Un final cada vez más cerrado
Por Gustavo Rosa
La campaña está en marcha y la recta final durará unos cincuenta días. Si es mucho o poco depende de la ansiedad porque el desenlace es previsible.
Mientras unos tratan de conservar el núcleo duro, otros festejan porque ya lograron superar el suyo. Unos convocan desinformados, odiadores y empecinados y otros pueblan las calles de bailarines convencidos de que el camino no es por acá. Marketing, frases de poster y credulidad contra una cumbia que contagia entusiasmo y un libro que traspasa fronteras y se convierte en fenómeno editorial. El contraste es notorio y ni la magia más siniestra y efectiva podrá revertir el final de la pesadilla amarilla.
Como si fuera un conjuro, el empresidente Macri trata de convencerse y convencer de que las elecciones no sucedieron. Una forma pueril de ignorar la derrota que debería llamar la atención de los que lo vivaron en defensa de la democracia y la república. Nadie puede exigir sutilezas a quien culpa a la voz de las urnas del desastre económico en marcha. Nadie debería creer que la crisis comenzó el 11 de agosto, pero algunos se obligan a hacerlo para no reconocer cuánto han sido engañados en su buena voluntad democrática. Mientras tanto, voceros, apologistas y cómplices tratan de instalar la idea de incertidumbre política como si eso explicara todo, cuando en realidad lo único que está ocurriendo es un proceso electoral con final certero en medio de una crisis financiera con muy pocos beneficiados y millones de víctimas.
No es para menos, si uno de los candidatos viaja a Europa para participar en actividades académicas y se codea con los mandatarios más afines mientras el otro recibe a cantantes y deportistas. Fernández es ovacionado en el parlamento español y su visita provoca entusiasmo en el progresismo mientras Macri es empequeñecido con los análisis demoledores de la prensa internacional. Mientras Alberto protagoniza selfies, entrevistas profundas y encuentros multitudinarios, Macri se atrinchera en Olivos y ni sus pares quieren aparecer junto a él. Y no sólo es el Buen Mauricio el que empieza a padecer la soledad: la gobernadora Vidal quiso lanzar su campaña con la plaza de Morón llena y apenas la mitad la saludó en su cumpleaños y el Jefe de Gobierno Rodríguez Larreta no sólo ve amenazada su reelección sino que pierde la compostura porque los vecinos de la Villa 31 no votaron por él a pesar de las transformaciones que hizo en el lugar. Después critican el populismo y el clientelismo pero parecen exigir pleitesía porque “hacen lo que hay que hacer” y tantas veces prometieron.
Esta vez no prometen nada porque ya está a la vista que lo que menos saben es cumplir. Sólo tratan de vanagloriarse por logros inexistentes y de iluminar el futuro con la exigua llama de metáforas cada vez menos efectivas. Y como ya están resignados a una humillante retirada, recrudecen su desprecio de clase y fabulan conspiraciones que están muy lejos de ser realidad.
Los que se irán
Como si el vaciamiento de las reservas para alimentar la bicicleta financiera y la negativa a declarar la Emergencia Alimentaria no bastaran, la ministra Bullrich sigue demostrando ignorancia y odio. Amenazada por la decisión de la Cámara de Comodoro Rivadavia de reabrir la causa de Santiago Maldonado, apela una vez más a sus gruñidos etílicos para defender a los efectivos involucrados en su desaparición seguida de muerte. Además de vomitar bilis y mentiras, esputó una frase absurda para incrementar la incomprensión de sus manipulados seguidores: «los miembros de las fuerzas de seguridad también tienen derechos humanos”, cuando en realidad son los que los vulneran. Y por supuesto, denostó a los familiares del joven artesano, a los jueces y a los organismos de derechos humanos con la aversión propia de los que se acurrucan en el peor lado de La Grieta.
Así son los amarillos: exponentes de una clase angurrienta que ve la vida color verde, pero no porque sean defensores del medio ambiente ni estén a favor de la IVE, sino porque sólo piensan en los dólares que sacan de las entrañas de la población sufriente; hediondos xenófobos perfumados con unas gotas de tolerancia fingida; ignorantes que tratan de amoldar la realidad a su caprichosa y excluyente versión de la vida. Así son los cambiemitas: colonizadores que tratan de imponer a martillazos el ideario apolillado del Granero del Mundo.
Algunos dicen que ésta es la consecuencia de un gobierno copado por empresarios. Si lo fueran ya estarían fundidos y no con fortunas incontables en paraísos fiscales. Como empresarios son pésimos porque están arruinando el país, la “empresa” que debían administrar. Si fueran empresarios o Ceos, los números en rojo los desterrarían del mundo empresarial. No son empresarios ni gerentes fracasados, sino saqueadores exitosos que desde mucho tiempo atrás deberían estar entre rejas. Lo que pase con Ellos después de las elecciones es lo que garantizará un futuro más amigable. Esta debería ser la principal exigencia para los próximos años: no sólo sanear las heridas que dejó el Cambio sino también recordar para siempre quiénes fueron los que las provocaron.
Septiembre 9, 2019
Fuente Apuntes Discontinuos

