1776 – 1876 – 1976 – Primera Parte-
Por Bruno Pedro De Alto
En el año 2010, la República Argentina conmemoró su Bicentenario con una serie de actividades que fueron coronadas con la participación en las calles de millones de personas. Fue una fiesta popular. Con acierto aquel gobierno propuso repasar y festejar los doscientos años que constituyen la historia argentina.
Ese repaso nos trajo, una vez más, la larga lucha entre dos Argentinas, la lucha entre dos modelos de país en pugna. Un conflicto irresuelto. Desde cierto punto de vista, esa historia muestra un país que siempre parece convencido, determinado, tozudo,en la connotación positiva del concepto, en ser industrializado; que crece entre las fisuras que tiene otro país, que ocupa el mismo territorio, y de una manera u otra, siempre califica a aquel como tozudo, pero esta vez en su connotación negativa. Porque este país ocupador piensa que la Argentina industrializada, es una idea equivocada.
Esta dicotomía, una manera de explicar la historia argentina, no puede ser entendida, sin tener en cuenta tres grandes cuestiones. Para desarrollar esas cuestiones, vamos a girar alrededor un año específico de referencia para cada una de ellas. Curiosamente, esas fechas están separadas por cien años, logrando la serie notable: 1776 – 1876 – 1976. Esos, puntos, esas cuestiones, son aquí contadas a través de tres relatos, que constituyen las tres partes de este artículo: “1776: La Colonia”; “1876: Librecambio o proteccionismo; y “1976: Neoliberalismo”.
Luego de leer la última entrega, estimado lector, le propongo que se anime a responder la siguiente pregunta: ¿Cómo cree usted que sería el relato “2076”?
Primera parte.
1776: La Colonia
El Rey Carlos III creó el 1º de agosto de 1776 el virreinato del Río de la Plata, y designó como capital a la ciudad de Buenos Aires, que hasta ese momento era una población de escasa importancia. Fue una escisión del Virreinato del Perú e integró los territorios existentes de las gobernaciones de Buenos Aires, Paraguay, Tucumán y Santa Cruz de la Sierra, el corregimiento de Cuyo de la capitanía general de Chile y los corregimientos de la provincia de Charcas.
Durante sus 34 años de existencia, fue conducido por once virreyes, dando una pauta de inestabilidad. Desde el impulso a las reformas impulsadas por la Metrópolis para el desarrollo comercial, hasta la debacle iniciada por las invasiones inglesas, y la instauración de autoridades locales, con la Primera Junta.
Determinar la población de aquel Virreinato, entre los años 1776 y 1810, y la naciente Nación y su primera 5 décadas, es difícil. Los censos llevados a cabo en ese período no eran confiables dado que usaron criterios diversos de cómputo y finalidad. Hubo censos de carácter militar, buscando hombres para enlistar, otros para organizar los impuestos, etc.
El Virrey Vértiz mandó a hacer el primer censo de la población de Buenos Aires en 1778, donde determinó que entre la ciudad y la campaña cercana había 38 mil habitantes. El virreinato era un inmenso territorio, escasamente poblado con pequeños manchones habitados, donde pocas ciudades merecían esa categorización. Por ejemplo, al momento de nacer las Provincias Unidas del Río de la Plata, en toda la provincia de Tucumán, que incluía a las actuales de Catamarca y Santiago del Estero, vivían 45 mil personas, de las cuales 5 mil habitaban en la ciudad de San Miguel de Tucumán; así como en las cercanías de las minas de Potosí, para 1776, había 35 mil habitantes; y en Córdoba, entre la ciudad y la campaña, en 1779, había 43 mil habitantes, entre españoles, indios, negros y mulatos. Se puede estimar que en todo el Virreinato no llegaron a vivir más de 250 mil habitantes.
Hasta la constitución del Virreinato del Río de la Plata, el actual territorio de la Argentina fue uno de los menos desarrollados de las Colonias Americanas, debido a que sus tierras no ofrecieron un atractivo para la producción exportable a la Metrópoli, como si lo tenían otras regiones de intensa dinámica del comercio exterior, por su minería o sus cultivos tropicales.
