Las cortas patas de la mentira

VisiónPaís/ agosto 18, 2019/ Sin categoría

Fotomontajes: corresponden a Adi Posito.

Por Alejandro Ippolito

La creencia popular nos asegura desde siempre, que la mentira es una especie que completa
trayectos cortos, que no prospera en el tiempo, que no alcanza a recorrer trayectos
demasiado considerables sin ser desbaratada. Se dice también que se puede engañar a pocos
mucho tiempo o a muchos poco tiempo pero no se puede engañar todos todo el tiempo.

Ambas consideraciones pueden ser observadas y corregidas, discutidas en alguna mesa de
café sin mayores aspiraciones, pero sí es necesario advertir que aunque la mentira tenga patas
cortas las patadas que pega son formidables y con un poder de daño muy alto. Y que se puede
engañar a pocos o a muchos, no importa por cuanto tiempo, pero debemos reconocer que ese
engaño nos puede reducir a escombros y comprometer seriamente el futuro de un país
entero. Tampoco me sirve demasiado en este momento que me prometan que no hay mal
que dure cien años, primero porque con que dure noventa y nueve ya estamos hablando de
mucho más que una vida promedio y segundo porque uno de los males más lamentables de
nuestro país ha durado bastante más que cien años y es el rotundo desprecio de clase de un
sector minoritario que, curiosamente ha hecho metástasis en otros sectores por una cuestión
aspiracional y que para simplificar cualquier justificación hemos denominado “grieta”.
La consecuencia de la prodigiosa y perversa tarea de los medios, en asociación con personajes
oscuros de la política y la Justicia, han derivado en un fenómeno incomprensible en lo
inmediato que es el del “obrero antipopular”. La retórica mediática en manos de mercenarios
del poder económico han parido una especie híbrida, funcional a los sectores que han de
aniquilarla. Es una rata de laboratorio que se presta al experimento con entusiasmo y
responde con fervor a todos los requerimientos de sus torturadores.
Para lograr la voluntaria estupidez, la militancia del absurdo y una severa adicción a la
mentira, los medios hegemónicos de comunicación no tuvieron más que proponer la extinción
del debate político, la anulación de la figura del héroe y del pensador, la diatriba permanente
a los derechos humanos y la permanente estigmatización del pobre y el postergado.

Para lograr el ambicioso objetivo de hacer que la gente pondere los intereses de sus amos
antes que los propios y que procure el triunfo de quienes les mienten en pleno rostro, fue
necesario un convenio entre poderes, un trabajo conjunto persistente y efectivo.
Es posible que muchos hogares no tengan agua potable o cloacas, o que carezcan de heladera.
También resulta común observar al ausencia de revoque, de pisos que no sean de tierra y de
sanitarios. En una casa pueden faltar diferentes aparatos y comodidades pero es muy difícil
observar que no haya un televisor, una pantalla incrustada en algún sector de la casa, por
precaria que sea. Y frente a ese omnipresente adminículo, como ante un altar hogareño desde
donde surgen todas las respuestas, nos arrodillamos a recibir la comunión de las noticias, la
diversión, el asombro y la justicia.
La mentira no se instala solo gracias a la astucia del mentiroso, esa mala hierba prospera en la
subjetividad de las masas porque previamente el terreno ha sido profusamente abonado,
trabajado sin descanso y regado por goteo. Los mentirosos que nos ocupan en este caso, no
siembran sobre el cemento, lo hacen sobre los surcos profundos que han provocado la
ignorancia y el odio, un terreno fértil para cosechar a diario la pobreza, la exclusión y el
desprecio por el otro.
Ahora, en estos últimos meses y sobre todo después de la contundente derrota electoral en
las PASO que sufrió el gobierno de Cambiemos, parece ser que todas las mentiras han
quedado expuestas provocando el asombro de quienes deberían haberse enterado hace
mucho tiempo por las muestras más que evidentes del accionar recurrente de los perversos y
sus lacayos mediáticos y judiciales.
El fingido asombro de algunos periodistas, por ejemplo, resulta repugnante, tanto como su
servil tarea más que evidente por sostener todo un circo de falsedades y de engaños que se ha
derrumbado sobre ellos sin remedio. La mentira tiene patas cortas y las ratas también y por
eso cuando huyen se las escucha resonar en las cañerías y los desagües. Muchos periodistas
que han sido funcionales a las operaciones comunicacionales que propiciaron el desastre en el
que no han sumido, aparecen ahora con expresión perpleja, ante los contundentes resultados
de las recientes elecciones, no han podido evadir la proyección de ese castigo en sus propias
figuras y apelar a la estupidez que suponen inagotable y actuar su papel de niños engañados
frente a los espectadores. El caso de Luis Majul nos sirve de ejemplo por la magnitud de su
miseria.

Si hablamos de roedores despreciables, el caso de Majul resulta paradigmático. Aquel que en
algún momento comparó a Mauricio Macri con Nelson Mandela y que se cansó de propagar
noticias falsas tendientes a perjudicar a la oposición y eternizar a Cambiemos en el poder,
ahora con expresión de hamster arrepentido, jura que no llegó a dimensionar el daño que el
gobierno le había provocado a la población.
Este sujeto abyecto, prepotente y altanero, operador de Cambiemos en los medios y con
intereses económicos comprobables en ese proyecto destructivo con maquillaje cirquero, ha
incursionado en prácticas que nada tienen en común con el periodismo y que mucho más se
asemejan a las piruetas de un bufón de palacio que busca ganarse el favor de su monarca.

El síndrome Majul se observa en muchos medios, después de las elecciones que demostraron
un repudio nacional y un hartazgo masivo en contra del gobierno. Muchos son los operadores
autodenominados periodistas que salieron a tratar de ponerse a salvo de las esquirlas de la
explosión de las urnas. Entre ellos Nelson Castro, quien no escatimó recursos a la hora de
agredir a Cristina Kirchner como un obediente obrero del poder encabezado por Magnetto.
El programa de Luis Majul se llama la cornisa, y es lógico que una rata se sienta cómoda en
esos pasillos estrechos y peligrosos. La cornisa es también el sendero que nos hizo transitar
este gobierno en todos estos años de miseria y endeudamiento, represión, muerte y
empobrecimiento.
Es posible que la mentira tenga las patas cortas, pero de todas formas resulta difícil de
detener cuando se echa a correr y sin mayores obstáculos. Pero finalmente se ha impuesto la
realidad sobre el engaño, asombrando a propios y extraños por la magnitud de la respuesta
popular y la diferencia irrecuperable lograda en las urnas. Ahora solo nos queda – como si
fuera poco y simple – arribar a la próxima estación es octubre para acceder, finalmente, en
diciembre al lugar que jamás debimos abandonar.
“Si un traidor puede más que unos cuantos, que esos cuantos no lo olviden fácilmente” dice
León Gieco en su emblemática canción ‘Solo le pido a Dios’. Espero que la misma regla se
aplique a los mentirosos, que con sus patas breves recorrieron mucho más camino del
esperado en este capítulo negro de nuestra historia.

 

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