VisiónPaís/ mayo 5, 2019/ Sin categoría

Por Alejandro Ippolito

Reconocemos por nuestra formación cívica que existen tres poderes centrales que son el
Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Con el correr del tiempo y a la luz de ciertos
acontecimientos por demás evidentes, se invistió a los medios de comunicación – más
específicamente, al periodismo – con la categoría de cuarto poder. Hoy podemos decir de
forma categórica que el de los medios es el primer poder y detrás se reúnen los
subordinados poderes del Estado. Por lo menos esto es lo que sucede en los potreros del
mundo bajo regímenes neoliberales totalitarios como el de Argentina.
Observará usted que jamás se nombra al poder popular. Son escasas las referencias al
poder ciudadano, más allá de alguna organización intermitente. Las nominaciones a ese
poder de la gente son, la mayoría de las veces, despectivas y connotan odio, rencor,
desprecio y violencia.
Pocas veces, en años de democracia, se ha podido apreciar un divorcio tan marcado entre la
ciudadanía y el gobierno. Es alarmante el nivel de distanciamiento entre los miembros del
poder Ejecutivo y la gente común, aquellos que engrosan las filas del enclenque populacho
que los patrones de estancia y la jauría de CEOs tanto desprecian. Los encuentros
esporádicos entre el pueblo y los gobernantes se dan, por lo general, en contextos de
reclamos y represión. En muchas ocasiones, al mejor estilo de las relaciones humanas
contaminadas por la perversión, reina la mentira por un lado y el miedo por el otro.
Las últimas medidas tomadas por desesperación, ante el desplome de los números oficiales
en las mediciones de imagen de Macri y asociados, no son otra cosa que el ramo de flores
que el marido golpeador le lleva a su esposa lastimada una y otra vez jurando que “no
volverá a pasar”.
Es notable observar los numerosos puntos de contacto que existen entre la relación
enfermiza de una pareja signada por la violencia de género y las prácticas de este gobierno.
Por empezar, la mentira es la llave que abre la puerta de ingreso en ambos casos. El
“candidato” se presenta como simpático y amable, galante y seguro, considerado y afecto al
diálogo. Una vez conseguido el favor de la dama – o del votante – se sella la unión con una
sencilla ceremonia notarial que podemos llamar casamiento, conviviencia o votación según
el caso.
Al poco tiempo y con la relación formalizada, el perverso suele obedecer a su naturaleza
mostrándose tal cual es: violento y opresor. La única respuesta para toda situación es el
palazo y el encierro. Luego, cuando existe alguna posibilidad de perder lo conseguido, el
perverso vuelve a responder a su esencia fingiendo arrepentimiento y de rodillas suplica el
perdón de su víctima, la cual suele ceder cuando no cuenta con la suficiente información,
seguridad y recursos para escapar de esa asfixiante y peligrosa relación.
Ya sabemos todos cómo continúa esta historia, nuevas mentiras y más violencia hasta que
sobreviene el trágico final.
Hoy estamos en la etapa de las flores falsas para invitarnos a olvidar lo moretones y
comenzar de nuevo. Con el cuerpo lacerado por los ajustes, el endeudamiento, los tarifazos,
los despidos y la represión; vemos como nos proponen seguir apostando a esta relación,
prometiendo con los ojos llorosos que no va a volver a suceder, que todo lo malo ya ha
quedado atrás, que este es el camino correcto y que ese sujeto psicópata y feroz es lo mejor
que nos podría pasar, lo que nos merecemos.
Si sabemos todo esto y volvemos a rendirnos frente a las mentiras, si volvemos a ceder ante
el perverso descarado y nos enternecemos oliendo el ácido perfume de las flores del
engaño, ya no seremos las víctimas sino los victimarios. No podremos suponernos en el
mismo lugar que la pobre mujer que no tiene a dónde escapar, a la que nadie ayuda, la que
nadie oye ni protege. En este punto ya no nos parecemos porque nosotros sí tenemos
opción, nosotros podemos salir de este infierno si nos decidimos y hacemos lo que es
urgente. Lo deseable sería que todos tuviéramos la misma posibilidad de librarnos de
aquello que nos lastima. Sin embargo vemos demasiadas veces, como en una abominable
pesadilla, como la mujer golpeada llega para hacer la denuncia a alguna dependencia del
Estado y del otro lado del mostrador está aquel que la maltrata, la imagen repetida de su
verdugo en cada rostro de ese lugar como un espejo demencial.
También nosotros estamos viendo el mismo rostro en muchos de aquellos que dicen venir a
librarnos de este gobierno que nos ha destrozado, como si no hubieran votado las leyes
antipopulares, como si no hubieran negociado en contra de los trabajadores, como si fueran
recién nacidos de la política, como si no fueran parte de lo mismo desde siempre, como si
no conformaran una mafia al servicio de intereses foráneos. En definitiva, como si no
supiéramos quiénes son y de dónde vienen, qué han hecho y qué se proponen.
Basta de aceptar ramos marchitos de salvajes arrepentidos, es hora de librarnos de los
violentos y empezar a sembrar nuestras propias flores.

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