VisiónPaís/ junio 30, 2019/ Sin categoría

Por Bruno Pedro De Alto

«En ese San Isidro aún colonial de la década de 1929, el muchachito Humberto se deslumbra leyendo libros de física y química, y para determinarlo definitivamente en el perfil profesional de su larga vida, descubre entre los papeles del negocio de su padre unos textos que explicaban los rudimentos de un receptor de radio».

Al ingeniero Humberto Rafael Ciancaglini (1918) sus discípulos lo llaman, “Chianca”, porque lo dicen en italiano. Este maestro nació en un hogar de comerciantes salteños que se mudaron a San Isidro, provincia de Buenos Aires, cuando el hermano mayor tuvo edad para ingresar a la escuela secundaria. Quienes nos interesamos por su prolífica vida, que llegó hasta los 93 años con lucidez y actividad, no sabemos si sorprendernos más por su carácter de pionero de la electrónica argentina o de su propia modestia al recordarla.

Transitó la empresa privada, la universidad, la academia, la función pública y llegó a ser experto internacional en temas nucleares. Pareciera que nunca movió una sola influencia para obtener estos espacios, lo suyo era su capacidad desmesurada de aprender lo que se propusiera y el reconocimiento de los decisores para contarlo entre sus filas.

A decir verdad, siempre se figuró que su vida era la de un científico trabajando incansablemente en diversos entornos. Él mismo data su inicio científico cuando teniendo solo cinco años se planteó su primer experimento: ya había aprendido a contar y reconocer los números cuando descubrió que en el hogareño almanaque con taco de hojas diarias al arrancar la hoja del día anterior, por detrás se incrementaba el número siguiente. “Así fue que decidí levantarme mucho más temprano para tener la oportunidad de arrancar yo mismo la hoja del taco y verificar que abajo estaba el número siguiente”. Desde aquella oportunidad, previo acuerdo con la madre, se ocupó de arrancar cada día la hoja y verificar el cumplimiento cotidiano de la experiencia.

En ese San Isidro aún colonial de la década de 1929, el muchachito Humberto se deslumbra leyendo libros de física y química, y para determinarlo definitivamente en el perfil profesional de su larga vida, descubre entre los papeles del negocio de su padre unos textos que explicaban los rudimentos de un receptor de radio. Junto a su hermano arman en su casa un taller, y se lanzar a armar un receptor. No les fue sencillo, debieron corregir muchos errores, pero el artefacto funcionó. La electrónica nacional ya tenía a su pionero.

Mientras estudiaba su secundario, Humberto devora las escasas revistas especializadas que se publicaban en aquellos entonces y vive prácticamente dentro de su taller que de a poco se transforma en un laboratorio. Tal fue el conocimiento y práctica adquirida que contando solo con 19 años se presentó a una búsqueda de empleo inhabitual: “Gracias a un aviso en el diario La Prensa, en 1938 y con 19 años conseguí el cargo de director técnico de una escuela de enseñanza de radio por correspondencia llamada Radio SchoolsCorporation”[1]. Sin embargo Ciancaglini tenía una frustración, no había ningún ámbito universitario – fines de la década del ´30 – para estudiar radiotecnia, tal como era llamada la disciplina en aquellos años. Eligió estudiar en la Universidad de Buenos Aires la carrera de ingeniería civil en su orientación electromecánica al considerar que ella lo fortalecería en su vocación, y mientras tanto se ocupó de darse a sí mismo un plan de formación autodidacta en electrónica. Poco tiempo después se inscribió en la carrera de Química, pero administrativamente se lo cuestionaron, por lo cual debió dejar y nuevamente organizarse un propio plan autodidacta en química.

Ciancaglini trabajó en la escuela técnica durante toda su formación universitaria, y desde allí escribía artículos para revistas especializadas, una práctica que le iba a dar un inesperado fruto estando ya recibido en 1943. Nuevamente por diario encuentra una búsqueda laboral que le resultaba muy atractiva: la empresa holandesa Philips, que estaba instalada en Argentina desde 1935 para fabricas lámparas incandescentes, buscaba ingenieros para su planta de válvulas. Luego de interminables entrevistas y evaluaciones es seleccionado ya no para la planta, porque lo consideran joven para ello, sino para el laboratorio de investigaciones, porque aquellos artículos habían causado impacto. La multinacional holandesa que había mudado su casa central a Londres y sus laboratorios a Buenos Aires a causa de la segunda guerra mundial, incorporaba un joven ingeniero civil argentino formado en la electrónica de manera autodidacta.

