Chile Enseña. Es desde abajo y desigual
Por Carlos A Villalba *
Diciembre 21, 2021
“Hay dos panes. Usted se come dos. Yo ninguno.
Consumo promedio: un pan por persona”
Nicanor Parra, citado por el presidente electo Gabriel Boric
en su discurso de la victoria.
Será el mandatario más votado de la historia chilena, en las elecciones con mayor
participación; será el más joven de todos los presidentes de su país, con 36 años
cumplidos, con precisión, un mes antes de su asunción el 11 de marzo próximo; es el más
“progresista”, si es que el apelativo explicase algo… Todos esos datos son ciertos, sin
embargo, no explican lo sucedido; no iluminan el proceso de participación popular y
sectorial jamás visto en las tierras de los Salvador Allende, los Parra o los Neruda o de
curas como los Raúl Silva Henríquez.
Desde hace casi 200 años Chile se llama Chile y hay distintos intentos de explicar el origen
de un vocablo que se entrelaza con voces de los pueblos originarios. Por qué quedarse con
alguna de ellas y no jugar con el “chili” con el que los aimara definían al «confín del
mundo», el lugar “más alejando o más hondo de la «tierra», o con la expresión quechua
“chiri”, que conduce al «confín», la forma en que los incas denominaban al extremo sur de
su imperio.
Cualquiera sea la acepción que se elija, ese “fin del mundo” en el que los intereses
transnacionales ubican a la nación sudamericana, siempre estuvo en la mira del país
hegemónico del hemisferio, por sus bienes sociales compartidos (concebidos como
“recursos” por las corporaciones), por su proyección antártica y por su apertura a un
Océano Pacífico que conecta con el sudeste asiático y con una China cada día más
estratégica. Estados Unidos, además de encargarse de desestabilizar el proceso de
transformaciones iniciado por la Unidad Popular de Salvador Allende en 1970, se ocupó de
construir el llamado “Milagro de Chile”.
La experiencia, apoyada en el terrorismo de Estado, con tortura, cárcel, campos de
concentración del general César Augusto Pinochet, la Agencia Central de Inteligencia (CIA)
y del Pentágono de los EE UU, contó con el libreto Milton Friedman, uno de los
fundadores de la Escuela de Economía de Chicago, cuna de las políticas de libre mercado,
desregulación y supresión de cualquier tipo de procedimiento compensatorio como los
planteados por el keynesianismo.
La dictadura pinochetista se extendió desde 1973 -con el derrocamiento y muerte de
Allende- hasta 1990. Su laboratorio económico llevó el desempleo, del 4.3% con el que se
instaló en La Moneda, a más del 22%; los salarios perdieron el 40% de su poder de compra
y la pobreza trepó del 20% en 1970 al 40% al terminar el régimen. El combo que arrojó
números macroeconómicos aplaudidos por el Fondo Monetario se completó con
reducción violenta del gasto público, privatización de las empresas estatales, reducción de
las protecciones arancelarias y fomento de la inversión y la especulación extranjera.
Como resultado de esas políticas, se produjo un elevado crecimiento de la desigualdad
socioeconómica que llevó a Chile a ubicarse dentro de las 26 naciones más desiguales del
mundo sobre un total de 156. Incluso, con datos de 2013, el Banco Mundial la ubicó
séptima entre 191 países, apenas 5 escalones por encima de las pobrísimas Haití y
Sudáfrica (1 2) .
La victoria popular del domingo 19 de noviembre es la expresión de un conjunto de
componentes que permitieron sacar de abajo de la alfombra la verdadera situación del
país, desde lo económico-estructural hasta las concepciones ideológicas y culturales
acuñadas por décadas del pinochetismo y sus continuidades. La rebeldía organizada de
diferentes sectores, los jóvenes y las mujeres, los empobrecidos y los pueblos originarios,
llenó el cauce de un río que se llevó puesto a los partidos tradicionales, empezando por el
oficialismo de las corporaciones económicas, construyó una Convención Constituyente sin
parangón en el mundo y, con las opciones electorales polarizadas, le dijo “no” a la
ultraderecha y, finalmente, desembocó en la figura que ocupó el espacio de la
comprensión del conjunto de demandas sociales.
