La Vanguardia descamisada

VisiónPaís/ marzo 20, 2022/ Sin categoría

Del libro de Daniel Di Giacinti, «Peronismo: ¿Reforma o Revolución?»

Una oportunidad histórica

En la Segunda Guerra Mundial se enfrentarían las naciones cuyos sistemas políticos
pugnaban por reemplazar al sistema demoliberal capitalista que había demostrado su
agotamiento en la Primer Guerra Mundial y el crack financiero de 1929. El gran derrotado de la
contienda sería además de Alemania, Italia y Japón, Inglaterra, que dejaría su supremacía
mundial en manos de EEUU y Rusia, los grandes vencedores. Estos se reunirían primero en
Yalta y luego en Potsdam para repartirse el mundo y delinear sus nuevas zonas de influencia.
De acuerdo a este nuevo esquema de dominación, la Argentina de colonia inglesa pasaría a ser
una colonia norteamericana.
Sin embargo esa turbulencia política provocada por un sistema imperial que colapsa y
otro que lo reemplaza, sería aprovechado sorpresivamente por una alternativa distinta. Un
grupo de militares animados por esa circunstancia histórica, a la que se sumaban las muertes
del Presidente Ortiz y el General Agustín P. Justo, deciden tomar el poder. El 4 de junio de
1943 se produce una revolución militar que desplazaría al presidente Castillo del gobierno.
Estos militares de intereses políticos heterogéneos estaban unidos por una especie de
nacionalismo sin pueblo, caracterizado por un desprecio hacia la caduca dirigencia política de
la Década Infame, una posición neutralista ante el conflicto bélico mundial y una defensa de la
incipiente industria nacional. Algunos de ellos habían visto en el Coronel Perón un ideólogo
original que podría brindar un contenido político distintivo a su movimiento revolucionario. Sin
embargo el joven Coronel rápidamente comenzaría a diferenciarse del resto de sus
compañeros acentuando la necesidad de resolver la injusticia social que oprimía a los
trabajadores en esa Argentina Colonial.

La hora de los pueblos

Perón había comprendido en su viaje a Europa de 1938 que comenzaba una nueva
época, signada por un nuevo protagonista: los pueblos. En el siglo XVIII, la Revolución Francesa
había permitido el ascenso al poder político de la clase burguesa desplazando a las
monarquías. La vida política de la comunidad que descansaba en algunos cientos de personas
pasó a ser protagonizada por miles. La aparición de la imprenta de tipos móviles, más la
aceleración cultural provocada por la revolución industrial generaría una verdadera revolución
que permitiría a la burguesía tener los elementos culturales necesarios para exigir su inclusión
en la vida política que hasta entonces le estaba vedada.
De la misma forma que la burguesía en el siglo dieciocho, los pueblos del siglo veinte
recibirían la influencia de una nueva y poderosa transformación cultural. Aparecían los medios
de comunicación de masas, representados en ese entonces por los diarios, el cine y la radio, que multiplicarían en la mente de millones de personas la información necesaria para
esclarecerlos y lanzarlos a la acción política.
Perón había observado en Europa este nuevo fenómeno de las masas pugnado por un
protagonismo que el sistema les negaba. Había comprendido que el enorme desarrollo
económico del capitalismo había sido sostenido por la explotación de los trabajadores y esta
masa que estaba siendo esclarecida por esta nueva revolución cultural, pronto exigiría su
protagonismo político y reclamaría por sus derechos avasallados. Para ello deberían romper
los moldes de participación ciudadana propuesto por el demoliberalismo e incorporarse a la
discusión política. La política debería dejar de ser resuelta solamente por los partidos, por sus
representantes o políticos profesionales y transformarse en la expresión colectiva del conjunto
de la comunidad.
“…Así como la monarquía terminó con el feudalismo y la república terminó con la
monarquía, la democracia popular terminará con la democracia liberal burguesa y sus
distintas evoluciones democráticas de que hacen uso las plutocracias dominantes…”
Juan Domingo Perón

