Democracia y poder
Imagen: El Abrazo, de Juan Genovés.
El gobierno no es el poder, esto está claro. Pero, con localizar dónde está el poder no alcanza para transformar la realidad. Ricardo Rouvier sostiene en esta nota que un gobierno de contenido nacional y popular tiende, y eso lo diferencia, a darle lugar a la intervención del Estado, como máxima institucionalidad de la sociedad política, para atacar o limitar los procesos de concentración y centralización del capital que incrementan las desigualdades y afectan el patrimonio nacional. Pero, además, debe poner en marcha la organización democrática de los sectores populares con el objeto de anteponer poder frente al poder instituido. Son dos tareas: gestión y construcción política.
Por Ricardo Rouvier*
Noviembre 26, 2021
El camino democrático implica aceptar sus reglas, entre otras, someterse al veredicto de los electores que otorgan legitimidad y continuidad al régimen. El pueblo no gobierna sino a través de sus representantes, reza el distanciamiento propio de la democracia indirecta, que se convierte en una oportunidad de grieta entre las necesidades de las sociedades y su realización. Prueba de este distanciamiento fue expresado por el ausentismo en las PASO; luego, en menor medida en la elección general, y el voto a posiciones iconoclastas de derecha o de izquierda.
La escasez no solo define a la economía como ciencia sino también a la política. Las elites políticas se han convertido en una nueva aristocracia en paralelo con la evolución de la acumulación desigual de la riqueza. Y esas élites aportan a la construcción de la subjetividad, que separó masa de pueblo, pueblo de clase, y clase de individuo. Convirtió al sujeto de cambio, en sujeto de consumo, y generó millones de descartados. Para los cuales creó la seguridad social para mantenerlos como tales, y salvar el alma sistémica. ¿Dónde está la escasez, entonces? Está en la insuficiente satisfacción de la sociedad civil con la sociedad política.
El Estado y su burocracia dominan los dispositivos de ejecución, aprobación y aplicación de las leyes, y la elección y el procedimiento de los jueces. Este modelo político se estructura en la sociedad civil sobre la base de un contrato implícito, que supone, entre otras cosas, legalizar el triunfo de unos sobre otros. Desde la modernidad, el propósito es evitar la guerra entre todos, por lo tanto la ley es privativa del vencedor. Esto es el gobierno, y como sabemos el poder es otra cosa. Esa otra cosa está en la sala de máquinas del sistema, que asegura la base material, la reproducción y la evolución de cada época: la continuidad hegemónica.
Por ahora, no hay asalto al Palacio de Invierno, ni Comuna de París (decimos por ahora debido a la posibilidad desconocida del retorno en espiral de la historia). Ese cambio no ha sido aún metabolizado por sectores reformistas que le imprimen revolución a lo que es transformación democrática, y que incluye la posibilidad de construir alternativas intrasistémicas.
Pero, localizar dónde está el poder no significa que la política, la economía, las ideologías, la cultura, la comunicación son un mero reflejo de su causa. Pero su margen de innovación tiene un límite: dichos órdenes no deben poner en cuestión el latido del corazón.
El músculo representa la propiedad de los procedimientos de la producción y reproducción de riqueza y ese es el punto vital. La política como las otras estructuras tienen autonomía relativa, como diferenciación de épocas anteriores, lo que permite un juego entre instituciones que es más complejo que antes. Y más complejo que cuando comenzó la etapa burguesa en la historia. La ciencia y la tecnología están a la cabeza del desarrollo y logran satisfacer las demandas de dominación que garantiza los procesos de reproducción ampliada del capital, y los límites de ese conocimiento se extienden según el ritmo de las necesidades. La tecnocracia no es otra cosa que la respuesta desde el conocimiento aplicado a la resolución de los problemas que surgen de la autoproducción del sistema. Los mecanismos de dominación son siempre los mismos: consenso y coerción; pero varían sus modalidades, lo que permite verificar que el progreso existe, usufructuado por algunos y nunca por todos, pero ahí está a la vista de los que no pueden ingresar al sistema.