Hasta fines del siglo XVIII las escasas actividades de estas zonas templadas hechas por sus pocos pobladores, agricultura y ganadería, eran de subsistencia. La producción de cereales y los productos de la ganadería que se centraban en los cueros, el sebo, la carne y la leche, era para el autoconsumo. El fenómeno de la exportación del cuero, era una excepción, pero por si solo no altera el análisis anterior.
El desarrollo de actividades económicas en la región que se ubicaba al sur del Trópico de Capricornio, al Este de los Andes y al Oeste del Río Uruguay, se hizo sobre pequeñas unidades productivas, casi sin la práctica de la mano de obra esclava, como se hacía en otras regiones de la América Colonial. A su vez, la variedad y en muchos casos, la complejidad de la actividad rural de estos territorios, no era accesible para el uso de la mano de obra de los pueblos originarios dominados, que eran de tradición nómade. Esto último si pudo lograrse con los pueblos originarios del actual norte y oeste argentino, es decir los pobladores que habitaban sobre el arco geográfico que constituían el Cuyo, el NOA y Paraguay.
Sea por la amenaza internacional[1]o por la verificación de que el puerto de Buenos Aires daba mejor salida al oro y la plata del Potosí[2]; la economía del Río de la Plata, cerrada en si misma se verá modificada por el incremento de actividad de dicho puerto.
Una vez pasados más de dos siglos de dominación territorial, la Corona crea el Virreinato del Río de la Plata y modifica el Reglamento de Comercio Libre en 1778. En concreto se promueve la creación de empresas comerciales y navieras, y la modificación del régimen impositivo comercial entre “las Indias y España” en 1778. En Buenos Aires se funda la Aduana en 1778 y el Real consulado de Comercio en 1794.
Con ello, España consolida una política mercantilista en la región, con el fin de darse un saldo favorable para su intercambio comercial, donde la prohibición del desarrollo de industrias en tierra americanas fue clave. La Corona le dio instrucciones al Virrey Ceballos en 1776, le indicó que se promueva la salazón y conservación de la carne; y la siembra de cáñamo y lino; pero estos últimos para emplearse en las fábricas españolas. Algo similar ocurrió en 1782, donde se aconsejó cosechas de algodón, lino y cáñamo, y la recolección de lana, para exportarlas a España a favor de las empresas españolas. Estas iniciativas apenas estimulan la industria textil y fortalecieron la ganadera. Las reformas en el Río de la Plata constituyeron una actividad económica portuaria que solo miró las necesidades industriales de España.
Con la liberación del comercio se generará un grupo social muy poderoso en Buenos Aires, los comerciantes. Lograron importantes ganancias a través de la aduana porteña, conformando un foco de poder económico. Este nuevo sector invertía sus excedentes en una actividad productiva: la creciente ganadería, que tenía su comercio con el extranjero. La lógica de ésos sectores significó un perjuicio para los pequeños industriales locales.
De esta manera, la línea Potosí – Buenos Aires, y sus ciudades y pueblos intermedios, sufrieron una modificante y pujante actividad comercial. Si bien conservaron un perfil artesanal, se vieron algunas mejoras en las actividades textiles, madereras y mobiliarias, del transporte e incluso la platería. En paralelo, todo el litoral, particularmente la línea Buenos Aires – Santa Fe incrementó su actividad ganadera, que dio pié a un mercado de exportación, tanto oficial como de contrabando.
Hay crónicas[3], realizadas en 1801, que dicen que el rendimiento anual de un trabajador rural, dedicado al pastoreo de las vacas, rendía tres veces y media respecto de uno dedicado a la agricultura del trigo. El cronista analiza que con un mínimo “aprendizaje, instrucción, y talento”, a diferencia de los requieren las artes y los oficios de la agricultura, el rinde del pastoreo impide la proliferación de cualquier industria y otro tipo de explotación agrícola. Esta forma de explotación, a su vez, disemina la población rural en el territorio, ubicándola en las estancias, dando una dispersión poblacional que configuró aquel espacio rural bonaerense.