Ciancaglini se sumó a una experiencia con un formidable equipo nacional que organizó el matemático Alberto González Domínguez junto al físico italiano Andrea Levialdi y el químico Oscar Varsavsky (http://visionpais.com.ar/oscar-varsavsky). Ese laboratorio tuvo una vida efímera, apenas terminada la guerra en 1945, los holandeses se desprendieron de los científicos locales y lo cerraron. En el caso de Oscar y de Ciancaglini, la amarga experiencia de ver como la firma extranjera levantó el laboratorio y dejaba el país y se llevaba los avances allí obtenidos los golpeó de tal manera que en carne propia verificaron como la tecnología y el desarrollo científico hecho de esa manera iban a quedar siempre afuera del país. Aunque es evidente señalar que ambos transitaron por distintas veredas de la misma avenida[2] y que en ese devenir Ciancaglini fue un verdadero entusiasta de las cuestiones tangibles.

[1]Entrevista a Humberto Ciancaglini realizada por Rodolfo Zibell en Revista Encrucijada: http://www.uba.ar/encrucijadas/44/sumario/enc44-gm-ciancaglini.php.
[2]Oscar Varsavsky al final de su vida no renegaba de la ciencia, sino de su sentido, en definitiva ¿para qué investigar? Murió como epistemólogo y siendo un eficaz provocador: ya no se puede hablar de política científica sin recordar o tenerlo en cuenta.

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A Ciancaglini no le costó encontrar un nuevo empleo, y en este caso encontró uno que le dejaba tiempo libre para investigar en su propio laboratorio personal: la Marina Argentina había abierto un curso de tecnología en radares para sus suboficiales y lo contrató con una carga semanal de 15 horas y un ingreso fijo ajustado pero que lo satisfizo. Pero, años después, Philips le iba a dar una oportunidad impensada al maestro, lo volvería a contratar en 1952 para su recientemente creado Laboratorio de Aplicaciones Electrónicas, del cual llegará a ocupar el cargo de Jefe. Y en esas circunstancias se le presenta el viaje que tantas veces relató como clave en su perspectiva de la computación, porque la empresa lo comisiona para que en una pasantía profesional de cuatro meses se comprometiese con las actividades de investigación y desarrollo que la empresa tenía en Holanda, y otros países europeos. Allí pudo observar que “en todos los casos se daba gran importancia al desarrollo de sistemas que utilizaban técnicas digitales, particularmente en su aplicación en computadoras digitales[1]”.

Si bien ya había tenido un paso por la carrera de ingeniería electrónica que se había abierto en la UBA, había renunciado por razones de contenido, se había opuesto a la reducción de contenidos de materias científicas; Ciancaglini tenía en su cabeza un modelo de ingeniero electrónico para el país. Por ello, al ser convocado en 1956 por la intervención de la Facultad de Ingeniería se suma al cuerpo docente y gana el concurso de la materia Física Electrónica, y con el accede a la Dirección del Departamento de Electrónica. Será desde allí que saca profundo provecho del viaje a los laboratorios europeos de Philips, porque se plantea organizar con un grupo de ingenieros jóvenes para incursionar en los temas de las técnicas y computadoras digitales, para ello cada uno de los participantes que formaron ese grupo estudiaban los temas propuestos, los exponían ante el resto de los participantes y se discutía. “Fuimos fabricando el conocimiento nosotros mismos. Y ya en el ´58, creíamos poder fabricar una computadora[2]”. “Con esa rutina se llegó a fines del año 1957 en condiciones de emprender al desarrollo y la construcción de la computadora electrónica digital que se llamaría «Computadora Electrónica de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires (CEFIBA)[3]«. En este punto Ciancaglini se destaca como un gran estratega para la formación de los ingenieros electrónicos: cada uno de las “tangibilidades” que afronta desde ese departamento están puramente destinados a la formación de jóvenes ingenieros en una preparación profunda en los temas de técnicas digitales y del «hardware» electrónico.

[1] Ing. Humberto R. Ciancaglini. “La computadora electrónica CEFIBA”.
[2] Vidas Historias y anécdotas de la ciencia y la tecnología argentinas: “Cara a cara con Humberto Ciancaglini. Ya en el ´58 creíamos poder fabricar una computadora”. http://www.miclubtecnologico.com.ar.
[3]Entrevista a Humberto Ciancaglini realizada por Rodolfo Zibell en Revista Encrucijada: http://www.uba.ar/encrucijadas/44/sumario/enc44-gm-ciancaglini.php.

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El diseño y construcción de la CEFIBA, para Humberto Ciancaglini, a pesar de estar él totalmente consustanciado con las ciencias aplicadas, era un ejercicio didáctico. La CEFIBA no era un prototipo universitario, ni mucho menos un prototipo comercial. Durante la presentación del dispositivo en 1962 en el Centro Argentino de Ingenieros, Ciancaglini le dice a un perplejo rector RisieriFrondizi que “esta máquina no tiene ninguna importancia”, y de igual manera concebirá a sus laboratorios universitarios. Para ello piensa que sus sobresalientes discípulos, que a diferencia de él toman la actividad político universitaria con la misma intensidad que la científica – intuye, tal vez o ha aprendido que ese no es su fuerte y para hacer crecer sus planes la necesita, y confía en Roberto Zubieta y en Pedro Joselevich – pueden estar al frente de estratégicos laboratorios de semiconductores y de aplicaciones electrónicas y de hecho harán una gestión memorable.