El de Chile debe ser el primer caso en el que las necesidades de distinto cuño y diferentes
sectores “construyen” a un Presidente y no en el que un candidato “convence” a un
electorado difuso. Esa realidad que debe poner a pensar a los sectores nacionales y
populares de la región que, en reiteradas oportunidades, ven pasar las expresiones
feministas, los malestares juveniles, los reclamos por los precios de los consumos básicos,
las protestas contra el extractivismo sin límites o las luchas contra los salarios y las
jubilaciones de hambre, como si fueran postales navideñas, dolorosas pero efímeras, y no
construyen el auténtico programa de gobierno que la agenda social exige.
Los gobiernos de la desigualdad
Las desigualdades pueden conducir a distintos tipos de “catástrofes”, de orden
económico, social, político. La disparidad entre países con similares niveles de desarrollo,
muestra que las políticas y las instituciones que genera cada nación son capaces de influir en su evolución, disminuyéndola con medidas contracíclicas, o aumentándola, lo que
indica la mala gestión de las autoridades.
Desde la finalización de la dictadura chilena se sucedieron siete mandatos constitucionales
que parecieron caras distintas de un mismo poliedro, caracterizado por la permanencia de
una Constitución Nacional impuesta en tiempos de la dictadura (21 de octubre de 1980) y,
también, por enfrentarse con distintas herramientas a los pueblos originarios, en especial
el Mapuche; respetuoso de los prohibitivos sistemas privados de educación y salud y de
un sistema previsional que condena a la mayoría de los jubilados a asignaciones de
hambre. Millones de chilenas y chilenos, consideran que durante el tiempo transcurrido
desde el final del horror el manejo de la economía fue injusto, con un puñado de familias
enriquecidas a niveles extremos, corporaciones con ganancias desorbitantes, salud y
educación deficiente o inaccesibles, salarios por debajo de la media regional y con
“retiros” jubilatorios miserables a partir de “ahorros” bajo control de “administradoras de
fondos de pensiones” multimillonarias.
Más de tres décadas después del regreso a la constitucionalidad, la reducción de las
desigualdades apenas mueve el amperímetro macroeconómico y carece de signos
concretos en la vida real del pueblo chileno.
Hay que ser chilena o chileno, padre, madre o estudiante, secundario o universitario, para
comprender cómo funciona el sistema educativo y cómo destruye la economía familiar de
la población. En el marco de las directivas de la Escuela de Chicago primero y del Consenso
(?) de Washington después, el pinochetismo le regaló el control mayoritario de la
educación a los grupos privados, obligando al estudiantado a aportar el 75% de los
recursos invertidos en el sector. Y el formato navegó hasta el presente; en el trayecto, sin
embargo, la movilización sectorial dejó marcas que, en realidad, constituyen indicadores
del estado subterráneo de las aguas populares.
En 2006, durante el primer mandato presidencial de Michelle Bachelet, se produjo la, para
entonces, mayor movilización estudiantil de la historia, conocida como “Revolución
Pingüina”, alusión a la forma chilena de referirse a los estudiantes de primaria y
secundaria por sus uniformes, compuestos de camisa blanca y jumper azul oscuro, casi
negro, semejantes a aquellos habitantes de los hielos y las costas patagónicas. Se
produjeron cambios leves, sin alterar la estructura del modelo privatista impuesto.
Pero hubo un actor social que se hizo presente y empezó a mostrar al rey desnudo.
La calles existen (las alamedas también)
En 2011 los estudiantes otra vez, ahora universitarios y secundarios, vuelven a protestar
contra el régimen que desplaza al Estado del compromiso educativo. La movilización fue
evaluada como una de las mayores desde la salida de la dictadura; el desencadenante, digno de un guión ordinario del liberalismo: el anuncio de la venta de parte de la
propiedad de la Universidad Central de Chile al conglomerado económico “Empresa de
Inversiones Norte Sur” 3 (controlado por grupos de intermediación y especulación
financiera) en u$s 45 millones a cambio del control del 50% de la Casa de Estudios y de
algunos de sus inmuebles, con creación de sociedades y concentración del poder en un
grupo reducido.