De esta manera, el crecimiento no fue armonioso, se produjeron distorsiones y finalmente el desarrollo ocurrió en el litoral, y en el llamado “interior” del Virreinato se provocó el estancamiento. Éste modelo económico propiciaba a los ganaderos y a los comerciantes, pues el libre comercio se benefició por las posibilidades de exportación de productos primarios, y la importación de manufacturas extranjeras.
En 1796, un conflicto entre Inglaterra y España, derivó en la presencia amenazante de la armada anglo en el Atlántico. Se produjo una paralización del intercambio comercial entre la Colonia y España, dando como resultado un repunte de la actividad fabril, en especial la textil. A partir de allí, iniciado el siglo XIX las manufacturas hechas dentro del territorio de todo el Virreinato, aprovechando la mano de obra y materias primas de cada una de las regiones, lograron desarrollo en muchas ramas; sumado esto a las normas restrictivas a los productos británicos, que producía una buena protección.
La expansión comercial y poblacional de la ciudad puerto de Buenos Aires hizo crecer también su actividad industrial – artesanal. Una estadística sobre Buenos Aires, hechas entre los años 1806 y 1807[4], detectó 23 rubros, con un total de 314 artesanos e industriales, de los cuales, el 73% se concentraba en los siguientes oficios o actividades: carpinteros, sastres, y zapateros; es decir, mobiliario y vestido. No existen, prácticamente personas dedicadas al rubro alimentación bajo estas modalidades, pues la misma está radicada fundamentalmente en la campiña, eran actividades rurales.
Pero nació una corriente de pensamiento criolla que se opuso a esa realidad impuesta por el comercio monopolizado por España. Manuel de Lavardén y Manuel Belgrano, ambos desde el periódico El Telégrafo Mercantil, y el último desde el Consulado; o Juan Hipólito Vieytes, desde el Semanario de Agricultura; Industria y Comercio, por ejemplo, señalaron que ese modo de comerciar no promovía el desarrollo americano, entonces, impulsaron el fomento de la agricultura y la instalación de fábricas.
El mismo Manuel Belgrano, fue nombrado Secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires, en 1794. El organismo fue pedido por los comerciantes locales y dependía directamente de la corona española. Se trataba de un cuerpo colegiado que funcionaba como tribunal comercial y como sociedad de fomento económico. Esto último movilizó a Belgrano: desde su convicción entregó para la economía local, una cantidad notable de iniciativas que tenían la meta de transformar la pobre región bonaerense en rica y próspera. Los objetivos eran fomentar la agricultura y la industria; y proteger el comercio de la región.
En su Autobiografía, Belgrano explica que si bien, fue a España para estudiar derecho, se vio atraído por estudiar y comprender economía, que por imperio de la Revolución Francesa, se divulgaban en toda Europa nuevas ideas en la materia. Cree que fue ello lo que motivó a las autoridades a nombrarlo, dado que él no había hecho ninguna gestión para ello. Lo que nunca debieron imaginar los responsables de su designación, es cómo desde ese lugar, Belgrano diseñó todo un cuerpo de propuestas claramente rupturistas con el Monopolio y la Metrópolis. Ello, lo hizo en bastante soledad.
En fin, salí de España para Buenos Aires: no puedo decir bastante mi sorpresa cuando conocí a los hombres nombrados por el Rey para la junta que había de tratar la agricultura, industria y comercio, y propender a la felicidad de las provincias que componían el virreinato de Buenos Aires; todos eran comerciantes españoles; exceptuando uno que otro, nada sabían más que su comercio monopolista, a saber: comprar por cuatro para vender por ocho (…)[5]
Llegado el año 1810, factores políticos convergentes se acumulan, y permiten la creación de un pensamiento crítico local, que enfrenta a la Corona. Esos factores son la verificación de la capacidad de organizarse y autodefenderse lograda durante las Invasiones Inglesas, la caída de Fernando VII, la aspiración económica de una nueva clase social a ampliar su horizonte más allá del monopolio español, las nuevas ideas democratizadoras, etc. esto llevó a un proceso de crisis y autodeterminación, donde el Cabildo Abierto del 25 de Mayo elige la Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata, como oficialmente se denominó[6].

