La Universidad piensa y ensaya una computadora argentina. Parte Nº 2.
Por Bruno Pedro De Alto
La Computadora Electrónica de la Facultad de Ingeniería de Buenos Aires (CEFIBA).
Durante la noche del 29 de julio de 1966 se produjo uno de los hechos más vergonzosos de la historia argentina. La policía, cumpliendo órdenes del gobierno militar de Onganía, desaloja a bastonazos del interior de las facultades a estudiantes, docentes y autoridades legítimas a bastonazos. Uno de los lugares donde más saña se aplicó fue en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales donde se venía desarrollando, en estrecha relación y colaboración con la Facultad de Ingeniería, para la República Argentina un original proceso científico – tecnológico: llevando a cabo trabajos de investigación y desarrollo en el ámbito de la computación. Ocuparse en esos años, dentro de un ámbito universitario, ocuparse en esos años de la computación significaba estar a la par de las vanguardias mundiales del conocimiento.
La creación de nuevos laboratorios electrónicos, el desarrollo de equipamientos propios o la compra de aquellos más actualizados, la construcción de la Computadora Electrónica de la Facultad de Ingeniería de Buenos Aires (CEFIBA), la adquisición de la primera computadora universitaria (Clementina), la formación de grupos de investigación y desarrollo liderados por los mejores científicos argentinos en cada especialidad y acompañados a su vez por jóvenes graduados y estudiantes, el involucramiento con problemas reales y complejos de la sociedad y la industria demostraron que los liderazgos de García, Sadosky y Ciancaglini le dieron por primera vez al país una verdadera experiencia universitaria nacional de desarrollo tecnológico.
Sin apoyo del sector privado, estas experiencias sólo fueron posibles por estar vinculados con los organismos y las empresas del Estado los cuales se actuaron como dinamizadores del desarrollo económico y tecnológico nacional.
El ingeniero Humberto Ciancaglini, al regreso de su viaje a Europa en 1956, y como Director del Departamento de Electrónica de la Facultad de Ingeniería de la UBA, decidió organizar a un grupo de ingenieros jóvenes para incursionar en los temas de las técnicas y computadoras digitales.
En su relato sobre esa experiencia Ciancaglini explica de qué manera se llevó a cabo la actividad:
«Con la finalidad expresada (incursionar en los temas de las técnicas y computadoras digitales), en el año lectivo de 1957 se formó un grupo de trabajo en el que cada uno de los participantes estudiaba a fondo uno de los temas propuestos en reuniones previas, lo exponía ante los participantes y se realizaban las discusiones. Esas reuniones se tenían efecto semanalmente y además de la exposición de temas y discusiones, se presentaban trabajos de laboratorio referidos al tema que se había tratado. Como consecuencia de esa actividad, a fines del año 1957 se consideró que se estaba en condiciones de emprender el desarrollo y la construcción de una modesta computadora electrónica digital»[1].
Cuando en esa situación se decidió empezar a construir el equipo que más tarde se conocería como: «Computadora Electrónica de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires (CEFIBA)» se estaban dando varios pasos importantes.
Uno de ellos es el que cita el mismo Ciancaglini: «dar una preparación profunda en los temas de técnicas digitales y del hardware a jóvenes ingenieros».
El otro paso, en la misma dirección, fue el que dió el ingeniero Jorge Santos de la Universidad Nacional del Sur (UNS)[2] en 1961 cuando demostró que era posible construir una computadora de bajo costo. Santos partió de un estudio presentado en una conferencia de la UNESCO en 1959 que demostraba que solo el 10% del valor total final de las computadoras de aquellos años correspondía a insumos y materiales. Ello equivalía a tan solo unos u$s 15 mil. Disponiendo de los materiales, la CEFIBA podía fabricarse con mano de obra calificada. Y eso era lo que tenía Ciancaglini en la Facultad de Ingeniería de la UBA.
Para ello armó un proyecto dirigido por el ingeniero Felipe Tanco, quien había trabajado años atrás como ingeniero de diseño de la sección computadoras de la empresa RCA en los EE.UU. Según su relato, equipo se organizó en dos etapas, que duraron dos años cada una: Una etapa de diseño, y una etapa de fabricación del prototipo. Cuenta Ciancaglini:
«Durante 1958 el Ing. Tanco, Profesor Adjunto del Departamento de Electrónica, trabajó conjuntamente con los ingenieros Eduardo Ulzurrun y Oscar Mattiussi en el proyecto y desarrollo de la computadora. Posteriormente, en 1960 se inició la construcción de CEFIBA ingresando en el grupo de trabajo los ingenieros R. Criado, Jonas Paiuk, Edgardo Cohen, Noemí Kaplan y Arturo Vercesi y la Licenciada en Matemáticas Srita. Aída Cohn. Durante el período que llevó la construcción, ensayos y terminación de la computadora algunos de los jóvenes profesionales se retiraron del grupo para cumplir otras tareas, como es el caso del Ing. Ulzurrun, quien se ausentó a los E.U.A. para seguir cursos de perfeccionamiento, del Ing. Mattiussi quien empezó a trabajar en una Empresa de servicios públicos y el ingeniero Paiuk quien fue requerido para trabajar en el Instituto de Cálculo de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales»[3].