Es imprescindible que esta dialéctica entre super e infra, metáfora del marxismo, sea revisada evitando el determinismo, y el economicismo; y avanzando hacia un más profundo conocimiento del poder. Hay una base indudable, inamovible que hemos llamado la sala de máquinas; pero en la cubierta del barco ocurre la conquista o no del gobierno y sus posibilidades actuando dentro de la democracia en que se puede facilitar u obstaculizar el dispositivo de creación de riqueza, que produce y se reproduce sin fin. Si se limita la especulación financiera, si se adoptan posturas autonómicas, se estimularán las distancias entre lo que el sistema promete y el colectivo reclama. O sea, la hegemonía no es el paraíso: hay luchas, disputas, competencia, pero lleva seis siglos de existencia.
Siguiendo con este esquema señalamos el error que iguala a Macri, con Alberto Fernández, o a Cristina en función de la prevalencia del sistema económico de base. Es una ingenuidad suponer que la concentración económica se detiene porque asume tal o cual Partido o Coalición. Sí; hay prevención o resistencia respecto del populismo por parte del poder económico, porque no se abandona el territorio de la ganancia así porque sí.
Un gobierno de contenido nacional y popular tiende, y eso lo diferencia, a darle lugar a la intervención del Estado, como máxima institucionalidad de la sociedad política, para atacar o limitar los procesos de concentración y centralización del capital que incrementan las desigualdades y afectan el patrimonio nacional. Pero, además, debe poner en marcha la organización democrática de los sectores populares con el objeto de anteponer poder frente al poder instituido. Son dos tares: gestión y construcción política.
Hay que construir otro poder instituyente para la toma de conciencia de las energías del país que se encuentran ahogadas (la desigualdad y la pobreza frenan los procesos productivos) por la forma que van adoptando los mercados si uno los deja en estado espontáneo. Eso agudiza la situación de dependencia, gobierne quien gobierne.
Es necesario advertir que un peligro real en la evolución reformista es que las instituciones de cambio como las centrales de trabajadores, los movimientos sociales, las organizaciones estudiantiles, culturales, etc., puedan mimetizarse con el desenvolvimiento adecuado de las superestructuras a la telaraña del poder. El límite entre la reforma y la nada es angosta, y esto es peligroso porque la conducta de uno puede ser funcional a su adversario.
La derecha o centro derecha se siente mucho más cómoda con el esquema de poder existente, y los mecanismos de construcción de la realidad. La tarea mayor, el esfuerzo mayor, es el de los reformistas y no de los que se sienten en el umbral de su casa a mirar el automatismo sistémico.
Es un error muy extendido creer que porque accede al poder Alberto Fernández o Néstor o Cristina Kirchner, el modelo neoliberal deja de existir en el país, sin comprender que la sala de máquinas sigue funcionando, y que se detiene si uno rompe las máquinas o les corta la energía que determinan su funcionamiento. Se difunde la idea que la época del neoliberalismo se agota en los cuatro años de Macri, confundiendo lo que es soporte o plataforma del sistema con su producido. Este error subestima al sistema hegemónico, y sobreestima la potencia del subsistema político en el alcance de la transformación. Por eso, es necesario profundizar el estudio del vínculo entre infra y superestructura, discordancia de la historia, lo inarmónico y las contradicciones en los procesos en las fuerzas políticas y sus fracciones.
Un buen ejemplo de la relación entre lo estructural con el subsistema político lo encontramos en “El 18 brumario de Luis Bonaparte” de Marx cuando dice que la Revolución Francesa fue la “gran revolución política de la burguesía que abrió paso al despliegue sin trabas de las relaciones sociales capitalistas, un cambio social cualitativo, determinante, del que ya no se podía volver atrás. Por eso cuando vino la restauración monárquica, no pudieron cambiar las relaciones sociales de producción.”


