Imprudencias
Por Alejandro Ippolito
Usted, seguramente, ha cometido la imprudencia de no nacer rico. No ha tenido la precaución de cubrirse frente a los infortunios de las vidas comunes insertándose en una familia de abolengo, adinerada e impune.
Lo sé porque yo tampoco he tomado ese recaudo y así nos va.
Hay unas cuantas imprudencias que hemos cometido, debemos reconocerlo, no hemos heredado un imperio ni nos han brindado consejos sobre las bondades de las cuentas en paraísos fiscales. Para colmo, seguramente sus padres y abuelos le deben haber inculcado aquello del esfuerzo, del trabajo y del estudio como una herramienta de progreso.
Mientras usted estudiaba y trabajaba, los otros, los que ahora nos gobiernan estaban haciendo sus primeras armas en la especulación y el lavado. Ese es el «mérito» del que tanto hablan, el mérito de haber nacido ricos, el mérito de haber tenido padres y abuelos de dudoso prontuario, multiplicadores de empresas y negocios en épocas de horror y dictadura, coimeros, evasores, alambradores de tierras a su antojo, explotadores y negreros.
A esos herederos de un poder mugriento y perverso, hoy los tenemos encima nuestro, posados en nuestros hombros, a salvo de la inundación. A ellos les explicaron el mundo de otra manera, les contaron el secreto de la existencia que no resiste los espejos pero que otorga el salvoconducto al Olimpo de las bestias.
Los entrenaron como depredadores y estafadores, arlequines del espanto maquillados siempre para salir a escena como el antídoto del veneno que ellos mismos inyectan.
Usted cuenta las monedas mientras honra la memoria de sus padres y abuelos. Ellos se llenan los bolsillos hasta reventar y nunca se sacian, mientras posan en un álbum familiar junto a otros personajes que arruinaron nuestra historia.
Usted no ha tomado esas precauciones, yo tampoco. Esperamos entonces – por lo menos – la vergüenza por parte de aquellos que hablan de esfuerzo sin haberse esforzado nunca, de honradez siendo los mayores corruptos, de trabajo siendo unos vagos consumados, de capacidad siendo unos burros ignorantes. Pero no hay vergüenza, no tienen ningún reparo en seguir mintiendo y descansando, apoyados por los medios socios de todo lo peor de nuestro pasado.
Hoy vemos que Venezuela, por ejemplo, no ha tenido la precaución de posar su territorio en otra parte, todo lo contrario, se ha instalado sobre la más grande reserva de petróleo del mundo y eso es una imprudencia imperdonable. Esos desaciertos se pagan, ninguna oveja se pavonea frente al lobo sin poner en peligro su vida y mucho menos se envalentona con consignas de soberanía e independencia sin poner en riesgo a todo el rebaño.
Pero lo más triste, lo lamentable, lo que duele de forma insoportable; es cuando alguna oveja, abrazada al lobo, le susurra al oído: «Tendríamos que hacer algo con estas desobedientes para que aprendan».
Eso es lo que han hecho muchos gobiernos de Latinoamérica, entre ellos el de Argentina, desconociendo a Maduro y abrazando el golpe organizado, como siempre, desde Estados Unidos.
Seguimos esperando un gesto de vergüenza, pero ese es un bien ausente en estos tiempos de verdugos descarados.