Junto a “La Camila” Vallejo, la figura más reconocida de aquella pelea por una educación
gratuita y de calidad en uno de los países más caros del mundo para estudiar, apareció un
joven de 25 años, llegado de la zona preantártica de Magallanes, barbudo, peludo, con
chamarra verde olivo… Gabriel Boric, que asumiría un año después la presidencia
la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (Fech). Esa catapulta le permitió
ser elegido diputado en representación del Movimiento Autonomista por el 28º Distrito,
en noviembre de 2017.
El estudiantado desenmascaró en aquellas jornadas una de las peores caras de la
desigualdad existente en un país que, con cinismo, es presentado ante el mundo como
modelo a seguir.
No hay dique que frene la crecida
El viernes 4 de octubre de 2019, el Panel de Expertos del Transporte Público de Chile, un
ente “técnico”, supuestamente “autónomo”, creado por Ley, anunció un alza de $30
(unos, 3,5 centavos de dólar) en los boletos de “hora punta” del metro, que llegaría a 0,96
centavos de la moneda estadounidense a partir del domingo 6. El costo para pensionados
y estudiantes de los distintos niveles se mantendría en los habituales $230.
Diez días después, otra vez los secundarios, coordinados desde sus redes sociales, fueron
el fusible más sensible de la sociedad chilena. Enseguida se sumaron los universitarios y
comenzó la protesta; “por nuestros padres”, decían, que “ya gastan mucho dinero en
transporte”, explicaban, y llamaron a evadir el pago saltando las barreras en las estaciones
del ferrocarril urbano de Santiago.
En menos de una semana la protesta escaló, hubo vagones destruidos, se suspendió el
servicio, la policía reprimió, con dureza. El 19 de octubre el presidente Sebastián Piñera,
decretó el Estado de Emergencia, poco después el “toque de queda” en diferentes
ciudades y, tarde piaste, terminó anulando el aumento. Con talento simio y delicadeza de
paquidermo afirmó que “Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que
no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin
ningún límite”. Era el sábado 20, fue el punto de partida de para la movilización más
grande que alguna vez haya tenido el país, la que el 25 de octubre convirtió a la Plaza
Baquedano en la “Plaza de la Dignidad”.
Los desavisados, los miopes, o los analistas a sueldo, se “sorprendieron” ante tanto
malestar por unos pocos centavos. Los manifestantes, que ya no eran solo estudiantes,
sino decenas de decenas de miles de mujeres y representaciones de diversidades
sexuales, grupos originarios, trabajadores y trabajadores, desempleadxs o no, artistas,
familias enteras, encontraron en esas “monedas” la puerta de escape a frustraciones,
injusticias, de rechazo a la ausencia del Estado en salud, educación, falta de verdad y
Justicia…
Exigían un modelo socioeconómico más justo y eligieron la única herramienta a su alcance
para reformar un sistema que, para muchos, convirtió a Chile en una «empresa privada».
Aquellas desigualdades, explotaron en estas broncas.
El “gobierno-ejemplo” internacional no pudo disimular más, quedó toralmente desnudo
ante el mundo. Suspendió la cumbre de líderes del Foro de Cooperación Económica Asia-
Pacífico (APEC) y la Conferencia Contra el Cambio Climático (COP25), intentos de
mostrarse con el país del “primer mundo” que no era que debían realizarse en las
semanas siguientes.
Ante las mayorías incontenibles, que ya estaban transformando la realidad desde las
calles, el Presidente intentó trampear el tratamiento de sus exigencias con un
“parlamento constituyente”, que era el suyo, hasta que el 15 de noviembre capituló y
firmó el “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución”. La movilización contra las
injusticias y la ausencia de políticas gubernamentales fue la verdadera convocante de esa
asamblea y no la Ley N.º 21 200, del 24 de diciembre de ese año; torció la Historia del
país, después de superar el último escollo de un plebiscito que terminó de destruir la
credibilidad del gobierno de Piñera.
Contra la Constitución de Pinochet.
