La calculadora electrónica argentina Cifra 311, una de las primeras…

VisiónPaís/ enero 26, 2020/ Sin categoría

…del mundo. Parte 6

Por Pedro Bruno De Alto

La empresa Fate de neumáticos es una empresa de capitales nacionales. A principios de la década de 1970 se diversificó, incorporando negocios en aluminio, a través de la empresa Aluar y también en electrónica.

La División Electrónica fue una apuesta fuerte y atrevida: encaró la producción escalonada de calculadoras de escritorio y de mano, sistemas contables y finalmente, una computadora argentina, Con el golpe de 1976 todo terminó. Dos arietes derribaron este proyecto de autonomía tecnológica: el fin de las protecciones y medidas de apoyo del Estado que recibió la empresa; y la apertura económica impulsada por el neoliberalismo del Ministro de Economía de la dictadura, José Alfredo Martínez de Hoz, permitiendo la invasión de calculadoras y computadoras extranjeras que sí tenían apoyo de sus respectivos Estados. Todo agravado con un creciente clima de represión, persecución política y exilio para sus protagonistas.

 

Las calculadoras Cifra y el diseño industrial argentino.

Los dispositivos mecánicos que permitían hacer cálculos se difundieron con cierta popularidad aproximadamente a partir de 1800, y llegaron con sus últimos modelos hasta 1950, donde cedieron su lugar a los dispositivos eléctricos. Los primeros, se impusieron con complicados sistemas de cremalleras, manivelas, perillas, y palancas; por esta razón, cuando en 1873 la firma Remington comenzó la fabricación en serie de la máquina de escribir marcó una profunda influencia en el diseño de la interfase con el usuario de este tipo de máquinas, y por lo tanto se hizo extensivo a las máquinas de calcular – si bien la influencia no se hizo notar rápidamente -, los diseñadores de calculadoras dejaron de lado comandos mecánicos para adoptar las teclas. A partir de esta invención la configuración de la calculadora definió la interfase de usuario predominante hasta nuestros días

Si bien la electricidad hizo un interesante aporte para reducir el tamaño y peso de estas máquinas, sólo la electrónica permitió su miniaturización. El tamaño fue siempre un atributo determinante: se sabe de la existencia de ábacos de mano, operados por comerciantes romanos, de tal manera que “calcular” para los hombres antiguos y modernos no era solo una tarea de escritorio. Pero el tamaño y la morfología, de los primeros productos electrodomésticos de uso diario, por ejemplo máquinas de escribir, de coser, teléfonos, calculadoras, mostraban las líneas (“ságoma” según Gillo Dorfles[1]), aunque disfrazadas, de las maquinarias que albergaban.

Ésta era la situación de uno de los fabricantes más importantes de calculadoras de escritorio: Olivetti. En 1956 lanzó al mercado la Divisumma 24, donde su morfología mostró dos volúmenes superpuestos: los del teclado y la impresora. Con alguna transición en 1961, hizo su aparición la Olivetti Quanta la cual siguió mostrando dos volúmenes. En la imagen N° 8 se muestra este concepto – diseño que fue adoptado en 1970 por la Cifra 311 de Fate, aunque se resolvió con rollo de papel interior; pero esa superposición de volúmenes luego fue a su vez dejada atrás rápidamente, con las bellas Cifra 211 en 1972, y Cifra 121 en 1973.

[1] Gillo Dorfles. Pintor y ensayista italiano, especializado en estética y fundador, en 1948, del Movimiento de Arte Concreto.

Imagen: Siluetas. Evolución de las calculadoras de escritorio.

Fuente. Elaboración propia a partir de Paolo Bergomi.

La aparición impactante de la Cifra 311, presentada en noviembre de 1970 y comercializada a partir de 1971, ocurrió en un contexto de logros del diseño nacional, pues se dio una reconfiguración del campo cultural en nuestro país, el despliegue de una política desarrollista, el surgimiento de una nueva concepción sobre el saber y el conocimiento provenientes de la vertiente modernizadora en las universidades y los cambios ocurridos con las formas de comunicación masiva planteadas por la vanguardia artística, la prensa, y las agencias de publicidad y de mercado.

Un documento difundido por la Asociación Latinoamericana del Diseño Industrial (ALADI) permite comprender mejor ese contexto. Allí se da una mirada histórica del diseño industrial argentino. Y se señala que es a fines de los 50 y a principios de los 60 que el tema del diseño empezó a ser objeto de debate por parte de grupos de intelectuales, productores y algunos referentes de la gestión pública que percibieron los beneficios de su aplicación en la industria nacional. Se logró cuantificar de algún modo el estado del arte, cuando se exponen los resultados de la primera “Exposición Internacional de Diseño Industrial” organizada por el Centro de Investigación del Diseño Industrial (CIDI) en 1963. En aquella oportunidad se exhibieron 473 productos de diseño:

 

“… de los cuales 138 eran producidos en el país, esto significaba que ciertos diseños eran licencias internacionales, lo cual no le quitaba méritos, sino que calificaba al productor local al ser considerado con capacidades equivalentes a los productores de origen de las licencias” [1].

 

A fines de los 1960 e inicios de los 1970 en la Argentina se masificó el resultado del diseño local con los éxitos de la radio Tonomac y el encendedor Magiclick diseñados por Hugo Kogan, y el televisor y la radio Noblex, los más vendidos en la época, diseñados por Roberto Napoli.

