Carta VII a Jorge Alemán: Seguir deconstruyendo el neoliberalismo
La respuesta de Ricardo Forster a la VII carta de Alemán plantea la dislocación y ruptura del capitalismo como oportunidad de emancipación para seguir deconstruyendo al neoliberalismo, un sistema perverso que amenaza la vida en su totalidad.
Por Ricardo Forster
Querido Jorge, como siempre tus cartas me hacen reflexionar y me incitan a seguir indagando las complejidades de este tiempo, aunque ya no sólo en nuestro país sino también desde una perspectiva global que, eso me parece, también se pone de manifiesto en tu última carta en la que introducís la cuestión del “corte” en el capitalismo recurriendo, como en otras oportunidades, al par Lacan-Laclau. Me interesa, particularmente, tu idea de la “dislocación” que va asociada a la pregunta que te hacés al final: “¿Cómo introducir la temporalidad disruptiva de la dislocación en el espacio del Discurso Capitalista?” Dejando entrever el corazón de la disputa entre esa posibilidad, que guarda un carácter emancipatorio, y la interrogación que emerge del párrafo anterior que cito en toda su extensión porque me parece decisivo: “Aquí hay un enfrentamiento de posiciones entre los que describen al Capitalismo como aquello que ya no puede ser dislocado y los que pensamos que aún el procedimiento de la dislocación política puede tener lugar, problematizando el espacio de lo “social inerte” con la hipótesis del Discurso capitalista. Esta crucial cuestión implica interrogarse hasta dónde la circularidad capitalista y la dislocación política pertenecen a “ontologías” distintas. ¿Qué es lo ontológico primordial? ¿La dislocación estructural de lo simbólico frente a la falla de lo Real o la circularidad del Capitalismo en un espacio digital megaconectado? Esta pregunta se formula admitiendo de entrada que el Discurso Capitalista parece disponer de una potencia homogeneizante que torna problemática la apertura que la Dislocación podría hacer posible”. Tu pregunta no tiene una respuesta lineal ni ofrece una garantía de que será la “dislocación” la que pueda resolver la circularidad destructiva del capitalismo; pero, y eso también surge de tu escritura, pensar en términos de disrupción dislocadora es lo único que posibilita imaginar una ruptura de esa circularidad. Siento, Jorge, que estamos moralmente obligados a intentar salirnos de la “jaula de hierro” de la homogeneidad de un sistema perverso que amenaza la vida en su totalidad. Algunas últimas lecturas me llevan hacia preguntas y reflexiones que buscan, como en tu caso, las posibilidades de dislocación y de ruptura (quizás mi benjaminismo me incline más hacia la idea de “ruptura” que, me parece, no se distancia demasiado de tu “dislocación” y que lo disruptivo complementa e integra a ambas).
La cuestión del neoliberalismo sigue siendo crucial allí donde nos enfrentamos a un dispositivo que intenta capturar, bajo la lógica de la economización, todas las esferas de lo viviente incluyendo, como no puede ser de otro modo, a la democracia y a su sujeto. Me permito, entonces, darle algunas vueltas más a tus inquietudes que son también las mías sin dejar de señalar que en nuestra ya prolongada correspondencia cada una de las estaciones en las que nos detenemos tiene como horizonte de destino seguir pensando la Argentina, sus repeticiones, su loca tendencia a dislocar lo que parece ser dominante. Hay algo extraordinario, en el sentido de insólito, de fuera de lugar y de tiempo, de atípico y de oportunidad, en un país, el nuestro, que no deja de caminar por el desfiladero de la crisis económica y de la protesta social, de los deseos recurrentes de la clase dominante de domesticar definitivamente al pueblo y de una sociedad partida que siempre está en disputa. Algunos, que no somos pocos, seguimos pensando que la herencia de aquel hecho maldito del país burgués lleva el nombre de la experiencia que a contracorriente intentó durante 12 años rearmar una política de la igualdad, la libertad y la emancipación. Sabemos, también, que la astucia del poder apunta a apropiarse de una oposición que le sea funcional y que le permita una alternancia que garantice la continuidad de lo mismo. Contra esa lógica de la repetición seguimos apostando al nombre de lo maldito en la figura de Cristina Kirchner sin dejar que, una vez más, se cuelen por la ventana el posibilismo y sus secuaces, siempre dispuestos a clausurar el dislocamiento y la ruptura afirmando al poder y a su imbatibilidad. Sin garantías nos afirmamos en las herencias libertarias y plebeyas.
Se trata, una vez más, de lo político como lengua de la ruptura o el dislocamiento, de aquella forma del lenguaje que todavía tiene algo que decir en medio del dominio global de la economía. El filósofo alemán Boris Groys le da una especial connotación a esta bifurcación civilizatoria en la que la oposición entre el capital como fin del lenguaje y la política como posibilidad de lo abierto definirán el futuro inmediato. Groys piensa, desde su experiencia, en una cierta idea del “comunismo” como santo y seña de un proyecto alternativo; nosotros, sudamericanos, quizás podamos trasladar esa significación a lo que el “populismo” ha generado en esta región del mundo habilitando experiencias a contracorriente y decisivamente provocadoras del dominio neoliberal. Darle consistencia a la política quiere decir producir “la transferencia de la sociedad desde el medio del dinero al medio del lenguaje […]. Mientras viva bajo las condiciones de la economía capitalista, el ser humano necesariamente permanecerá mudo porque su destino no le habla; porque si el ser humano no es interpelado por su destino, tampoco puede responderle. El acontecer económico –agrega Groys– es anónimo y no se puede expresar con palabras. Por eso no podemos discutir con él, no podemos hacer que cambie de opinión, convencerlo, persuadirlo, ponerlo de nuestro lado recurriendo a las palabras. Sólo podemos adaptar nuestro propio comportamiento a ese acontecer […]. En el capitalismo, la confirmación o refutación definitiva de la acción humana no es verbal sino económica. No se la expresa con palabras sino en cifras. Y así queda abolida la lengua como tal”[1]. Dislocar el discurso capitalista supone reinventar la potencia del lenguaje político y esa potencia sólo puede nacer de lo mejor de su historia disruptiva y a contracorriente, allí donde sigue insistiendo lo “maldito” cuyo nombre, en Argentina, ya conocemos.
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Fuente La Tecl@ Eñe