La participación popular se convirtió el despertador de una sociedad en la que, por
ejemplo, los “demócratas escépticos”, quienes muestran “apoyo normativo” a la
democracia pero no confían en ninguna de sus instituciones centrales, pasaron del 25% a
constituir el 43% de la población durante la última década, de acuerdo al informe
elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD Chile) 4 .
No hubo una invasión al “Palacio”, pero sí se tomó por asalto la Constitución de la
dictadura, aquella que, por ejemplo, permitía que el genocida andino fuese senador
nacional mientras se mantuviese con vida, sin juicio, sin castigo, sin memoria de todo el
daño causado, además de mantener al Estado en un papel residual en la provisión de
servicios básicos, aplastado por las decisiones del sector privado. De esa acción surgió,
primero, un modelo de Convención único en la región, con equidad de género, garantía
representativa para los pueblos originarios y para las y los “independientes” que
alcanzaran el apoyo previo del 0,2% del padrón. En segundo lugar parió el castigo electoral
a la derecha sentada en La Moneda y la demolición de las representaciones partidarias
tradicionales en los comicios del 15 y 16 de mayo de este año.
El promedio de edad de las y los convencionales es de 45 años, décadas por debajo de las
medias parlamentarias tradicionales; un porcentaje altísimo no pertenecen a las elites
políticas o económicas tradicionales, ni a partidos políticos. Ostentan, eso sí,
representatividades y liderazgos territoriales, ambientalistas o de género.
Sobre 155 escaños, 17 corresponden a los pueblos originarios, 48 a independientes de
distinto cuño, con más del 40% de quienes fueron electos en listas partidarias que no son militantes de los mismos. La coalición oficialista obtuvo 37 de las bancas y quedó lejos del
tercio necesario (52) para influir en el contenido de la nueva Carta Magna y de poder vetar
artículos. Apruebo Dignidad, coalición de quien hoy es presidente electo obtuvo 28
representantes, los independientes de izquierda de la Lista del Pueblo 27 y los
Independientes por la Nueva Constitución 11.
La vieja “concertación” de socialistas, democristianos y aliados, remozada en una “Lista
del Apruebo” se quedó con 25 escaños.
La derrota aplastante de las coaliciones que gobernaron Chile durante los últimos 31 años
diseñó un escenario en el que brilla como estrella de los nuevos tiempos la representante
del Pueblo Mapuche, Elisa Loncón, como Presidenta de la Convención Constitucional.
Mujer e indígena, con sus 58 años, la profesora, lingüista y activista mapuche arrancó su
labor afirmando que la Constituyente “transformará a Chile en un Chile plurinacional,
intercultural”, en ese “sueño de nuestros antepasados” de un país “plural, plurilingüe, con
todas las culturas, con todos los pueblos, con las mujeres, con los territorios”.
Desde el palacio en el que sesionaba antiguamente el Congreso, la movilización de los
diferentes sectores chilenos lanzados a cambiar la mochila liberal y neoliberal lanzaron el
anteúltimo mensaje, una foto de lo que sucedería pocos meses después, la superación del
pasado y la construcción de una nueva etapa.
Y la marea terminó reventando las urnas
Faltaba un paso, en realidad dos, si se cuenta la primera vuelta electoral del domingo 21
de noviembre de 2021, que siguió a las “primarias” del 18 de julio, en las que se eligieron
los candidatos presidenciales. Los resultados de noviembre confirmaron la decisión del
electorado de abandonar a las coaliciones que sucedieron a Pinochet, sin sepultar sus
políticas.
El más cercano al presidente Piñera, Sebastián Sichel, apenas logró el 12.78 %, menos aún
que el 20.56 % que tuvo el espacio en la Constituyente. La continuidad de la vieja
“Concertación”, representada por Yasna Provoste, obtuvo aún menos, el 11.60%, también
por debajo de la perfomance de mayo (14.46 %). El pasado se quedaba sin disputa
presidencial y quedaron en el ring la expresión neoliberal con discurso de ultraderecha del
Partido Republicano (PLR) creado y liderado por José Antonio Kast, con el 27,9% de los
sufragios y el Apruebo Dignidad de aquel estudiante que peleó por los derechos de su
sector una década atrás, Gabriel Boric que, en esa jornada, todavía muy joven aunque con
los recortes capilares del caso, concentró las simpatías del 25,8% del electorado nacional.