Teniendo en cuenta la duración del proyecto, la cantidad de profesores, colaboradores y estudiantes, y contabilizando entre 10 y 20 horas semanales de trabajo al proyecto, un cálculo aproximado permite estimar que la inversión en diseño y fabricación del prototipo consumió entre u$s 40 mil y u$s 60 mil. Si a esto se suma el material importado cuyo costo de acuerdo al análisis del Ingeniero Santos rondaba aproximadamente los u$s 15 mil significa que la CEFIBA tuvo un valor que oscilaba entre los 55 y los 75 mil dólares.
Según Cancaglini, la opinión de Tanco fue decisiva a la hora de definir la tecnología a usar, aunque otros colaboradores sostienen que fue en realidad el mismo Ciancaglini quien había tomado por sí mismo la decisión. No obstante es creíble que lo haya consultado con Tanco dado que por aquel entonces quienes venían del extranjero eran muy valorados, considerados como fuente de conocimiento y Tanco estaba en esa situación.
Está demostrado que las computadoras Ferranti y Remington Rad, aún con presencia en el mercado en aquel momento, operaban con buenos resultados con tubos de vacío. Quién había incorporado exitosamente los transistores a sus equipos era la Empresa IBM en 1956 y otros como RCA, empresa donde Tanco trabajó entre 1956 y 1958. La elección de los transistores en lugar de válvulas electrónicas para el diseño de la computadora disminuyó sustancialmente la potencia utilizada y con ello simplificó los problemas de refrigeración del sistema. Por lo tanto CEFIBA, si bien había sido concebida como un trabajo práctico, estaba alineada con los proyectos de avanzada.
Otro desarrollo de aquellos ingenieros, (muy audaz a causa del presupuesto reducido y de los resultados obtenidos), fue el intento de realizar una memoria propia de cilindro rotativo de aluminio con recubrimiento magnético de ferrita. Aunque la memoria funcionó, con frecuencia las pistas se rayaban. La memoria experimental fue sustituida por una unidad comercial de origen británico.
La creatividad no tenía límites: se utilizó una máquina de escribir mecánica a modo de impresora. Luego fue modificada incorporándole solenoides que al ser energizados succionaban sus núcleos y con su movimiento accionaban mecánicamente los tipos impresores.
En definitiva, desarrollar la CEFIBA implicó desarrollar una y cada una de las partes de una computadora de aquellos años. El tablero electrónico, donde se alojaba la fuente de alimentación y las plaquetas, fue construido con un armario metálico de dos puertas como los que se utilizan en tableros de instalaciones eléctricas. La parte electrónica estaba alojada en tres bastidores que contenían las plaquetas que cumplían las funciones elementales usando miles de transistores, diodos de germanio, resistores, capacitores y centenares de metros de alambre de conexiones. Los programas fueron confeccionados en lenguaje de máquina[4], y para poder introducirlos en la computadora se realizó un compilador que permitía entrar la información al cilindro de memoria por medio de una cinta perforada. A su vez, hubo que resolver dicha perforación de la cinta. La misma se realizaba en una máquina teletipo. El compilador leía el contenido de la cinta perforada y registraba en la memoria de cilindro la información obtenida. Como consola de operacional se utilizó un escritorio metálico en el que se alojó el cilindro de memoria, la llamada impresora –una máquina de escribir adaptada – el lector de cinta perforada y una botonera que permitía introducir las palabras de 32 bits directamente al cilindro de memoria.
Finalmente la CEFIBA fue terminada y ensayada en julio de 1962. La enorme tarea realizada en su desarrollo, construcción y testeo, fue coronada con una presentación el día 10 de agosto del mismo año. Un acto desarrollado en la Facultad de Ingeniería, con la presencia del Rector de la Universidad y del Decano de la Facultad. Durante el acto se puso en funcionamiento la computadora, y quienes habían participado en su diseño y construcción expusieron diversos temas técnicos en los que estuvieron involucrados.
Sucesos de esta magnitud, en aquel entonces sólo podían ocurrir en un puñado de países. La gran mayoría ya había logrado un alto desarrollo industrial y científico, y la Argentina se aprestaba a entrar a ese exclusivo club del futuro. Según afirmaciones de Jonás Paiuk[5], CEFIBA podía competir en tecnología y concepto, no en velocidad y cantidad de memoria, con la IBM 620.
Junto a la aventura de CEFIBA, en el Departamento de Electrónica surgirían otras dos expresiones de lucidez y audacia dado por aquel equipo de ingenieros y estudiantes. Fueron los proyectos del Laboratorio de Semiconductores y del Laboratorio de Aplicaciones Electrónicas.
[1] Humberto R. Ciancaglin. Ibíd.
[2] De acuerdo a Babini, Jorge Santos gestionó u$s 1millón a la Provincia de Buenos Aires para desarrollar su computadora. El golpe militar de 1962 truncó el acceso a ese dinero.
[3] Humberto R. Ciancaglini. Ibíd.
[4] El lenguaje de máquina, consiste en una codificación de instrucciones que puede realizar una computadora. Generalmente esa codificación se realiza mediante la representación binaria, es decir, cada instrucción es un conjunto de unos y ceros.
[5] Reportaje a Jonás Paiuk. «Clementina y la década de oro de la ciencia argentina”. Por Martín Salduna. En Simplex – magazine de ciencia y tecnología. Julio 2007.

