Hoy tú cara está en todas las remeras

VisiónPaís/ octubre 23, 2022/ Sin categoría

En el imaginario de nuestras naciones latinoamericanas aún persiste la figura del héroe militar decimonónico como imagen fundante. Sin embargo, a lo largo del siglo xx se forjaron nuevas identidades colectivas que trascendieron esas fronteras para volverse referentes de alcance mundial que se identifican rápidamente en un retrato. Laura Malosetti Costa indaga acerca de la capacidad de algunos retratos para sostener afectivamente comunidades imaginarias -tanto de devoción como de odio-, en dos casos paradigmáticos del siglo xx: Evita y el Che. Un fragmento de “Retratos públicos” (Fondo de Cultura Económica).

Jim Fitzpatrick, Che Guevara (1968)

Una versión simplificada de esa fotografía, que sintetiza sus rasgos en blanco y negro, fue realizada por el artista irlandés Jim Fitzpatrick en 1968 (figura IX.1). Desde entonces, ese rostro del Che se convirtió en un objeto de culto y un distintivo, un sello, una marca, un escudo, una señal de complicidad. Andy Warhol se apropió de ella y la transformó en un pattern multicolor.

Lámina 45. Alberto Korda, El guerrillero heroico (1960).

En Cuba, esa imagen, sintetizada en un relieve escultórico de 36 metros de altura por el artista Enrique Ávila, preside la inmensa plaza de la Revolución desde el frente del Ministerio del Interior. Inaugurado el 8 de octubre de 1993, desde entonces comparte con el monumento a José Martí la iconografía oficial en La Habana. Comenzó entonces a circular también allí en miles de suvenires, desde esos años en que la isla encaraba una estrategia de desarrollo del turismo ante la crisis desatada por la caída del bloque soviético. Se imprimió y se sigue imprimiendo en todo tipo de soportes: afiches, remeras, lapiceras, encendedores, mates, adornos para el pelo y la ropa, etc. Fue por entonces que el argentino Marcos López, durante sus años de formación en la escuela de cine de San Antonio de los Baños en Cuba, comenzó a dar forma a su proyecto de Pop Latino, a partir de una reflexión sobre la construcción de la propia subjetividad alimentada por figuras icónicas como Gardel y el guerrillero heroico. López visitó en esos años a Korda y le tomó una fotografía que es una imagen sobrecargada de significados: retrató al fotógrafo mirando al trasluz los negativos entre los cuales su mirada experta había elegido la que se volvería monumental (lámina 46).

He visto a menudo esa imagen en tatuajes como el que exhibía orgulloso Diego Armando Maradona tras su estadía en Cuba y en los brazos y pantorrillas de innumerables jóvenes, por todos lados. Está presente todavía en afiches, pósteres e imanes para heladeras, portalápices, tazas. También en todo tipo de prendas de vestir, de todos los colores y todos los precios. Está incluso en los collages bordados en las levitas con que los murguistas de Buenos Aires exhiben sus imaginarios personales en cada carnaval. La inmensa difusión de esta imagen ha sido a menudo interpretada como banalización, como recurso comercial y objeto de consumo de la cultura pop tanto como del consumo chic. En 2006, el Victoria and Albert Museum de Londres dedicó una exposición: Che Guevara. Revolutionary & Icon, a esa imagen estimada como la más reproducida de la historia de la fotografía. En su introducción al catálogo, Hannah Charlton sostenía que esa imagen de El guerrillero heroico (como tituló Korda a su foto) “infinitamente mutada, transformada, narra la historia de la cultura visual popular de los últimos cuarenta años. Probablemente más que la Mona Lisa, más que las imágenes de Cristo”. Al año siguiente, esa exposición itineró a Barcelona, con un título aún más explícito: Che! Revolución y mercado. En el catálogo, sin embargo, Rodrigo Fresán ensayaba una interpretación diferente del extraordinario fenómeno de la omnipresencia del Che en la cultura popular: “La foto de Korda del Che está en todas partes porque es la foto que todos querrían sentir como propia, como autorretrato”.

Lámina 46. Marcos López, El Ché de Korda (2000).

En 1968, Roberto Jacoby hizo una serigrafía con la cara del Che donde se leía: “Un guerrillero no muere para que se lo cuelgue en la pared” (Antiafiche, 22 x 32 centímetros, incluida en la revista Sobre). En 2008, esta fue una de las piezas clave en su revisión crítica de aquel año mítico de la revuelta estudiantil (1968 el culo te abrocho, en la galería Appetite): cuarenta años después, superpuso a aquel emblema en el que texto e imagen se contradecían violentamente entre sí, unas letras verdes fosforescentes que interpelan la imagen: “Habla para que pueda verte”. Esta suerte de palimpsesto de uno de nuestros artistas conceptuales más incisivos tuvo un lugar destacado en la retrospectiva de su obra que se exhibió en el Museo Reina Sofía de Madrid en 2011 titulada El deseo nace del derrumbe. La transformación de esa imagen canónica del Che en pósteres infaltables en los dormitorios de adolescentes casi desde el momento mismo de su muerte estaba en la mira de Jacoby, un agudo objetor de conciencia respecto de la estetización o banalización de la imagen política.

Sin embargo, yo quisiera pensar de otro modo todos esos usos “salvajes”, inesperados, incontrolables, en apariencia banales o comerciales de la imagen del Che. Creo que cada uso brinda a la imagen nuevos significados, mínimos, distintos, y enriquece sus implicancias. Gabriela Cabezón Cámara proponía hace pocos años esta idea de un modo inmejorable: “Un fantasma recorre el mundo en forma de ícono, tiene boina y barba y dice algo: que nuestro deseo de ser libres resiste, sigue ahí y quién sabe si algún día haremos lo necesario para llevarlo a cabo”.

En una de las salas de la exposición La Protesta, que curamos con Silvia Dolinko en el Instituto Cultural Cabañas de Guadalajara en 2014 (sala dedicada a La revolución), exhibimos algunas obras y filmes emblemáticos de la figura del Che: obras de Carlos Alonso, Juan Carlos Castagnino, Noemí Escandell, Roberto Jacoby, entre otros, y en ambas cabeceras se proyectaban El día que me quieras (1997), de Leandro Katz, y La hora de los hornos (1968), de Fernando “Pino” Solanas y Octavio Getino. Durante los días que duró el montaje, cada mañana encontramos en la sala, depositados en la noche como ofrendas anónimas en un altar profano, suvenires y objetos diversos con el rostro del Che; cada uno de ellos tenía su pequeña gran historia para esos empleados del Hospicio Cabañas.

Con esta imagen del héroe que acompañó mi adolescencia, no solo como un póster colgado en la pared, elijo terminar este libro.

Fuente Revista Anfibia
Compartir esta entrada