El futuro no es con Ellos
Por Gustavo Rosa
La “Marcha del Millón” no llegó ni a la mitad. Un número considerable para una fuerza no-política que desdeña expresiones de este tipo. Poco, si tenemos en cuenta que los medios hegemónicos alimentaron la hoguera de esta actividad sabatina con la idea de dar vuelta un resultado que parece inamovible.
Esta vez nadie protestó por restricciones a la circulación, los micros alquilados ni la mugre posterior. Tampoco nadie se atrevió a exaltar la espontaneidad ni la ausencia de banderías. No hubo ni lo uno ni lo otro. Un acto armado de antemano para expresar apoyo a un candidato-presidente que tiene pocos logros que exhibir y casi ninguna promesa que formular, más que tonterías como Libertad, República y Verdad, entre tantas. Aunque tuvo la intención de sumar votos, apenas alcanzó para sostener al núcleo duro de los cambiemitas: un público alelado por pamplinas mediáticas que sólo se expresa en contra del Otro, aunque simule estar a favor del que consideran propio.
Un cacerolazo sin cacerolas o algo así. El ruido estuvo puesto por las gargantas que entonaban “Mauricio la da vuelta”, sin tener en cuenta que los números no alcanzan porque dio vuelta los bolsillos de casi todos en beneficio de unos pocos. Y el infaltable hit “Sí, se puede”, que acelera el marcapasos y sacude las prótesis dentales de muchos de los asistentes. El grito “chorra” o “cárcel” se dejaba oír cada tanto como la propuesta más política que podía circular entre esas voces. Si supieran la mitad de los chanchullos oficiales que ocultan los medios apologistas, los destinatarios de esos gritos serían los que danzaban y canturreaban sobre el escenario. Pero lo que más abundó fue el absurdo de instalar en estas expresiones la idea de la rebeldía, que votar por los candidatos del Poder Real es resistir a no se sabe qué.
Eso es lo que más irrita de los seguidores del Cambio: que no se atreven a decir qué país quieren; que escudan con generalidades las barbaridades que piensan; que no se animan a afirmar que están en contra de un país más desarrollado, menos injusto, más equitativo; que disfrazan su complicidad con la pátina de la anti-corrupción ajena. Individuos que babean de rabia con las engañosas acusaciones mediáticas pero destinan indiferencia a las evidentes trapisondas de estos saqueadores. Que, si se enteran de que Juan José Aranguren operó desde la función pública para beneficiar a Shell, lo justifican como privilegio de una clase a la que no pertenecen. Que antes se preocupaban por “la plata de los jubilados” y ahora ni se inmutan cuando procesan a Luis María Blaquier por malversar fondos de la ANSES en beneficio de empresas con las que está vinculado. Tan manipulados están que llaman “conflicto de intereses” a los latrocinios amarillos que son, a todas luces, la verdadera corrupción del país.
Acuerdos con el enemigo
En eso estamos: unas 350 mil personas se juntaron en los alrededores del Obelisco para apoyar la continuidad de este engendro. Algunos ingenuos piensan que estas marchas pueden insuflar ánimos al oficialismo y hasta contagiar a algunos incautos. Otros, más timoratos, consideran que estas manifestaciones son saludables para la democracia. Las dos opciones chocan con la realidad: las marchas del “Sí, se puede” son la humillante despedida del macrismo y es de esperar que sea un contundente Nunca Más al neoliberalismo; nada saludable es para una democracia que un tercio del padrón vote desinformado y con odio, ajeno a las dañinas consecuencias de su equivocada elección.
Demasiado aguantamos este ajuste innecesario y, sobre todo, salvaje que unos llaman gradualismo y otros el único camino. Envidia da la reacción de chilenos y ecuatorianos ante incrementos tarifarios que parecen mínimos en comparación con el aplicado en nuestro país. Después de llevar todo a precios inalcanzables, de fundir empresas pequeñas, medianas y grandes, de implementar la burla como concepto político y de instaurar la mentira como única explicación de los desastres provocados, que el Cambio conserve un 30 por ciento de intención de voto es un rotundo fracaso de la democracia.
Por el bien de todos, no van a pasar mucho más de ese número. Todo indica que Les Fernández ganarán en primera vuelta con más del 50 por ciento. Por más que el Buen Mauricio ensaye los mejores discursos motivacionales o invoque a un dios en el que no cree, por más que defienda las dos vidas aunque aliente el gatillo fácil, por más que mienta a cuatro manos en el debate presidencial, la situación económica y social en la que deja el país hace que su triunfo esté muy lejano. Por más que los apologistas rentados pueblen el espacio simbólico de alabanzas al desempeño de Macri, el votante, por ahora, ha dejado de comprar espejitos de colores.
Según parece, la ilusión de recuperar el bienestar perdido está depositada en Alberto, aunque el Ingeniero agite las aguas de la corrupción K no demostrada, aunque Espert tire entre sus cavernícolas propuestas algún palo a la Década Ganada o Del Caño iguale a los dos postulantes que polarizan las preferencias. La propuesta del ex Jefe de Gabinete de los Kirchner pasa por un acuerdo, como si todas las partes involucradas estuvieran dispuestas a algo así. Para muestra basta con observar el colchón que están armando los formadores de precios para un posterior simulacro de retroceso. Especuladores, avaros y estafadores. Tan egoístas y descomprometidos como los mil asistentes al Coloquio de IDEA que, ante la pregunta de quiénes contratarían a un piquetero, sólo tres levantaron la mano.
¿Con tipos como éstos vamos a pactar para garantizar un mejor futuro? ¿Con angurrientos dispuestos a dar un zarpazo cuando sus ganancias bajen unos céntimos? ¿Con individuos absolutos que no invierten proporcionalmente a lo que ganan y que esperan cualquier descuido para esquilmar nuestros bolsillos? ¿Con explotadores que no ven la hora de que alguien impulse una reforma laboral que precarice aún más a los trabajadores y dé por tierra con los convenios colectivos?
En lugar de un pacto, ¿por qué no proponer una reforma empresarial que obligue a los más ricos a tratar con más respeto a la sociedad en la que hacen sus negocios; que les exija a invertir y no reclamen rebajas impositivas o cargas patronales; que brinde al Estado herramientas para controlar las ganancias de estos succionadores del trabajo ajeno? No se puede acordar con los depredadores, menos aún si nosotros seremos sus seguras presas. Que otros se queden discutiendo sobre el dedito, el supuesto auricular o las patrañas que usó Macri para disimular sus falencias discursivas. Los que queremos un país para todos sabemos que no puede haber un futuro armonioso con estas fieras ávidas que habitan el lado más oscuro de La Grieta.
Fuente Apuntes Discontinuos