Un hombre nuevo

La construcción de cualquier alternativa política debería respetar a este hombre nuevo
y brindarle las herramientas para su expresión y consolidación. El planteo de Perón era que el
único poder político revolucionario, es decir inalcanzable para los enemigos de la nación,
residía en el desarrollo de una solidaridad nacional; una gran conciencia política comunitaria
que mantuviera en alto lo que él interpretaba eran los valores permanentes de la Nación
Argentina: la justicia social, la independencia económica y la soberanía política.
Para el desarrollo de esta nueva conciencia eran fundamentales la dignificación social y
la organización política del país desbordando los esquemas de participación demoliberales.
Había que organizar la sociedad para que empezara a construir su propio destino, brindándole
de esa forma a los pueblos una participación creativa en un proceso político donde todos
tuvieran algo que aportar al bien común.
Este ascenso al poder de los pueblos tendría características inéditas que habría que
respetar. Para que surgiera una solidaridad comunitaria, la elaboración de los objetivos a
cumplir debería ser una acción colectiva. Habría que finalizar con la actitud pasiva y sin
compromiso del liberalismo donde el pueblo vota y consume, o la rigidez de los ideólogos
como rectores y delineadores de los objetivos a cumplir, propios del Socialismo Dogmático.
El hombre nuevo de la hora de los pueblos no podría mantener la actitud de
indiferencia individualista del capitalismo, ni la rígida sumisión al camino trazado por una
vanguardia esclarecida. La maduración cultural de la comunidad, solo podría realizarse a través
de un proceso comunitario donde el pueblo mismo definiera en qué tipo de sociedad
pretendía vivir.
Era la democracia social y popular, donde el pueblo no solamente debería votar y
consumir, sino que -si realmente quería liberarse del sojuzgamiento de las potencias de turno- debía desarrollar una conciencia política solidaria que elevara la confianza comunitaria hasta
alcanzar la unión nacional. Para ello la revolución debería organizar políticamente al pueblo,
permitiéndole compartir la acción de gobierno con el Estado mismo.
“…Hoy no es posible pensar organizarse sin el pueblo, ni organizar un Estado de
minorías para entregar a unos pocos privilegiados la administración de la libertad. Esto
quiere decir que de la democracia liberal hemos pasado a la democracia social…”
Juan Domingo Perón

La dignificación Social

Sin embargo al volver a la Argentina e intentar poner en marcha sus nuevas ideas,
comprendió que un proceso de autodeterminación popular como el que quería impulsar debía
estar precedido de un profundo proceso de dignificación social. El capitalismo y su ideología
individualista había provocado la exclusión de los pueblos de las decisiones políticas y la
explotación brutal de los trabajadores, que eran tratados prácticamente como animales sin
derechos sociales ni políticos.
Cualquier organización política popular debía pasar previamente por un proceso de
justicia social y de dignificación de esas clases postergadas y olvidadas. Recuperar el sentido de
dignidad solidaria de los trabajadores era el paso previo para su organización política. No era
solamente un acto de solidaridad cristiana, era un acto profundamente anticolonialista y
revolucionario.
Este proceso de dignificación social comenzó a ser desarrollado por el Coronel Perón
desde la Secretaría de Previsión. No prometía nada, no le hablaba al ciudadano distante,
simplemente convocaba a la defensa de esos derechos que imponía con su acción desde la
Secretaría de Trabajo y Previsión. No había en el Coronel el acto de desdén de la caridad
oligarca. Todas las conquistas sociales que fue llevando adelante eran simplemente actos de
justicia.
Aplicaba en su trato afectuoso y sus gestos de respeto, un bálsamo que intentaba
curar la actitud recelosa y desconfiada de los trabajadores acostumbrados a la indiferencia y el
desdén del individualismo capitalista que los había “cosificado” al tratarlos como valor de
intercambio.
El Coronel necesitaba que estos hombres inocentes y humildes recuperaran su
dignidad, para lanzarlos a la epopeya de construir una nueva democracia popular donde
pudieran crear y modelar sus destinos junto con el de la Nación. Más allá de las conquistas y
beneficios sociales que el amparo de un Estado por primera vez a favor de los trabajadores
brindaba, se encontraba el reconocimiento de una verdadera dimensión humana en pos de
recuperar una autonomía creadora puesta al servicio de una solidaridad hacia sus hermanos.
No fueron los buenos sueldos, ni la jubilación, ni el aguinaldo lo que conquistó el
corazón de los humildes. Fue el abrazo solidario que significó el reconocimiento de su
verdadera dimensión como protagonistas insustituibles de la nueva Argentina. Una solidaridad que quedó plasmada en una sencilla palabra, expresada por el incipiente líder en la ciudad de
Rosario: Compañeros!
Compañeros en una tarea común, compañeros solidarios en el enfrentamientos de las
injusticias, compañeros en la defensa de los derechos reconquistados, compañeros en la
defensa de una nueva concepción soberana. Una sencilla palabra que significaba la autonomía
recuperada del hombre nuevo de la hora de los pueblos.