Cómo se llega del menos del 26% de los votos a casi el 56% en solo 28 días? Cómo se salta
de 1.814.777 a 4.620.671 sufragios? Cómo se produce ese fenómeno, con muy poca
estructura partidaria, desde el confín del mundo -que no por bello deja de estar tan lejos
de Dios como de la toma de decisiones-, cuando lo menos agresivo que le decía el sistema
de medios era: “demasiado joven” y lo más peligroso: “comunista”?
Hay muchas, y muy buenas respuestas, todas y cada una las fueron construyendo las
chilenas y los chilenos. Tal vez la más importante sea ese 1.250.000 de personas más que
sumaron sus votos en la segunda vuelta, subiendo un 8.3 % la participación, del 47,33 %
al histórico 55.65 %, en un país donde no es obligatorio votar.
Probablemente la segunda sea el rechazo, a la dictadura y sus continuismos gerenciales y
también, a una propuesta que, a la libertad de mercado extrema, ante una sociedad que conoce en cuerpo y bolsillo sus consecuencias, le sumó el desprecio por todas y cada una
de las reivindicaciones por derechos de segunda y tercera generación. Dicho en criollo: a
las exigencias de cada uno de los sectores y grupos que lograron expresarse a lo largo de
las primeras dos décadas del siglo, desde el derecho sobre el propio cuerpo hasta las
reivindicaciones de formatos productivos, culturales, ambientales de nuevo cuño.
En el debate anodino entre los dos “finalistas”, Kast presentó una impecable imagen
“presidencial”. Bien trajeado, mejor peinado, de hablar pausado; fue lo más parecido a un
“inminente” mandatario y, tal vez, no haya sido la mejor idea “igualarse” a una imagen
hoy totalmente desacreditada y desgastada. De hecho, los análisis reservados más serios,
que tuvo a la vista este cronista, tras darle “victorias” ajustadas al candidato de las
derechas en los tres primeros debates, concluyeron que en la aparición televisiva de
diciembre había sido superado con el 55% de simparías hacia su contrincante contra un
pobre 28% para su propia participación.
El televidente hasta puede haberlo emparentado con ese Sebastián Piñera de cuyas
posturas siempre estuvo cerca y cuya fortuna aumentó “en plena pandemia”, según la
poco comunista revista Forbes 5 , que la calculó por encima de los u$s 2.700 millones. Se
refiere al dueño, accionista, asesor, ex poseedor o fiduciante (ciego, por cierto) de, por
ejemplo, empresas o sociedades como Banco de Talca, Citigroup, LAN Chile y LAN Cargo,
Chilevisión, Colo-Colo, Farmacias Ahumada, Grupo Penta, las “homéricas” Inversiones
Odisea y La Ilíada o la “virgiliana” Eneida S.a.r.l, Sociedad Agrícola y Ganadera Los
Corrales, Parque Chiloé, las nada vegetales inmobiliarias El Mañío, El Canelo o El
Boldo, inversoras como San Juan, Milenio, Santa Cecilia o Bancard, o la Hotelera Lago
Ranco.
Al margen de esos parentescos con los ingenieros de la transformación de una nación en
una corporación, Kast no privó a sus seguidores minoritarios de confirmar lo que querían
oír, y de lo que acusaban sus adversarios: ser de ”extrema derecha”, “ultraconservador”,
“pinochetista”, “autoritario”. “homofóbico”, “antiabortista”… Para no privarse de nada,
antes, había expresado el “Rechazo” a la reforma constitucional.
Si el río suena… y si se tiene el diario del lunes, estaba claro que no podía ganar. Ante la
opción, la ciudadanía eligió, a él lo enterró con un “NO” rotundo en las urnas.
