El 17 de octubre de Eva Perón
Del libro de Daniel Di Giacinti, «Peronismo: ¿Reforma o Revolución?»
La crisis política de 1951
La necesidad de cambiar el rumbo económico de una etapa de expansión a otra de
estabilidad motivó el alejamiento del empresario Miguel Miranda en 1949 y su reemplazo por
Gómez Morales, un economista de corte clásico.
La presión del imperialismo se sentía con la exclusión de la Argentina del Plan
Marshall, a lo que se sumarían dos tremendas sequías que dejarían al gobierno sin los recursos
de las exportaciones de granos. Se sumarían a estos nubarrones económicos algunos conflictos
gremiales, uno de ellos una huelga ferroviaria sería de proporciones muy significativas.
Los sindicalistas ahora eran parte del poder y tenían ante si la responsabilidad de
organizar políticamente el mundo del trabajo, para compartir la conducción del proceso
revolucionario. Serían pocos los dirigentes capaces de asumir este papel en plenitud.
Frente al palpable crecimiento de sus organizaciones y al incremento de su poder
personal, la mayoría de ellos se limitaría a actuar como meros administradores de las
adhesiones de los trabajadores, ciñéndose al aspecto reivindicativo. También el ejército
empezaría a desarrollar algunos aspectos deliberativos. El 22 de junio de 1950 se ha
descubierto una maniobra conspirativa en el ejército, procediéndose a la detención de
oficiales de baja graduación.
Muchos eran los oficiales que estaban persuadidos de la estrecha relación existente
entre la industria y el potencial bélico. Entendían que la industria pesada era la clave de la
soberanía, al asegurar el autoabastecimiento de combustibles y materiales imprescindibles
para la defensa nacional. La cuestión los impacientaba y no concebían que se la relegara en
aras de la justicia social. No les faltaba razón en cuanto a la importancia de las industrias
básicas, pero estaba ausente la comprensión de que la independencia económica y la
soberanía eran inseparables de la justicia social, en el marco de una revolución que tenía en la
clase trabajadora su principal protagonista.
Pero, además, el nacionalismo militar recelaba del crecimiento del poder sindical que –
a su modo de ver- amenazaba trastocar el tradicional orden social. Creían advertir en ello un
brote comunisante, atribuían la crisis económica a los desbordes sindicales alentados por el
gobierno.
Así, a las presiones sindicales en procura de mayores salarios, que amenazaban
profundizar la crisis económica, se contraponían las provenientes del Ejército —y también de
los sectores empresarios— que propugnaban la eliminación del distribucionismo y la justicia
social.
Las circunstancias históricas que habían ayudado al crecimiento inusitado del
Justicialismo se empezaban a cerrar y las convicciones de los cuadros militantes empezarían a
cobrar una importancia fundamental en el proceso político.
La reelección de Perón
La Reforma Constitucional del 49 abrió sus puertas a un nuevo mandato presidencial y,
desaparecido el obstáculo legal, nadie dudaba que Perón sería presidente nuevamente a partir
de 1952 (en junio de ese año terminaba su período). Estaba pues, definido el primer término
de la fórmula que llevaría al justicialismo a las próximas elecciones. No así el segundo: ¿quién
sería el candidato a la vicepresidencia?
Dentro del peronismo había -lo hemos dicho- sectores y hombres con aspiraciones
propias. Ante la alternación eleccionaria, comenzó como en los viejos tiempos de los círculos
políticos del liberalismo un verdadero “carrousel” de postulaciones y posibles candidatos, que
eran instrumentados en función de recibir “la bendición oficial”.
A las pretensiones de Mercante, se le sumaron luego las de Bramuglia, y cada sector
del movimiento nacional comenzó de alguna forma a presionar para imponer su alternativa. La
política de círculos denunciada por Perón en mas de una oportunidad hacia carne en su
propias dirigencias.
Esta actitud -proveniente de una profunda incomprensión ideológica- en el fondo
planteaba una cuestión de competencia con respecto a la autoridad de Perón y las elecciones
deberían permitirle cohesionar sus fuerzas y unificarlas nuevamente en función de su
conducción estratégica.
Perón contó con admirables colaboradores, pero siempre lo acompañaron en términos
coyunturales sin comprender los objetivos estratégicos de la revolución. Esto generaba un
reciclamiento de dirigentes ante cada giro que el líder debía dar, impidiendo la maduración y
el fortalecimiento de las organizaciones del movimiento nacional. Luego de 1949 dirigentes de
un enorme valor y conducta, se retiraban del movimiento nacional adoptando un actitud
expectante.
Ya en 1949, Manuel Ugarte –el gran latinoamericano- se había apartado; Raúl
Scalabrini Ortiz toma también distancia del mundo político; Arturo Jauretche renuncia a la
presidencia del Banco Provincia de Buenos Aires en enero de 1950 y Juan José Hernández
Arregui se retira de la Administración Pública replegándose a sus cátedras.
Este conjunto de incomprensiones y presiones trazaba las coordenadas de una crisis
política, que amenazaba con empantanar la revolución. Ningún sector dirigente parecía
comprender que la única manera de afrontar los obstáculos exitosamente, así como asegurar
el futuro, era profundizar la revolución en el terreno político.
Eva Perón: hacia un nuevo 17 de octubre.
A la burocratización de las dirigencias partidarias y gremiales, se sumaban las
inquietudes de los militares y empresarios. Ante esto Perón contaba con un solo elemento
capaz de contener las presiones e infundir el dinamismo organizativo y el vigor revolucionario
que faltaba.
Era Eva Perón, que desde la Fundación no se limitaba a realizar una mera labor
asistencial. Con una capacidad de trabajo y organización difícil de equiparar, con una profunda
pasión política, Eva articulaba con los gremios los vínculos que la dirigencia partidaria no
lograba establecer. Con segura intuición, detectaba a los arribistas y ambiciosos que
revoloteaban en torno al presidente, advirtiendo constantemente a Perón sobre esos riesgos.
Lamentablemente, no viviría mucho tiempo y la revolución nacional se encontraría
ante un vacío imposible de llenar. Pero aún sería el elemento esencial que permitiría a Perón
sortear la crisis, y restablecer su autoridad sobre una dirigencia amenazada por peligrosas
tendencias centrífugas.
La definición de la fórmula Perón-Perón serviría de excusa para provocar una
extraordinaria movilización popular que culminaría con el Cabildo Abierto del Justicialismo. La
alternativa de Eva en la fórmula, era irritativa para la mayoría de los sectores que habían
demostrado su incomprensión política en la crisis, sean sectores del empresariado, del ejército
o burócratas sindicales o partidarios.
Imponiéndola, Perón tonificaría su liderazgo. Fortalecido nuevamente por su pueblo,
que con su lealtad inquebrantable le brindaría la fuerza y el poder necesarios, podría licuar las
actitudes burocráticas y la oposición ciega que atentaban contra su gobierno. Podría entonces
decidir la fórmula en función de sus necesidades políticas, ya que Eva tenía un puesto de lucha
insustituible en la revolución.
Sin embargo, cómo previendo el final que se aproximaba, el tremendo amor del
pueblo trabajador a Evita, protagonizaría uno de los episodios más emotivos de la historia del
peronismo.