La vanguardia descamisada

Las grandes revoluciones sociales siempre han tenido una “vanguardia” tanto en el
plano teórico de su concepción como en el plano práctico de su ejecución. Las vanguardias
legítimas caracterizadas por la lucidez política de una elocuente interpretación de la realidad,
han desencadenado siempre las grandes transformaciones de la conciencia colectiva. Fueron
conformadas por aquellos sectores de la población más predispuestos a asumir los más altos
riesgos de compromiso militante. Generaron tanto la expansión como la profundización del
motivo revolucionario planteado desde la posibilidad y la necesidad histórica.
Lógicamente estas vanguardias inicialmente, están nutridas por ideólogos y
pensadores que van abriendo nuevos “sentidos existenciales” en el resto de la comunidad a la
luz de sus nuevos principios. En un proceso de crecimiento gradual, estos grupos esclarecidos,
conformarán luego núcleos revolucionarios, que al vincularse entre sí, irradiarán las nuevas
premisas, hasta lograr un espacio político suficiente para lanzarse a la toma del poder.
El peronismo, en cambio, fue una revolución de características especiales ya que fue
realizada no desde el llano horizontal del debate ideológico revolucionario, sino desde una
parte del propio poder vertical del gobierno, en circunstancias históricas tan especiales como
inéditas en la historia de nuestra Nación. Esta posibilidad permitió llegar masivamente a miles
de trabajadores para poner en marcha el proceso de dignificación social que modificó para
siempre el destino de la Argentina.
Esta dignificación conquistó el corazón de los humildes que comprendieron el sentido
revolucionario del justicialismo en carne propia y transformaron esa vivencia personal en un
compromiso con los nuevos postulados. Esa dignificación social permitió que todo un pueblo,
fundamentalmente los obreros, se transformaran en una vanguardia popular, masiva y
revolucionaria. Evita la llamó: la vanguardia descamisada.
Fueron los trabajadores los que demostraron el máximo grado de compromiso con la
revolución justicialista. Fueron los que estuvieron presentes en los días claves de la historia del
peronismo y a ellos siempre apeló el líder para enfrentar las circunstancias políticas difíciles.
Las convicciones políticas se comprenden, se profundizan y se afianzan con pensamientos,
hechos, análisis y vivencias, pero cuando empiezan a transformarse en sentimientos como la
lealtad y el amor, es cuando alcanzan su máxima dimensión trascendente.
Ese sentimiento del pueblo hacia Perón quedó sellado definitivamente el 17 de
octubre de 1945, cuando los trabajadores rescataron a su líder de la prisión en la que sus
enemigos lo habían confinado ante la dubitativa actitud de sus propios dirigentes. Al caer
preso por la incomprensión política de sus antiguos compañeros y las presiones de la oligarquía, los trabajadores se movilizaron para rescatar a quien los había reconocido por
primera vez en la historia como los verdaderos protagonistas. El 17 de octubre de 1945 ese
pueblo dignificado salió a la calle y a la historia, a recuperar a su hermano, a su compañero.
Fue simplemente un acto de lealtad.

Compartir esta entrada