En 1970 se sumó al equipo de la División Electrónica de Fate, el arquitecto Silvio Grichener, con el arquitecto Héctor Compaired, quiénes fueron contratados para diseñar la primera calculadora electrónica argentina. Grichener y Compaired, siguieron atentamente estos debates y tendencias muy influidas en esa época por las ideas sobre diseño industrial que trajo a Buenos Aires el arquitecto argentino Tomás Maldonado[2].

Maldonado consideraba al proceso de diseño como una metodología sistemática, científica, y de base teórica, y calificaba como reaccionario al “diseño de productos como arte”. Él creía que había llegado el momento de ampliar ese concepto de diseño por medio de la introducción de nuevas categorías:

 

«El factor estético constituye meramente un factor entre muchos con los que el diseñador puede operar pero no es el primero ni el predominante. Junto a él también está el factor productivo, el constructivo, el económico y quizás también el factor simbólico. El diseño no es un arte y el diseñador no es necesariamente un artista»[3].

 

Es probable que estas palabras, junto a otras que caracterizaron al movimiento moderno, se les presentaran casi cotidianamente a Grichener y Compaired, cuando afrontaron el diseño de la Cifra 311. Junto al factor estético jugaba el factor productivo, el constructivo, el económico y también el factor simbólico de aquella primera calculadora.

El factor productivo (y tecnológico) daba cabida a todos los componentes de la calculadora: inicialmente se diseñó una calculadora que contendría lógica de circuitos integrados y memorias de 3ª generación; pero avanzado el proyecto se logró incluir las memorias con circuitos integrados de 4ª generación, con una significativa reducción de espacios necesarios. El diseño final no se ajustó, y la carcasa quedó sobredimensionada. Indudablemente la estructura de los volúmenes de la Cifra 311 estaba influenciada por la Olivetti Quanta, y la configuración de los detalles estaba marcada por el teclado que era importado y por la arquitectura de la impresora. Luego, el factor constructivo: Grichener, ya experimentado en la construcción, encontró una dificultad en las escalas y en las precisiones de la electrónica: en su experiencia previa las medidas mínimas eran apenas el centímetro, en la calculadora se medía con milímetros.

No hubo tiempos para desarrollar matrices, ni proveedores confiables para hacer la carcasa en plástico y se resolvió que, la misma fuese de aluminio, lo que dio como resultado una versión a la que le debieron quitar el rebabado y terminarlas con un pulido manual, una por una, para luego finalmente pintarlas. La calculadora era notablemente pesada y de apariencia rústica.

Finalmente, el factor simbólico. La comunicación de la presentación de la calculadora, (Imagen N° 7) apeló a dos ideas – fuerza: atendía las exigencias de las empresas modernas, y – fundamentalmente – era la primera calculadora electrónica creada en el país; hecha por ingenieros y técnicos argentinos.

A inicios de la década del 1970, las calculadoras de escritorio fabricadas en diversos lugares del mundo habían llegado a una evolución que podría resumirse en los siguientes atributos de diseño general: empezaban las electrónicas a desplazar a las eléctricas (la Cifra era una de las primeras); funcionaban con electricidad, pero algunas ya incluían baterías; si bien la mayoría imprimía a través del sistema de cintas, algunas usaban el sistema de almohadilla; aparecía el display luminoso como método de visualización; se imponía el teclado electrónico; las carcasa en baquelita dejaban su lugar a la de diversos termoplásticos; se estaban presentando calculadoras básicas pero portátiles; y en términos estéticos ya se habían instalado algunas versiones en colores básicos y neutros.

Con mayores tiempos y recursos, Grichener se puso a trabajar con los nuevos diseños de la Cifra 211 y la Cifra 121.

Una vez garantizado que la carcasa iba a ser plástica y que la cantidad de circuitos integrados se reduciría de 150 a sólo 7, la posibilidad de pensar unas líneas o ságoma novedoso, estaba al alcance de la mano. Las nuevas calculadoras de Fate serían de un solo volumen, un paralepípedo de baja altura y laterales redondeados, y sólo en la zona del teclado, por motivos ergonómicos, se ofrecería un suave plano inclinado. Aquí la influencia clara y directa fue de Mario Bellini, diseñador italiano, de calculadoras eléctricas para Olivetti.

 

[1] Paolo Bergomi. “Hecho en Argentina” Publicación del Museo del Diseño y de la Industria. Año 2005.
[2] Tomás Maldonado, pintor, diseñador industrial y teórico del diseño argentino había ganado reputación durante sus años en la Hochschule für Gestaltung (HfG) en Ulm, Alemania. Era conocido por su influencia en el pensamiento y la práctica del diseño en la segunda mitad del siglo XX y era considerado como uno de los principales teóricos del llamado enfoque científico del diseño. Fue miembro fundador del Movimiento de Arte Concreto y uno de los protagonistas de la renovación plástica de la década de los 40 en la Argentina. A fines de los 60 se trasladó a Italia donde sobresalió en la práctica profesional del diseño y la comunicación tanto como la docencia. Su producción teórica sobre temáticas vinculadas al diseño, la proyectación, el medio ambiente y la filosofía técnica, lo posicionaron como un referente del pensamiento contemporáneo.
[3] Tomás Maldonado. “Nuevos desarrollos en la industria y en la información del diseñador de productos”. En Revista Ulm. Año 1958.

 

 

 

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