Sin declararse como hombre de izquierda, Ciancaglini ha transitado con prudencia por esos caminos: democrático, al renunciar a sus cargos en el golpe de 1966, le escribe a Onganía y lo denosta; acepta el empleo en una multinacional, pero intenta sacar provecho de ello para el país en todo momento; y no renunció nunca a resignarse por la brecha tecnológica con los países centrales, cuando pudo encaró investigaciones de punta; y mostró especial interés por el desarrollo de países del tercer mundo. Sin embargo, hacía todo con cierta candidez, como si las contrariedades del desarrollo nacional eran solo obra de desatinos de personas desinformadas. Sus discípulos en la gestión universitaria, cuantas veces pudieron, lo asistieron cercanamente para fortalecer sus posturas y acciones, en espacial cuando llegó a desempeñarse como decano.

Desde la facultad de ingeniería trabajó cercanamente con Manuel Sadosky, compartieron sueños y realidades con el Director del Instituto de Cálculo, le cedió a uno de sus mejores ingenieros, Jonás Paiuk, para que se desempeñe como técnico de mantenimiento de Clementina y llegaron a proponer un Departamento Conjunto entre las facultades de Ingeniería y Exactas, orientado a los problemas de la industria. Fue un proyecto que no se materializó por el golpe de 1966. Y otra vez, con notable candor al recordarlo, fue invitado por el presidente de facto Aramburu para que forme parte del primer consejo directivo del CONICET, iba a estar al mando de la ciencia argentina y lo que sentía era pudor por compartir funciones con Bernardo Houssay, Rolando García, Luis Federico Leloir, etc.; para Ciancaglini ello “era un honor”. Y en esa función volvería a marcar distancia de los sectores conservadores, como era por ejemplo Houssay haciendo en más de una oportunidad causa común con Rolando García. Para sumar otro ámbito del conocimiento de vanguardia, todo le resultaba fácil, Ciancaglini es invitado a formar parte del Directorio de la recientemente creada Comisión de Actividades Aeroespaciales y se ocuparía del tema del desarrollo de vectores para la colocación de cohetes nacionales en el espacio.

Finalizado el ciclo universitario entre 1956 y 1966, Ciancaglini se integra como experto a la Comisión Nacional de Energía Atómica para la supervisión del Proyecto de reactor atómico de la planta de Ezeiza y desde allí a la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA). Ya había hecho algunos trabajos de supervisión desde Philips para la CNEA y en parte ello lo habilitó para el cargo que ejerció en misión de auditoría al desarrollo nuclear de Irán llevado adelante por el dictador pro norteamericano, el Sha Reza Pahlevi. Una vez más, relatará un encuentro sorprendente con un tono cándido: “Estábamos en 1967 y poco antes de su coronación el Sha de Persia realizó la inauguración oficial del reactor. Para mi asombro, Mohammed Reza Pahlevi me saludó personalmente[1]”. En ese contexto de la OIEA fue también Director de proyectos de montaje de laboratorios de electrónica nuclear en África y Latinoamérica.

Cuando regresa la democracia es tenido en cuenta por la gestión radical de Alfonsín (¿Habrá influido Sadosky?) y es designado Secretario de Estado de Comunicaciones entre 1983 y 1985 y durante esa corta gestión estará a cargo de la implantación del satélite geoestacionario para comunicaciones de telefonía y televisión para servicios en la Argentina. Años después le pedirá una entrevista al presidente Menem porque algunas de sus gestiones de 1985 para lograr los puntos orbitales que se habían solicitado a la Unión Internacional de Telecomunicaciones estaban por perderse por inacción del gobierno nacional, de modo que el presidente lo recibió y autorizó ese pedido. De aquel encuentro “Chianca” atesora esta reflexión: “(Menen) me impacto. Pero todavía no sé quién lo asesoró para que destruyera la industria nacional”.

Humberto Rafael Ciancaglini también fue Premio Konex 1983 en el rubro “Ingeniería Electrónica y de Comunicaciones y Computación”; y fue miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y de Ciencias Aeronáuticas y Espaciales.

Fue Profesor Emérito de la Facultad de Ingeniería y sus discípulos cuentan que hasta el año 2010 solía frecuentar los laboratorios de la FIBA, pero dejó de ir porque que “Chianca” ya estaba viejito. Falleció en marzo del 2012.

[1]Entrevista a Humberto Ciancaglini realizada por Rodolfo Zibell en Revista Encrucijada: http://www.uba.ar/encrucijadas/44/sumario/enc44-gm-ciancaglini.php.

 

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