De paso…y para siempre

VisiónPaís/ febrero 3, 2019/ Sin categoría

Por Alejandro Ippolito

Frecuentemente sostenemos que estamos de paso,

que todo es fugaz, apenas un suspiro en el

corazón del tiempo y el espacio.

Pero esta afirmación cobra una fuerza inquietante cuando caemos en la cuenta de que
verdaderamente estamos de paso y no como una entidad de gran valor, irrepetible e
individual, sino más bien como un material de descarte, fabricado en serie y masificado al
punto de perder la soberanía sobre la propia voluntad.
El verdadero poder, el que alcanza niveles que escapan a toda posibilidad de entendimiento
por nuestra parte, el poder que controla el pulso del mundo y que alberga el conocimiento
perverso que justifica cualquier masacre en pos de la experimentación, está en manos de
un puñado de personas, apenas unas ocho mil voluntades que ponen de rodillas al resto de
la humanidad.
Nos perdemos en la masa, resignamos la identidad particular en virtud de la manipulación,
nos postramos ante la soberanía de los pocos y asistimos al sacrificio ritual de poblaciones
enteras llevado a cabo para que nada cambie, para sostener la supremacía de los elegidos,
los que controlan los engranajes que hacen girar al mundo a su propio ritmo y conveniencia.
Nuestras revoluciones son insignificantes, los avances obtenidos a fuerza de sangre y
sufrimiento de generaciones pasadas, son aplacadas y desbaratadas con total simpleza; los
derechos recuperados por medio de luchas agobiantes de desmoronan y sepultan con un
solo golpe de totalitarismo.
Para que nada cambie, para que no prospere la esperanza que representan los distintos, los
que buscan destronar a los miserables millonarios que comercian con los huesos de los
hombres esclavizados, los que inyectan su suero de la mentira en las arterias de los
“mediodependientes”, los que no pueden soportar la vida sin consumir su ración de veneno
cada día.
¿Cuál es el límite de un ser antes de quebrarse? y no hablamos de un quiebre momentáneo
sino de la resignación permanente y definitiva de su propia esencia, rendido a la voluntad
de los dueños de todo lo que existe.
Saber que hagamos lo que hagamos es posible que nada cambie sustancialmente, lejos de
empujarnos a la resignación nos invita a luchar con más fuerza cada día, para contradecir el
mandato de los que se suponen tesoreros de los secretos universales, observando y
controlando todo desde lo alto de su altar piramidal. Al menos de esa forma les será mucho
más difícil arrancarnos lo que es nuestro, lo que nos corresponde por existir más allá de las
antojadizas construcciones simbólicas que tratan de uniformar nuestro criterio y
predisponernos a la entrega mansa de nuestra existencia irrepetible.

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