La dictadura de Onganía, Levingston y Lanusse (1966 – 1973).

VisiónPaís/ septiembre 23, 2018/ Sin categoría

A pesar de todo, industrialistas, pero incompletos.

Por Bruno Pedro De Alto

(extractos del libro “Autonomía Tecnológica. La audacia de la División Electrónica de Fate”. Ciccus 2013)

 

Juan Carlos Onganía, había asumido la Presidencia de facto en 1966 al encabezar un golpe de Estado, autodenominado Revolución Argentina, derrocando al entonces presidente constitucional Arturo Illía.

En el año 1962 Onganía se había encaramado como Comandante en Jefe del Ejército por haber participado de la triunfante “facción azul” de esa fuerza. Este sector veía posible la participación del peronismo en la vida social y política de la sociedad argentina solo si adoptaba una cultura democrática liberal, y por supuesto, si dejaba a un lado su carácter movimientista y popular. Un crítico testigo de aquellos días dijo:

La confusa ideología castrense en boga, mezcla de desarrollismo económico, paternalismo político, anti-comunismo seudo-científico y una aguda vocación por el poder y sus beneficios laterales reclamaba un revolucionario, un azul neto (1).

Ese tipo de composición ideológica permitía componer un gobierno contradictorio, al imponer su modelo económico de desarrollo sin tener en cuenta la presencia de una estructura política y social aún peronista y clasista, con creciente capacidad de movilización.

El Cordobazo, un importante movimiento de protesta ocurrido en mayo de 1969 en la ciudad de Córdoba, una de las ciudades industriales más importantes del país, provocó la caída de Onganía, la que estuvo a cargo de sus colegas militares.

Ya entonces se denotaba la aspiración de poder del General Lanusse, quien, sin embargo, esperó su hora colocando al frente del Poder Ejecutivo al General Levingston.

Para la conformación del gabinete ministerial, se buscó un equilibrio entre las fuerzas que, a criterio de Lanusse, se balanceaban entre las ideas llamadas “liberales o democráticas” y la tendencia “nacional o nacionalista” (2). Ese gobierno tenía un sesgo industrialista y recibió abiertamente el apoyo de las corrientes políticas de la intransigencia radical y del desarrollismo, y por aquellos acuerdos asumió Aldo Ferrer como Ministro de Obras y Servicios Públicos. Será entonces necesaria la presión ejercida por la CGE (vuelta a funcionar después de su clausura en 1955) y de la CGT, para que el mismo Ferrer asuma la cartera de Economía en octubre de 1970.

Sin embargo, los sucesos más relevantes de aquel breve gobierno no fueron los económicos, sino los políticos. Lanusse, con apoyo del resto de la Junta Militar, puso fin al mandato de Levingston que empezó a plantear que aún no estaban dadas las condiciones para el retorno de la Constitución y de los partidos políticos.

De ese modo, escatimó los plazos en beneficio propio y en perjuicio de los de Lanusse. Será entonces el tiempo del discurso del desarrollo con un giro nacionalista:

… propender a la nacionalización de la economía –que no debe confundirse con estatización– para lograr una mayor libertad de acción en la toma de decisiones fundamentales en este campo, orientar todo el sistema al servicio exclusivo del interés nacional y conquistar una efectiva independencia económica (3).

El nuevo presidente retuvo a Ferrer como Ministro de Economía, dirá que su gestión es un “valor-símbolo” de lo que quiere la Revolución Argentina, y hasta llega a señalar como “revolucionaria” la política desplegada. En 1971, ya decidido a posicionarse como candidato del GAN, Lanusse reorganizó su gabinete con la intención de afianzar lo que él llama la “filosofía del acuerdo”. Suprimió la Cartera de Economía con el consiguiente alejamiento de Aldo Ferrer de este ciclo.

Y se abrieron las de Hacienda, Agricultura y Ganadería, Industria, Comercio y Minería, y Trabajo.

El desarrollista Quillici se hará cargo de Hacienda y el General Oscar Chescotta (un industrialista que conducía Fabricaciones Militares) hará lo propio con Industria, Comercio y Minería.

Unos años antes, en 1967, en Francia se publicó un libro que instaló una serie de ideas muy originales, las que conmovieron las políticas industriales europeas.

Su autor, Jean-Jacques Servan-Schreiber, fundador del periódico L´Express opositor al General de Gaulle, alerta a toda Europa sobre la penetración del capital norteamericano y sus empresas multinacionales. En ese libro, llamado “El Desafío Americano”, sugirió claramente una estrategia para reposicionar la industria local frente a ese problema. En primer lugar, señaló los sectores estratégicos a considerar: la exploración espacial, las computadoras y la electrónica. Esos esfuerzos, por su envergadura y complejidad, debían según su criterio ser afrontados en sociedad entre las naciones europeas:

El primer problema de una política industrial para Europa consiste hoy, pues, en facilitar la selección de cincuenta o cien empresas que, tras haber alcanzado una dimensión suficiente, sean las más aptas para subir al primer rango de la tecnología mundial en sus sectores (4).

Estas ideas llegadas a la Argentina en 1968 inspiraron a los políticos locales de sesgo nacionalista y desarrollista vinculados al gobierno militar, y ello se tradujo en el empeño de generar políticas vernáculas que permitieran construir grandes empresas industriales de capital local a partir del apoyo político del aparato del Estado. Jorge Schvarzer rescató de entre los documentos públicos aprobados por la Junta de Comandantes que gobernó Argentina en 1970, este texto en el documento “Políticas Nacionales”:

… dar estímulos fiscales y en materia de organización para promover la concentración de industrias de capital nacional en los casos en que exista la posibilidad de obtener economías de escala, derivada tanto de la producción misma como del desarrollo tecnológico.

Sobre lo anterior, el autor agregó:

Los funcionarios argentinos no aplicaron esa propuesta de forma ordenada ni sistemática; no hubo planificación expresa y, quizás, tampoco conciencia clara del tema, pero sí avances efectivos. La debilidad de esa idea-fuerza en el país, frente al poder de la tradición, sumado a la inestabilidad política que marcó el período iniciado en 1968 condicionaron esa tarea. Aun así se observan numerosos casos en que esos apoyos, directos o indirectos, dieron lugar al fortalecimiento de firmas de capital local que podían llegar a líderes de su respectivo sector (5)

Si fuese cierto que la corriente desarrollista o nacionalista de este período hubiera entendido más plenamente a Jean-Jacques Servan-Schreibier, no solamente se habrían enfocado en robustecer empresas con las exenciones de derechos de importación de partes. Habrían prestado atención a otras de sus recomendaciones, y quizás se habrían ahorrado cuarenta años de frustraciones. Escribió el francés: “La escala nacional se torna igualmente insuficiente para asegurar la eficacia de un creciente número de intervenciones del Estado” y alentó la unión de naciones vecinas; y pidió también, fronteras adentro: “Transformación de los métodos de asociación, de convergencia, entre las unidades industriales, la Universidad y el poder político”, es decir, dibujó en el aire un triángulo, el “Triángulo de Sabato”.

 

1 | Claudio Ramírez, seudónimo del periodista Jorge Bernetti en Envido Nº 2. Año 1969.

2 | Alejandro Agustín Lanusse. Mi testimonio. Lasserre Editores. Buenos Aires. Año 1977.

3 | Alejandro Agustín Lanusse. Ibíd.

4 | Jean-Jacques Servan-Schreiber. El desafío americano. Editorial: Sudamericana. Zig-Zag. Año 1968.

5 | Jorge Schvarzer. “La industria que supimos conseguir”. Editorial Planeta. Buenos Aires, 1996.

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