ILUMINADA POR LAS LUCIÉRNAGAS
Cultura por Viviana Britos
Dedicado a Víctor Hugo Morales
Septiembre 29, 2024
Lo escuchó claro y fuerte. Tan fuerte que la despertó.
Miró la hora extrañada aún por las palabras que resonaban en su cuerpo.
Tenes visitas, escuchó claro y fuerte. Tan fuerte que la despertó.
Eran las cuatro de la mañana. Se levantó molesta y curiosa.
Vera vivía sola, desde siempre, con una historia que ya no le pertenecía.
Hoy tenía más de setenta años, pero en aquellos días siendo apenas una niña-joven, había sido protagonista de uno de los acontecimientos más sorprendentes y más olvidados de su amado país: Uruguay.
Tan argentina como uruguaya, decía cuando le preguntaban su nacionalidad; y así lo sentía.
País hermano, vecino. Iguales pero un poco distintos, decía siempre, recordando la Milonga para los orientales de Jorge Luis Borges, que recitaba de memoria a sus alumnos.
Cuando llegó a Buenos Aires, estudió y se recibió de maestra. Menuda y sonriente parecía una niña eterna. Ejerció su profesión entusiasta y jamás habló de su vida anterior.
Todavía resonaba el: «Tenes visitas» mientras caminaba lento hacia el comedor, con la mala costumbre de no prender las luces. Sabía que estaba sola, sin embargo, buscaba esa garganta, esa voz.
En el pasillo que ahora le parecía más largo, comenzó a ver lucecitas pequeñas, frágiles, como luciérnagas. Como luciérnagas, dijo en voz alta desde el recuerdo.
Y siguió ese camino conocido, esa magia que había guardado por más de cincuenta años: el túnel de las cloacas que recorrieron aquella noche con el agua a la cintura e iluminadas por las pequeñas linternas.
Al entrar al comedor allí estaban todas, sentadas como una familia esperándola, aun las que ya no estaban. No pareció sorprenderse ni asustarse.
Le sonrieron, ella recorrió cada rostro con una tibia mueca de cariño.
El tiempo pareció desvanecerse, había que escapar de la cárcel. Era el 30 de julio de 1971 en Montevideo cuando comenzó la mayor fuga de mujeres Tupamaros de la historia del Uruguay, de su historia, de la historia de Latinoamérica.
Se sentó con ellas. Se tomaron de las manos sobre la tabla de la mesa que había lustrado el día anterior como si las esperara.
Solo las iluminaban las luces tenues de las luciérnagas.
Vinimos a buscarte, le dijo Lucía, para que no te vayas sola.
Supo Vera que la aventura había terminado. Con lágrimas en la cara y levantando los brazos hacia el cielo como aquella noche, dijo en voz bien alta:
Gracias.