Participación y victoria
Chile festejó, de extremo a extremo, en castellano, en mapudungún, en aimara, pueden
haberlo hecho en kawésqar, rapanui, yámana, quechua, kunza, kakán… Festejaron los
pobres y los constreñidos sectores medios, estudiantes y profesionales, pero, y sobre
todo, lo hicieron las mujeres, entre ellas las más jóvenes, y los hombres jóvenes, fueron
los grupos sociales, etarios y de género, que marcaron el camino, expresaron sus ganas y sus broncas (incluso enfrentando las balas, de goma y no tanto, los gases, las heridas, las
pérdidas de la visión y de muchas vidas). El río que arrasó al intento continuista y
construyó la alternativa, le dio contenido a la elección del domingo 19, empujó al
candidato, no solo a la Presidencia de la Nación, también hacia un plan de gobierno que
transforme lo que deba transformar y los contenga.
Como siempre, las prácticas de gobierno serán las encargadas de mostrar si se define la
participación activa del Estado, la buena administración de los recursos, con distribución
justa y progresiva de las rentas, la concreción de sistemas que abarcan educación,
sanidad, previsión, energía, justicia y castigo.
Las números de urgencia muestran que cerca del 70% de las mujeres y el 65% de los
hombres de menos de 30 años que votaron los hicieron por Boric. En el mismo rango
etario, la concurrencia aumentó en la segunda vuelta el 10 y el 8% respectivamente, señal
de la importancia que tuvo la movilización puerta a puerta, teléfono a teléfono, no solo de
candidatos, sino de una ciudadanía consciente de lo que había logrado a lo largo de años
de participar, protestar, pelear, enfrentar y, también, del papel que cumplió a la hora de
las urnas. El país, sus familias, sus costumbres, sus bolsillos, estaban en sus manos, las
dirigían hacia los cambios o volvían a sus casas, en derrota, igualados para abajo, otra vez
en manos de quienes convirtieron a su Patria en una empresa, como pasa en tantas otros
países del hemisferio.
Chile enseña, a los propios, porque se mostraron que podían terminar con la
“pinochetizacíón” ideológica, la que condujo a tolerar una economía de mercado,
empobrecedora y desigualadora como pocas, oculta tras las cifras de los tecnócratas que
trabajan para las corporaciones transnacionales y sus socios locales.
Para la región, constituye la bienvenida hacia un nuevo eslabón en la cadena de
recuperación de una Patria Grande que, lenta, inexorable, se va (re)construyendo con los
cambios de gobierno que ya se están produciendo después de la contramarea que sucedió
a los avances logrados por Hugo Chaves en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Tabaré
Vázquez y Pepe Mujica en Uruguay, Rafael Correa en Ecuador, Fernando Lugo en
Paraguay, Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, o de Michelle Bachelet en el propio
Chile, muy especialmente en la construcción de un bloque solidario y supranacional.
Tal vez quienes mejores lecciones podrían sacar de este giro histórico sean los gobiernos,
que se debaten entre la pandemia y las presiones de las corporaciones económicas, ni qué
decir los políticos con intenciones electorales. Unos y otros debieran observar lo sucedido,
comprobar la forma en que las necesidades de las mayorías, tarde o temprano,
encuentran el cauce para expresarse, muy por encima de los bretes de las siglas
partidarias, incluso de las candidaturas.
Los feminismos y sus luchas por la justicia salarial, contra la violencia, el machismo y el
patriarcado constituyen hoy un actor de relevancia; sin embargo, los partidos mayoritarios
de la región no los contemplan como un factor determinante de sus planes ni de sus
acciones; en Chile, fueron motor del triunfo de Gabriel Boric. Trabajadores y trabajadoras,
empobrecidos, marginadas, no tienen cabida en la planificación de las políticas públicas. El
cambio climático es un relato de lo que no va a suceder, mientras los hielos se hacen agua
y las tormentas, sequías e inundaciones, cada mes, son más severas. La solidaridad y “el
buen vivir” son demolidos por el individualismo y el consumismo.
América está surcada de ríos, potentes, contaminados, embalsados… En Chile sonó el río y
se llevó puesto todo lo que se le opuso.
* Periodista argentino. Investigador asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (http://estrategia.la/).
Miembro de la Usina del Pensamiento Nacional y Popular (https://usinadelpensamientonacional.com.ar)
Notas:








