en 1966, el LabSem tenía 4 ingenieros fuera de la República Argentina.

Los campos de trabajo elegidos al inicio fueron:

  1. Los materiales: el Silicio y el Germanio, ya conocidos por sus propiedades de semiconducción, requerían ser estudiados a fondo ya para conocer todas sus características, como también sus procesos industriales los cuales los llevarían a ser transistores o circuitos integrados cada vez más pequeños y complejos. Sobre ellos se hicieron mediciones físicas de comportamiento, de purificación y estudio de su estructura cristalina. En casi todos los casos, el LabSem debió desarrollar sus propios dispositivos, como por ejemplo la adaptación de unas sierras que cortaran mono-cristales a partir de equipos que existían en el mercado y tenían otros usos. Y quien, para admiración de todos, hizo esas adaptaciones fue Humberto Ciancaglini, el autodidacta que todo lo podía.
  2. Los Dispositivos, en función de su comportamiento semiconductor operaban como rectificadores de potencias, transistores, diodos, detectores, etc. En la mayoría de los casos, se debía fabricar los equipos para usarlos y medirlos. Incluso en circunstancias especiales se preparaban a escala de producción en línea piloto, para verificar la confiabilidad de los mismos. Hubo un caso, aislado que requirió acordar una licencia con una empresa privada. Se trataba de un desarrollo de diodo de potencia, pero el caso testigo no prosperó. La experiencia del LabSem no echaba raíces en la industria nacional. En cambio sí prosperaron, en el ámbito del Estado Nacional, las transferencias de detectores de radiación nuclear de Litio y baterías solares para la Comisión de Energía Atómica y la Comisión de Actividades Aeroespaciales.

El LabSem en junio de 1966 se debió dar una retirada que sus integrantes creyeron “táctica” y momentánea. Las condiciones impuestas por los militares interventores eran inaceptables. El laboratorio estaba constituido por 10 científicos, 16 técnicos de apoyo, 3 auxiliares, y 4 profesionales en el extranjero. Esa “retirada” se dio en tres ámbitos: los que estaban en el extranjero, quienes en algunos casos no volvieron; un grupo importante que se trasladó a la Universidad Nacional de Chile, donde el gobierno de Frei impulsaba las ciencias tecnológicas[3]; y un tercer grupo pudo insertarse en la industria privada. Fue el caso de Zubieta, quien llegó a Texas Instruments, una compañía que fabricaba circuitos integrados para la exportación. Allí, el ex – director del LabSem terminó su perfeccionamiento en dispositivos activos y logró una experiencia profesional en la actividad privada que sin duda lo posicionó de maneja inmejorable para su máximo desafío a futuro: la División Electrónica de Fate.

El golpe los sorprendió en plena expansión. De un grupo de 33 personas involucradas en el LabSem en 1966 se planeaba llegar a 44 en el año 1969. Para ello se había adquirido un edificio que pertenecía a la empresa de subterráneos de Buenos Aires, en la zona de Chacarita, que estaba siendo acondicionado para su uso como sede del laboratorio. El equipamiento adquirido era estimado en algo más de dos millones de dólares y permitía:

“Crecimiento de cristales, difusión, aleación, purificación de gases y agua, evaporación y “sputtering», limpieza iónica, microscopia, microscopia mecanográfica, electroquímica, química, micromanipulación, producción de dispositivos en series piloto; pulido, corte, lapidado y corte ultrasónico de cristales semiconductores, taller mecánico, de vidrio, de micromecánica, fotolitografía simple, etc.” [4].

Si bien, a partir de 1966 hubo recambio en el personal del LabSem, se perdieron sus objetivos orientados a la industria nacional y el desarrollo industrial. Se transformó en un bien equipado y mal usado laboratorio académico que rápidamente se desactualizó.

Ciancaglini impulsó otro equipo que se destacaría por su notable producción: la aplicación de la electrónica a diversas instancias de la industria y los servicios. El emprendimiento se constituyó como Laboratorio de Aplicaciones Electrónicas (LAE). Designó a otro de sus jóvenes ingenieros, Pedro Joselevich, para dirigirlo. Con un equipo inicial de una docena de docentes investigadores y estudiantes se organizaron en tres grupos, en función de las temáticas que irían a abordar: ultrasonido, electromedicina y electrónica Industrial.

De igual modo que el LabSem, las mayores expectativas estaban puestas en el vínculo que el Laboratorio pudiera hacer con la industria. La difusión de la electrónica en el ámbito industrial era una de las estrategias seguidas por países desarrollados. Sin embargo las demandas vendrían fundamentalmente desde el sistema de salud: el Instituto Leloir, el Instituto Haedo, el Hospital Borda, etc. fueron quienes se beneficiaron con los trabajos realizados. Mientras que, por otro lado las aplicaciones en ultrasonido fueron especialmente abordadas junto a la Marina para el desarrollo de equipos de ultrasonido para radares y sonares.

Algunos trabajos se hicieron para la industria privada, como fue el caso de una empresa argentina dedicada a tecnologías de soldadura, que había sido fundada por un ingeniero vinculado al Departamento de Metalurgia de la FIUBA. En esa oportunidad se desarrolló un variador de velocidad electrónico para motor de corriente continua. Otro trabajo destacable para la época fue para otra empresa local: se trató del desarrollo de un sensor electrónico de proximidad de metal portátil. Al momento de la retirada “táctica”, el LAE estaba estudiando un comparador de relojes mecánicos a partir de frecuencias las que se obtenían con un reloj de cristal de cuarzo.

La diversidad de temas y de contenidos afrontados forjó un grupo de ingenieros propietarios de una enorme creatividad y versatilidad. Ese fue el mayor logro del LAE, que en el caso particular de Joselevich se puso de manifiesto al integrarse al proyecto de la División Electrónica de Fate.

[1] Por este desarrollo Bardeen, Brattain y Shockley recibieron el Premio Nobel de Física en 1956.
[2] Roberto Zubieta: “Actividades de Investigación en semiconductores en la Facultad de Ingeniería – Universidad de Buenos Aires” en Revista Electrónica. Volumen LIII N° 1. Asociación Argentina de Electrotécnicos y del Comité Electrotécnico Argentino. Año 1967.
[3] Algunos de ellos fueron expulsados de Chile un par de años después, acusados de ser “espías”, lo cual era insólito habiendo sido expatriados por el gobierno de Onganía. Luego, el resto, inmediatamente después de la caída de Allende en 1973, también debieron volver a la Argentina en retirada una vez más.
[4] Roberto Zubieta. Ibíd.
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