RUCCI, EL SINDICALISTA DE PERÓN

VisiónPaís/ septiembre 25, 2023/ Sin categoría

LEALTAD A PERÓN: EL HOMBRE DE PERÓN EN LA CGT, VUELTA, PACTO SOCIAL Y TRAGEDIA, 1972-73


Por Ernesto Gutiérrez

Septiembre, 2014

 

Una vez abierto el camino de apertura electoral, Perón dará un volantazo e implementará una línea más intransigente del peronismo: elecciones limpias o nada. Héctor Cámpora será designado su delegado personal, y abrigará al referente de los sectores juveniles, Rodolfo Galimberti, y al más leal de los sindicalistas, Rucci, en perjuicio de Lorenzo. Y esta táctica más dura ofrecerá como resultado la vuelta del líder a su patria el 17 de noviembre de 1972, día lluvioso en el que aquel alcortense de nombre José sonreirá felicísimo y cediendo un paraguas a su jefe y padre político dejará grabada en la memoria colectiva su lealtad política.

 

Si bien públicamente parecía pasar a un papel secundario tras la designación de la fórmula Cámpora-Solano Lima, el sindicalismo peronista conservará un 25% de lugar en las listas electorales del 11 de marzo de 1973 y a los tres días del triunfo, Cámpora será recibido en la CGT, donde Rucci proclamará “el apoyo incondicional de los obreros al presidente electo”. Y fundamentalmente, Perón le encomendará a Rucci una doble tarea. Primero, homogeneizar la conducción de la CGT y de “las 62” bajo su lealtad, destronando “participacionistas” y evitando el crecimiento del clasismo y la izquierda sindical. En esta dirección, en febrero de 1973 se creará la Juventud Sindical Peronista y el propio Cámpora llegará a exigirle al gremialista cordobés Atilio López, del peronismo no ortodoxo, que abandone sus alianzas con sectores del clasismo y de la izquierda sindical.
Y segundo, le pedirá terminar de pulir el Pacto Social con la Confederación General Económica (CGE), que el 8 de junio se sellará con la firma del Acta de Compromiso Nacional, a menos de un mes de asumido el gobierno de Cámpora. Rucci declarará: “yo sé que con esto estoy firmando mi sentencia de muerte, pero, como la Patria está por encima de los intereses personales, lo firmo igual.”

 

La segunda vuelta de Perón del 20 de junio terminará en una batalla a los tiros entre los sectores internos del peronismo. Aquel emblemático “Ezeiza”, donde un oscuro organizador (el Tte. Cnel. Osinde) había buscado apoyo de seguridad en los barrabravas de la Juventud Sindical Peronista, significará efectivamente la sentencia fatal de Rucci para los sectores guerrilleros y de izquierda del peronismo, ya que públicamente terminará justificando el uso de armas en el acto. Sin embargo, no sólo el titular de la CGT siguió los acontecimientos desde la alejada sede de Azopardo sino que además buena parte de los grupos de seguridad ofertados por la JSP respondían más directamente a la UOM y al gremio SMATA que al propio Rucci e incluso un testimonio recabado por su único biógrafo desprejuiciado señala una fuerte discusión la misma noche de Ezeiza con Lorenzo Miguel, a quien le reprochará haber llevado armas largas al acto. Quizás la casi exclusiva acusación contra el jefe de la CGT se explique en el fluido vínculo que existía entre Lorenzo y la jerarquía de Montoneros y en la relación de lealtad inconmovible de Rucci con Perón.

 

Desde sectores montoneros, se iniciará un trabajo de inteligencia para asesinarlo y se sucederán reiteradas críticas a Rucci desde la publicación partidaria El Descamisado. Vale mencionar que a principios de año, en una visita de campaña a Chivilcoy, el Rucci había titular de la CGT había perdido a su secretario personal e íntimo amigo, Osvaldo Bianculli, en un confuso enfrentamiento con militantes de la Juventud Peronista que se habían acercado a increparlo. Incluso la izquierda peronista lo insultará a cánticos frente a Perón durante el desfile militante realizado el 31 de agosto frente al balcón de la CGT y que había sido organizado como “gesto” de negociación y consenso entre la rama sindical –Lorenzo- y juvenil –Montoneros-.

 

Al día siguiente del triunfo abrumador de la fórmula Perón-Perón, Rucci recibirá en la CGT un llamado de Perón, quien le solicitará la renuncia de todo el Consejo Directivo de la central y le manifestará: “yo no puedo empezar una gestión con dirigentes desprestigiados. A usted lo voy a reivindicar pero a los otros no”. Coherentemente leal al líder, Rucci responderá que “mi renuncia ya la tiene, voy por las otras”. Sin embargo, en la reunión de la tarde con la cúpula de la central, su reclamo será dilatado.

Y al día siguiente, el martes 25 de septiembre de 1973, la tragedia lo esperará al salir de su casa de paso, ubicada a metros del cruce de las avenidas Nazca y Avellaneda, en el barrio de Flores. Sin entrar en detalles y luego de haberse expuesto hasta hoy una diversidad de especulaciones -además de una publicitada pero sesgada investigación reeditada recientemente-, se puede afirmar que su asesinato estuvo a cargo de la regional Capital de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, grupo guerrillero que poco antes se había fusionado a Montoneros, pero que a pesar del aparente conocimiento de esta conducción sobre el plan de asesinato, tenían aquellas FAR un modo de accionar relativamente autónomo.

Aquel hombre llegado de Alcorta, había pasado sus últimos años durmiendo habitualmente en el último piso de Azopardo. Incluso había llegado a recibir gente en pijamas. Desde mayo de 1973 vivía con su familia en un pasillo al fondo de Flores, en una casa prestada por un amigo y colaborador como forma de evitar los viajes diarios a Ramos Mejía, donde estaba terminando de pagar un hogar propio. Quizás por esos pasos en falso que tan frecuentemente nos depara la historia, aquel sueño justicialista de la casa propia no pudo ser disfrutado en vida por quien quizás fue uno de los más generosos y entregados feligreses del peronismo.

Fuente Historia del Peronismo
Compartir esta entrada