El Cráter del segundo semestre
VisiónPaís/ mayo 16, 2018/ Sin categoría
Por Ricardo Aronskind
Una de las características inconfundibles del gobierno de Cambiemos es la de generar permanentemente expectativas optimistas, usando hasta el límite la disposición a la credulidad de la población.
Los segundos semestres se transformaron en un faro de esperanza –un faro con rueditas, tal vez— que permitía pasar los sinsabores del primer semestre, que era el momento de la siembra de los brotes verdes que ya se avizoraban, pero que se reconocerían plenamente en la segunda parte del año.
En 2016 no había elecciones y no llegaron ni la lluvia de inversiones, ni el crecimiento, ni la estabilidad… pero estaba muy fresca la pesada herencia que impedía que todo ello ocurriera. Resultó que no nos habíamos dado cuenta cuán tremendo era el legado kirchnerista, que era capaz de revertir completamente los resultados de las buenas políticas del macrismo.
Pero en 2017, el segundo semestre fue mejor que el primero. Claro, había elecciones, y el gobierno se permitió el pecado del keynesianismo utilizando la obra pública para activar la economía, y usó el globalmente difundido keynesianismo financiero, que consiste en apelar al endeudamiento como palanca para el consumo de bienes muebles e inmuebles. Los recién nacidos créditos UVA –sin importar el devenir explosivo de las deudas futuras— fueron la estrella de un conjunto de transacciones que movieron la actividad económica e hicieron percibir un anticipo de la prosperidad que estaba en camino.
Claro, después del 42% de inflación del primer año de la esperanza, el 2017 con su 25% de inflación y módico crecimiento del 2,5% era el preanuncio de un futuro venturoso que ahora sí, en ese verdadero segundo semestre, se comenzaba a ver. Decían los economistas oficialistas que había que consolidar el crecimiento en 2018, lo que rompería el maleficio de los años pares (que no sabíamos que existía), y nos proyectaría en una senda de progreso permanente.
Ahora, en 2018, estamos acercándonos al borde del segundo semestre. En este año, que no es electoral, los estrategas del oficialismo habían calculado un apretón del acelerador de las reformas hacia el neoliberalismo. Que incluían caída salarial, aumento del desempleo, achicamiento del mercado interno y reformas institucionales para crear las bases del reino de las corporaciones. Como dato menor, se seguía insistiendo en atacar la inflación con una receta absurda (contracción monetaria), y además usar el reaseguro de un techo salarial supuestamente equivalente a la inflación que se proyectaba para el año.
Los brillantes técnicos del Banco Central, embebidos de las prácticas bancarias globales más actualizadas, habían provocado la llegada de capital financiero volátil y un festival de negocios especulativos en torno a las LEBACs y otros instrumentos financieros preferidos por este gobierno, como gesto de amistad hacia los míticos mercados.
Si bien la lluvia de inversiones seguía demorándose, se apuraban los acuerdos –ruinosos— con la Unión Europea, el grado de país emergente que sería otorgado por Morgan Stanley a mediados de año, lo que habilitaría más financiamiento y más barato para los programas de Participación Público-Privada (PPP), y el ingreso a la OCDE. Todos títulos nobiliarios de primer nivel para el orden neoliberal global, pero que siguen sin garantizar las inversiones básicas para que pase algo productivo en serio en el país, y mucho menos para que haya genuino desarrollo social.
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Fuente El Cohete a la Luna

